Piensa en el frío de la noche. Sin luz, bombillas ya muertas, quien sabe, un apagón o un voluntariado auto impuesto a favor de la oscuridad. Frío, el viento que ronda por tu camisón o pijama entrando por tu ventana abierta hacia la luna. No del todo visible ante el aura de la ciudad, aunque sí tras el arupo que está a punto de florecer, en pocas semanas, o días, con sus flores rosadas. Capaz ni piensas en eso, mientras tu cabello ondula con tu fragancia que es tan tuya que la tomas como aire sin saber. Como aire que impregna la instancia. Ahora llueve. Suspiras por otra noche, otra luna, otra nube y capaz un rayo que ataque cerca a la cortina que te asusta… suspiras y te balanceas un poco, para que tus brazos topen la lluvia, como ese día que nadie recuerda en el que bailaste afuera libre de todo sin que nadie te viese. Piel. Curiosa atadura humana y caracter de lo real. Piensas, porque hay mucho en qué pensar… Hace mucho que no te sientas a ver por esa ventana por la noche. Y yo desde afuera observándote, sigiloso, sin paraguas por las prisas, sin posibilidad de timbrar, donde la luna no alumbra, donde el viento me alborota, congelado a la voluntaria, atado y con corbatín de quién más. Te veo, entre tus ideas en las que rondan tus movimientos imperceptibles, conociendo esa piel, ese aroma que ansío aspirar, tan tuyo. No hay palabra, no hay movimiento, no digo nada, sólo te observo, como una luciérnaga apagada esperando a un reojo para alumbrarse. Alumbrarse para bailar bajo esta luna, esta lluvia que nos moja y nos limpia, que olvida el futuro, el pasado terco y piensa en momento. Regresa al momento.