El tiempo nos acorrala. El tiempo nos engorda, nos dibuja arrugas, canas y muletas. No podemos detenerlo, retrocederlo, adelantarlo. Y sin embargo repetir de curso es de algún modo detener el tiempo: congelarlo, engañar momentáneamente al futuro, a la muerte. Repasamos con tranquila rapidez las materias que ya conocemos. Por fin podemos demorarnos: por fin podemos dudar, profundizar, reírnos de nuestras heridas, curarlas. Los repitentes avanzamos a un ritmo propio, dispuestos a perdernos, a desviarnos. Sin miedo. Sin miedo al miedo. Conocemos la trama. Las preguntas de los exámenes regresan a nuestra memoria como cálidas melodías famosas. Son canciones que no nos gustan pero igual nos sabemos la letra. Miramos a nuestros profesores, atendemos compasiva, generosamente, sus lecciones, porque ellos también son —ahora lo sabemos— repitentes. Los repitentes perdemos la odiosa ansiedad del éxito. El fracaso nos devuelve la nobleza y la alegría. Casi sin darnos cuenta hacemos las cosas un poco mejor. O decidimos equivocarnos de nuevo. Porque podemos repetir de nuevo, una y otra vez. Hemos conquistado la libertad de jugar el mismo juego hasta hartarnos, borrachos de felicidad; con las palabras de siempre armamos poemas que nunca nadie entenderá, ni siquiera nosotros, pero los leemos en voz alta mil veces y mil veces experimentamos el mismo soberbio placer. Los que siguieron de largo —los mateos, los dóciles, los obedientes— nos miran con envidia en los recreos, porque saben que no fueron lo suficientemente sabios, que se perdieron la impagable oportunidad de repetir; los que no repitieron se entregaron sin más, irreversible, ingenuamente, al tonto juego del cronómetro y la angustia. Los repitentes habitamos otro tiempo, legendario y nuevo.












