Martes por la noche. Me preparo mi primer té de boldo para sentirla más cerca.
Lo saco del envoltorio, se me da por olerlo. Por primera vez sentí su aroma. Fue inevitable besarlo en el momento previo de ponerlo en la taza.
Luego de haber hervido el agua, la vierto en la taza, negra taza y, allí adentro estaba él, expectante, como ya sabiendo su destino. De la taza emanaba un fresco aroma el cual volví a poner mi nariz próxima a él para respirar profundo para sentirme cada vez más cerca. Lo olí una y otra vez a medida que en mi psiquis buceaban nuestros besos, ricos besos, luego de haber bebido el té...
“que rico” me dije para mis adentros con los ojos cerrados, de inmediato, casi automáticamente mi lengua sale de mi boca en dirección hacia la taza: la bordeo con la punta como si fuesen sus húmedos labios. Sentí cosquilleos en la panza y excitación, mucha excitación, y más aún cuando con mis labios beso el agua mezclada con el tan significativo té; sentí como si les estuviese besando sus labios vaginales, tan húmedos.