Dan y Emil nacieron el pasado 10 de diciembre en el Centro Dawson, siendo atendido el parto por la Doctora Anderson y, previamente, por Cara Worthington.
El peso al nacer de Dan fue de 2,781 kg y su talla, 42 cm. El peso de Emil al nacer fue de 2,567 kg y su talla, 41 cm.
OCUPACIÓN: Antes solía ser un hombre de negocios. Vivía de compraventas y de gestión financiera. Es decir, básicamente vivía de ser rico y de gestionar su propio patrimonio.
FAMILIA: Su padre con el que ninguna relación mantiene, sigue vivo, en el Capitolio.
BIOGRAFÍA: Roman nació y creció en el Capitolio, bajo la sombra de Norman Beolf, su padre: un reputadísimo hombre de negocios que tenía todo el talento en sus negocios y ninguno para ser padre o marido, o ser humano.
Desposado por conveniencia para incrementar su fortuna, hizo a Dánae la mujer más desafortunada de la tierra. Sus maltratos, continuas infidelidades, abusos físicos y psicológicos, hicieron que la madre de Roman terminara con su propia vida esperando darle así la libertad ansiada al marido del que estaba enamorada.
Roman perdió así a su madre, a la edad de 7 años. Todavía hoy la llora como adulto. Eso marcó un antes y un después en la historia con su padre.
No obstante, creció emulando el modelo de hombría que conocía, del que tenía referencias: toda clase de excesos eran pocos. Sus fiestas debían ser las mejores: debía tener los mejores coches, los mayores lujos, las mujeres más bellas. Y a todos los trataban por igual. Algo desechable, sin importancia.
Sus objetivos vitales, los había conseguido antes de los 30. Ser un feroz domador de avox que pasaban por sus manos y luego revendía al mejor postor, ser un devorador de mujeres sin importar su virtud o su estado civil, ser hombre de confianza del Capitolio... Tal vez sólo Rogers le llevaba cabeza en eso.
Sin embargo, algo ocurrió cuando una conocida rebelde fue confiada a él para su domesticación. Helena, la llamó. Y, como en la antigua leyenda de la caída de Troya, Helena propició la caída de su reino.
En el tiempo que Helena estuvo a su servicio, pese a someterla a humillaciones públicas y a castigos, no consiguió que bajara la cabeza. Pero él sí lo hizo. Se enamoró perdidamente de aquella mujer destinada a ser avox y eso hizo trastabillar cualquier certeza que él tuviera hasta el momento.
Esa pasión ensordecedora fue lo que le llevó a rescatarla de las garras del Capitolio que se la arrebató, harto de las demoras y excusas de Roman para entregársela. Consiguió liberarla y huyó con ella, perdiendo así la vida que hasta el momento había conocido pero empezando una con ella, al margen de la ley y de todo lo que un día consideró suyo.
Roman se estaba bañando, en un apartado de sus estancias. La bañera era grande y el agua llevaba pétalos de flores coloridas. La resaca de la fiesta y el peso de sus otras tantas obligaciones habían hecho mella en él y por eso había pedido que enviaran a alguien a hacerle un masaje. Estaba recostado y apoyaba la cabeza en el canto de la bañera, con los hombros fuera del agua. No sabía dónde estaba Helena aunque supuso que, como siempre, se habría levantado pronto para cumplir con sus obligaciones. Estar lejos de ella aunque fuera poco tiempo le permitía darse cuenta de lo que estaba haciendo esa avox con su cabeza o con su corazón.
Después de lo ocurrido en la fiesta de Fin de Año de su señor y la posterior noche que pasaron juntos, durmiendo única y exclusivamente, Helena esperó a que Roman se despertase para irse de su habitación, tal y como le había prometido la noche anterior. De ese suceso ya habían pasado tres días y la futura avox no había considerado oportuno acercarse a él, buscando de esa forma crear en su amo la necesidad de tenerla, de echarla de menos. Por eso mismo, cuando alguien irrumpió en las habitaciones del servicio anunciando que el señor de la casa y de todos ellos había solicitado un masaje, Helena no dudó en ofrecerse ante la sorpresa muda del resto de los avox.
Ataviada con su característica túnica azul, la joven se dirigió hacia el baño indicado junto a una bandeja con frutas y un té relajante que había considerado oportuno llevar. Llamó tímidamente a la puerta y penetró en la estancia cuando escuchó a Roman permitirle la entrada desde dentro.
Roman no abrió los ojos al permitir el paso al avox que fuera, por el contrario respiró hondo preparado para su masaje y su momento de relajación para empezar el día.
- Estoy bastante cogido así que no te cortes, tengo la espalda como una piedra, pero cuidado con la nuca, -ordenó notando cierto olor relajante que le agradó. Estaba acostumbrado al silencio de los avox, por eso no dijo nada ni pensaba nada extraño al no oír.
Helena cerró la puerta una vez estuvo dentro del baño. La joven se acercó para dejar en el filo de la bañera de marmol la bandeja con la fruta y el té de melisa y, después, se descalzó. Tal y como ocurrió el día que Roman la obligó a meterse en la piscina a darle un masaje, la futura avox realizó la misma operación pero esta vez sin ser una orden directa. Rápidamente, tanto la humedad del ambiente como el agua, humedecieron su túnica e hicieron que se pegara a las curvas que ocultaba bajo ella.
Al llegar a su altura, sus manos se posaron en sus hombros y lo echó hacia delante lo suficiente para poder crear un hueco en su espalda, el lugar que iba a ocupar para darle el masaje que había solicitado.
Roman se movió a las manos del avox cuyo minúsculo tamaño y delicadeza le sorprendieron y no las identificó al principio, porque no estaba acostumbrado a que los avox modificaran su postura sin pedir permiso.
- Huele bien, -susurró agradeciendo lo que fuera que su avox hubiera hecho para que desprenda ese olor.
Helena se colocó tras el cuerpo de su señor, dejó que parte de la espalda de Roman se pegara a su vientre mojado por el agua y la humedad. Sus manos pequeñas de delicados dedos comenzaron a masajear sus hombros con fuerza pero, a la misma vez, con cuidado para no lastimarlos y aliviar su tensión.
- Solo es mi perfume... -habló Helena por primera vez, revelándole así quién era el avox que estaba haciéndole el masaje y que, hasta ese momento, había estado en silencio.- O puede ser el té de melisa que le he traído...
- Helena, -dijo abriendo los ojos de golpe, sorprendido porque fuera ella quien estuviera detrás. Era eso y el contacto de su cuerpo mojado tras él sin que él hubiera tenido que pedirlo, y que era su voz la que le hablaba cerca del oído y era su perfume lo que olía. Se sentía más tenso que hacía un momento pero no por estrés si no porque la deseaba.- Pensaba que no querrías masajearme más después de la última vez, -susurró dejando que su mano se hundiera en el agua, le bastaba con rozar con los dedos su rodilla.
Los ojos de su señor se abrieron como un resorte cuando supo que se trataba de ella. Las manos de la futura avox siguieron masajeando los hombros de su señor, aunque, repentinamente, una enorme mano tocara su rodilla a través de su vestido y también del agua.
- Quería agradecerle con este masaje lo que hizo por mí hace un par de noches... -respondió Helena de vuelta al susurro quedo de su amo. Al comprobar que la llamaba con su nuevo nombre, la esclava supuso que había olvidado lo que esa noche ocurrió, lo que no sabía si le molestaba porque su trabajo había quedado en nada o porque, verdaderamente, había significado algo para ella.
Roman notó su cuerpo tensarse al tocar la rodilla de ella y detuvo el masaje y se dio la vuelta para acercarse a ella, esta vez de frente.
- Basta, -dijo aunque su tono no era severo ni estaba enfadado.- No tienes que agradecerme nada. Y debes saber que estas noches te he echado en falta pero, por tu bien, esto debe parar. No soy bueno para ti y no soy bueno conteniendo lo que deseo. ¿Lo entiendes? -Preguntó muy cerca de ella. Él no llevaba ropa interior, porque estaba dándose un baño relajante.
Helena apartó las manos tan rápidamente como su señor comunicó que parase y se giró en la bañera para quedar frente a ella. Gracias a los petalos que había en el agua, la futura avox no vio nada que no debiera ser visto. La forma en la que le habló y se dirigió a ella, le dio a entender que la noche no había pasado en alto para él tampoco.
- Yo también os he echado de menos, señor... Pero pensé que por su bien debería alejarme, porque soy yo la que no le convengo a usted, -Helena bajó la mirada, sintiendo como sus mejillas ardían porque, en su camino, habían examinado el torso desnudo de su señor.
Roman se acercó más a ella, sorprendido por la forma que tenía ella de considerarse el problema cuando era la más inocente de las partes. Despacio, como si fuera a romperse, levantó una mano mojada, que goteó sobre el pecho de ella y la llevó a su mejilla. Colocó el pulgar bajo su mentón haciéndola subir su rostro y se acercó a ella, a sus labios que desearía poseer, a su piel que desearía marcar.
- No quiero que vuelvas a apartarte de mí pero sé que debes hacerlo... Hope, -susurró con los labios tan cerca de los de ella que casi los tocaba.
Roman alzó el rostro de Helena y sus ojos chocolates acabaron posados sobre los suyos. El agua que caía sobre su pecho a causa de su mano mojada, la quemaba, pero no por la temperatura del agua sino por la intimidad que ahora mismo rodeaba ese instante. Los labios de su señor casi rozaban los suyos y las manos de la esclava se movieron de una vez para posarse sobre el pecho fornido de su amo. Su tacto era resbaladizo por culpa del agua que mojaba el cuerpo de uno y las manos de la otra. Pero no era desagradable, sino todo lo contrario.
- Me gusta cuando me llama por mi verdadero nombre... -hizo caso omiso a su consejo porque no le interesaba, necesitaba que dependiera de ella para sacarle todo tipo de información.
Roman no lo resistió más cuando ella habló sobre sus labios y la besó. Al principio era un beso que respetaba la delicadeza de sus labios pero su mano férrea atrajo la cadera de ella hacia la de él y sus labios gruesos y ásperos se hicieron con los de ella, venciendo esa resistencia que él mismo se imponía, para mantenerla alejada. Cerró los ojos en el beso, profundizándolo.
El beso no la cogió desprevenida, puesto que esperaba que su señor la besara. Lo que no esperaba era la delicadeza que puso al principio, mimando sus labios con los suyos y tratándola con una delicadeza que conoció dos noches atrás cuando compartieron lecho. Una de las manos de Helena ascendió por su pecho hasta encontrar un lugar adecuado sobre su hombro. Su pequeño cuerpo estaba totalmente pegado al de él, mojándose de esa forma su túnica casi al completo a excepción de su espalda. En esa postura, unida a él, pudo notar su hombría que la hizo separar los labios justo en el momento que Roman decidió profundizar el beso.
Roman profundizó el beso pero se detuvo con lentitud al notar lo que ella. Trató de respirar hondo para no asustarla, sabiendo que podría estar sensible con lo que ocurrió la última vez por culpa del padre de Roman.
- Deberíamos terminar el masaje fuera del agua,- dijo con la voz ronca y sin doble sentido, aunque pudiera parecerlo. Se apartó de ella y le dio la espalda para salir del agua y atarse una toalla a la cintura.- Te espero en la camilla de masajes, ponte algo para no enfriarte, -le recomendó y salió sin mirar atrás para darse tiempo a relajarse antes de continuar el masaje con ella.
Tan pronto como comenzó el beso, Roman lo detuvo. Helena tardó más de la cuenta en reaccionar, porque no se esperaba que su señor parase teniendo en cuenta el trato que mostró ante ella los primeros días que sirvió bajo su mansión. Como le pidió, la joven esclava salió de la bañera y tomó el albornoz que encontró en una de las perchas y se lo puso por su atuendo mojado, que insinuaba el cuerpo que había bajo él. Ya presentable de nuevo, Helena se dirigió hacia la zona en la que se encontraba la camilla de masajes.
Roman se había acostado boca abajo en la camilla para dominar su cuerpo y el efecto que ella provocaba en él. El masaje en la piscina no había resultado pero quizá en la camilla pudiera realmente relajarle y hacerle sentir tranquilo. Al oírla entrar ladea la cabeza, con los brazos colgando a cada lado de la camilla.
- ¿Te llevas mejor con tus compañeros? -Se refería a los avox, por supuesto.
Helena tomó una de las esponjosas toallas que había en un estante preparadas para secar la espalda de su señor. De hecho, estaba acercándose a él cuando preguntó aquello que la dejó momentáneamente parada. Después, retomó el control de su cuerpo y colocó la toalla sobre la espalda de Roman para secársela con cuidado.
- No sabría qué decirle... Ahora actúan como si yo no existiera, así que tampoco puedo quejarme, -se acabó encogiendo de hombros y prosiguió con su tarea. Al terminar, Helena dejó la toalla a un lado y se acercó al estante de cristal donde descansaban varios tipos de aceites corporales para hacer masajes.
- ¿Has vuelto a tu cuarto o sigues en el de mi madre? -Preguntó, por curiosidad morbosa de saber lo cerca que estaba ella de él por las noches, pero no debería saberlo para no ir a buscarla ni tener la tentación. Aunque de poder, prefiriría que ella estuviera cerca, claro, aunque sólo fuera por seguridad.
- He vuelto a mi cuarto... No sabía si sería de su agrado que yo siguiera ahí. A fin de cuentas, era el cuadro que pertenecía a su madre... -explicó Helena mientras volvía a la camilla con un bote de aceite de coco.- Además, no sé si sería conveniente que el resto de los avox supieran que duermo ahí...
La joven abrió el frasco y vertió un poco de esencia de coco en sus manos pequeñas hasta dejarlas cubiertas por el aceite. Después, las posó en la espalda de su señor y comenzó a masajearlo con fuerza y delicadeza al mismo tiempo. Roman hizo un ruido al empezar ella el masaje porque aunque no tuviera fuerza para hacerle daño, sí que notaba sus manos por sus zonas contracturadas.
- ¿Por qué no sería conveniente? En mi casa se hace lo que yo digo, -dijo en tono cortante. No era hacia ella, era hacia cualquiera que cuestionara su autoridad y decisiones.- Creo que dado lo ocurrido deberías estar cerca de mí, Hope. Pero dejo la decisión a tu criterio.
- Señor, ¿es que no lo ve? -cuestionó Helena dejando que sus manos se detuvieran en su baja espalda.- Si duermo en la habitación de su madre, el resto de avox me verían como una amenaza por estar tan cerca de usted... Además, imagine que llega a oídos del Presidente. No me gustaría que eso afectara su relación con él, porque mi pasado juega en mi contra y no conviene que usted me vea con buenos ojos, ni me consienta...
La joven volvió a masajear su espalda después de haber soltado su discurso. Potenció la fuerza en los lugares que más tensos encontró en su camino con sus manos.
- Pero no piense que no quiero estar cerca de usted, porque es lo que más deseo, -quiso aclarar, le convenía que él la creyese enamorada de su persona.
Ella tenía razón. Roman no quería dársela pero la tenía. Ahogó los quejidos contra la toalla cuando ella localizó sus puntos de dolor mientras le convencía de hacer lo que ella deseaba. Finalmente Roman se dio por vencido. Relajó sus músculos y soltó el aire.
- Tienes razón, duerme en tu antiguo cuarto... Pero no dudes que estaré disponible si tienes miedo o si solamente quieres verme... -Quizá el también aspiraba a eso.
Helena notó como su señor relajaba sus músculos, mas no supo si se trataba por el masaje o por el peso que se había quitado de encima tras hablarlo con ella. Con cuidado, dejó su espalda y masajeó sus cervicales con especial atención.
- Quiero verle muy a menudo, pero sé que debo contenerme por su bien... -dijo la joven, queriendo que Roman entendiera en sus palabras que ella ansiaba con él pero se lo prohibía a sí misma por su situación.- Sobre todo, después de lo que ha ocurrido... -Entonces volvió a actuar, parando el masaje y separándose de él.- No debí de haber dicho eso, señor... Va a pensar de mí que soy una cualquiera...
El masaje estaba obrando maravillas en su cuerpo por eso cuando se detuvo, Roman se medio incorporó apoyándose en las manos para saber por qué.
- ¿Qué? No digas eso, ven aquí... -Dijo alargando una mano. Sabía que no podía girarse por cuestiones fisiológicas que asustarían a Helena pero la llama buscando coger su mano.- No pienso que seas una cualquiera y, óyeme bien, más de lo que yo te deseo, nadie lo hará.
Helena le miró con las mejillas encendidas, aunque su piel morena lo ocultaba levemente. Al ver su brazo estirado en su dirección, la joven volvió a caminar hacia él y colocó su mano pequeña sobre la de él. Al estar Roman en la camilla tumbado, la futura avox se puso de rodillas para que sus rostros quedasen a la misma altura.
- Mi señor... Yo también le deseo, pero no quiero ponerle en peligro, -repitió una vez más, mirando sus ojos cristalinos con los suyos oscuros.- Yo no le convengo y usted podría tener a cualquiera...
Roman suspiró y se pasó la mano por el pelo para darse cierto tiempo. La miró, todavía medio incorporado.
- No sé qué voy a hacer contigo, -susurró mirándola, absorto en esa piel. En esa mirada oscura. En esa fuerza de fuego que había en sus pupilas.- Vamos a irnos, -decidió. Se puso en pie.- Quiero que vayas a tu cuarto y vengas vestida para marcharnos. Voy a llevarte a un sitio.
Helena se encogió de hombros y compuso una sonrisa inocente a modo de disculpa, algo que vio necesario hacer cuando su señor preguntó que qué iba a hacer con ella. Roman se incorporó tan rápido que cogió desprevenida a la futura avox, igual que su proposición de marcharse repentinamente.
- De acuerdo, señor... -la joven se vio obligada a soltar su mano, pero le miró significativamente para que supiera que, si por ella fuera, no lo hubiera soltado. Antes de salir de la estancia, Helena se quitó el albornoz y quedó con la túnica azul pegada, con la que salió del lugar de masajes y también del baño, y se encaminó hacia su cuarto.
A Roman no se le escapó ese gesto. Ni el de la mano. Le iba a resultar más difícil de lo que parecía dejarla ir cuando correspondiera. De hecho al estar a solas le asaltó la duda de si podría hacerlo en algún momento. Sacudió la cabeza porque eso no eran más que tonterías ya que nadie podría contravenir una orden de Linton... Así que lo único que le quedaba era disfrutar de ella todo lo que pudiera que parecía que sería recíproco. Roman volvió a su habitación para vestirse, tal y como le ha pedido a ella que hiciera.
Una vez en sus depedencias, Helena cambió su túnica humedecida por un mono también de color azul y de tejido parecido al vestido anterior. Cogió su rebeca de punto, lo único de su antiguo hogar que le habían permitido mantener y se la puso para resguardarse del frío. También aprovechó y volvió a echarse un poco de agua de colonia, la misma que había alabado Roman cuando entró en el baño. Ya preparada, Helena abandonó su habitación y se encaminó hacia el pasillo donde se encontraba la habitación de su señor.
Roman salió de la habitación para ir a buscarla, ataviado con un traje de dos piezas blanco y su chaquetón de piel auténtica marrón claro.
- Sígueme, -dijo consultando su reloj para saber qué hora era y emprendiendo el camino hacia la planta baja de la casa, hacia donde les esperaba el coche.
Poco hubo de aguardar para ver a su señor, al que Helena se dispuso a seguir pasillo abajo hasta donde le dijera. La joven lo siguió en silencio, caminando detrás suya como debían hacer los avox. Juntos descendieron hasta el lugar en el que aguardaba el coche y Helena lo miró, esperando su permiso para entrar o no.
- Sube, -ordenó en voz alta al ver su duda, para dejar claro que era él quien mandaba por si había alguien que les estuviera vigilando. De hecho, él subió antes que ella para precisamente guardar las apariencias. Le dio las instrucciones al conductor y se giró para ayudarla a ella con el cinturón, quedando de pronto muy cerca.
Tal y como ordenó su señor, Helena tomó asiento en la parte trasera del coche que aguardaba a que ambos entraran y tomó asiento en su respectivo lugar. La joven se encontraba pensando si se trataba del mismo automóvil que la trajo aquel lejano día a la mansión Beolf cuando Roman se acercó a ella para ponerle el cinturón. Ese gesto de protección la pilló desprevenida y sus ojos oscuros se fijaron en el rostro del que todavía seguía siendo su amo hasta que Linton la reclamara. Se vio preguntándose a sí misma si el león era tan fiero como lo pintaban, puesto que en estos últimos días estaba conociendo una faceta de su señor que desconocía y dudaba que alguien más supiera de su existencia.
- Gracias, señor...
Roman dejó un brazo en el muslo más lejano de Helena, cruzándola a ella, para protegerla aun más del hipotético accidente. La miró cuando ella se lo agradeció y le dedicó una breve sonrisa, pero no dijo nada mientras él avox salía de la casa y de la zona residencial en la que Roman estaba instalado.
El brazo cruzado de Roman sobre sus piernas, hizo que Helena le mirase nuevamente. En el silencio que se formó en la parte trasera del coche, la joven esclava colocó sus manos en el brazo de su señor: la diestra sobre la palma de su mano y la zurda, en su antebrazo. Pese a su movimiento, Helena no dijo nada, pero con sus ojos oscuros seguía mirando a Roman.
El coche estaba subiendo a la parte más alta del Capitolio, a un mirador especial que hacía las veces de hotel de lujo donde a veces se celebraban fiestas o se hacían reuniones y donde algunos llevaban a sus queridas para impresionarlas. Roman no la llevaba por eso, su intención era mostrarle algo hermoso. Ella se había confesado contenida por él pero él no se sentía realmente bien con eso, teniendo en cuenta cómo la trató al principio y por eso tampoco se atrevía a mover ficha realmente.
- Te llamaré cuando te necesite, -dijo al chofer al llegar y le quitó el cinturón a ella antes de quitárselo él.- Vamos, -dijo bajando él primero del coche y tendiéndole la mano para ayudarla, discretamente. Lo que se veía era un edifico blanco, majestuoso, con grandes ventanales de pared completa.
El silencio no era incómodo pese a que ni amo ni esclava hablasen. Los ojos de Helena pasaron de mirar el rostro de Roman a ojear a través de la ventana del coche en el que viajaban. Así supo que el coche ascendía por una sinuosa carretera hasta detenerse ante un edificio blanco que, como todo en el Capitolio, intimidaba por su majestuosidad. Su señor le quitó el cinturón y salió del coche, tendiéndole la mano, una mano que la joven no dudó en tomar. ¿Qué pensaría el avox del coche si los veía a ambos cogidos de la mano?
- ¿Dónde estamos, señor?
- Ahora lo sabrás, -dijo Roman, que la dejó ir para abrir la puerta para que ella pasara mientras que con la otra sacó de la chaqueta su identificación.
Atravesaron el recibidor y Roman levantó su identificador para acercarlo a la puerta que daba a las salas que se alquilaban. El empleado que estaba atendiendo la recepción le hizo un saludo antes de que él y la avox se perdieran de la vista. Roman llamó al ascensor.
Helena no dijo nada más al respecto ni volvió a preguntar. Siguió a su señor al interior del edificio, cuya puerta abrió al mismo tiempo que sacaba de su chaqueta lo que parecía una tarjeta de identidad. La joven reparó en el saludo que le dirigió el que parecía ser un empleado de aquel edificio inmaculado, pero Roman ni siquiera pareció inmutarse de aquel intercambio. Cuando su señor se detuvo, la futura avox también lo hizo, alternando su mirada entre el ascensor y el hombre que estaba a su lado. Al llegar, el ascensor emitió una especie de pitido y una voz de mujer anunció que se encontraban en la planta bajo cuando se abrieron las puertas. Helena aguardó a que su señor entrara para hacerlo ella detrás.
Roman salió del ascensor cuando llegó al piso adecuado y puso un brazo contra las puertas para que ella pudiera pasar. Una vez en el pasillo volvió a entrelazar sus dedos con los de ella y caminó atravesando el pasillo hasta llegar a una de las puertas. Pasó el identificador por la placa. Al abrir, le cedió el paso. Y entraron a una gran sala que parecía una mezcla entre una sala de estar y una sala de reuniones. Pero lo más espectacular no era la decoración si no las vistas. Todo el Capitolio extendido bajo sus pies, los altos edificios a sus pies, las nubes formando capas por en medio de los edificios. La zona más rica de la tierra a sus pies a través del amplio ventanal. Roman la llevó de la mano hasta el ventanal, despacio porque podría dar algo de vértigo.
El silencio continuó y Helena no se atrevió a romperlo. El ascensor quedó detrás y, de la mano de su señor, siguió paseándose entre los lujosos pasillos hasta llegar a una nueva puerta cerrada. Roman se encargó de abrirla con su pase y, lo que descubrió al abrir la puerta, hizo enmudecer a Helena. La avox soltó la mano de su señor para acercarse a las cristaleras desde las que podía contemplar el mundo bajo sus pies, el mundo opresor que la había condenado a convertirse en una esclava, un mundo hermoso pero siniestro a la vez. Su mano oscura se posó sobre el cristal, dominando el escenario. Ojalá un día, mujeres y hombres como ella, pudieran dominar ese mundo como Helena ahora mismo lo dominaba al ocultar con la palma de su mano parte de lo que veía.
Roman se acercó a sus espaldas, viéndola en el reflejo y lo que vio (ambición, deseo y estupor) le gustaba. Puso las manos en los hombros de ella y luego las bajó hasta rodear su cintura desde atrás. Acomodó los labios cerca de la oreja de ella.
- Aquí estás a salvo, aquí nadie te ve... Aquí, tú eres Hope y yo te pertenezco, -susurró, manteniéndola así abrazada contra él.
Las manos de su señor rodearon su cintura y Helena pudo sentir su aliento antes de oír su voz ronca sobre su oído. Sus palabras provocaron que la avox se girase en ese abrazo para también ella rodearle con sus menudos brazos cubiertos por la rebeca que pertenecía a su Distrito.
- Soy su Hope, si usted es mi señor... -susurró la esclava, mirándole desde la altura que tenía y la que solo le hacía llegar a la altura del pecho de Roman.
Roman le apartó el pelo de la frente y aprovechó para acariciar la mejilla de esa preciosidad. Su otra mano bajó por la espalda pequeña de ella, a quien arrimó a sí mismo.
- Mi Hope, -repitió para hacerse con eso que ella había dicho, como si decirlo fuera garantía de que ella le pertenecía. Acercó su rostro al de ella para quedarse a distancia suficiente que ella pudiera escalar si quisiera besarle.