You are dead to me... {De parte de Nitori, a ver si así Rin se da cuenta (?)}
Esas palabras hicieron eco en el silencio de la habitación, y reverberaron en su cabeza, sin que fuera capaz todavía de comprenderlas. Como si fuese una frase en algún idioma desconocido para él y le diera aún vueltas, buscándole un significado en lo más profundo de su memoria, con una vaga sensación de que, en alguna parte, tenía la respuesta.
Eran palabras terribles. Dichas, quién lo diría, por la misma voz aguda y cantarina que siempre escuchaba como un sonido de fondo, que se interponía de forma algo molesta entre sus nefastos pensamientos y él. En esa ocasión, la voz de su kouhai no le pasó desapercibida, sino que caló en lo más hondo de sí mismo, penetró en su pecho y lo golpeó con tanta fuerza que casi podía escucharlo contra sus costillas. Eso, o era su corazón desbocado, latiendo con rapidez como si pretendiera azuzar a su cabeza, que todavía seguía en blanco.
Al mismo tiempo que trataba de asimilar algo tan fuerte, de pronto la realidad le había dado en la frente. La había tenido todo el tiempo alrededor, pero siquiera se había molestado en más que mirarla de reojo, desde arriba, sin darle importancia. Estaba ahí, sí. Pero tenía cosas más importantes en su mente.
Algo ya iba mal cuando, al llegar a su cuarto, vio las cosas del menor en cajas, sin que nadie le hubiera dicho nada.
Tanto tiempo siendo un estúpido y, ahora, se lamentaba. Y lo hacía de corazón, no es como si no tuviera de eso, aunque estuviera cubierto por una fría capa de hielo y egoísmo.
Tan egoísta era que, ahora, no podía dejar que se marchara.
No estaba seguro de si podía decir que lo apreciaba, desconociendo los matices exactos de esa palabra, pero sí de que algo lo ligaba a él. De lo contrario, aquella inquietud no lo habría invadido por dentro al punto de sentir las manos temblar y la boca secarse. Quizás no era la única persona que creía en él, el resto del club también lo hacía. Haru y los demás, a quien con esfuerzo podía llamar todavía amigos, también lo hacían. Más bien, todos ellos lo daban por hecho. El tiburón de Samezuka era un gran nadador, y eso era así, y ya estaba.
Pero sí era la única persona que sabía, aunque fuera solo porque había sido el único oído que podía escucharle, acerca de sus inseguridades más íntimas y, aun así, siempre había estado allí. Como un salvavidas. Permitiéndole no hundirse, aunque jamás hubiera querido verlo.
— ¡Nitori! —solamente cuando se hubo dado la vuelta, rompiendo así el contacto visual, fue capaz de reaccionar. Avanzó a zancadas y lo agarró de la muñeca, deteniéndolo.
— No te vayas… por favor, no te vayas… Siento… lo siento por todo, Nitori… No te vayas…