ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤalcalá: pero cuando estos ojos
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤse hartan de baldosas ( . . . )
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤentonces sí me siento náufrago
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤy solo el mar puede salvarme.
El despertador sonó, como cada día, a las cinco de la mañana con aquel estruendoso chillido que retumbaba en sus oídos cada vez más fuerte con la intención de evitar que se quedara dormida de nuevo. Estiró el brazo torpemente hasta alcanzar la pantalla del celular y sin siquiera mirarlo, supo exactamente dónde poner su dedo para hacer callar el aparato. Aunque ahora el departamento estaba en silencio, podía percibir el barullo de la ajetreada ciudad que jamás dormía. Mantenía el rostro hundido en la almohada negándose rotundamente a abrir los ojos y poner los pies fuera de la cama, pues era en aquellos instantes de cada día cuando se sentía más cansada. Su respiración se fue ralentizando nuevamente mientras que su cuerpo se aligeraba y sin darse cuenta dejó de escuchar los automóviles pues otra vez se había desconectado de su entorno, o al menos así había sido hasta que el chillido de la alarma volvió a sonar tan sólo quince minutos después. Repitió la acción de cada día otra vez: estirar el brazo, apagar el aparato y quedarse con la cara hundida en la almohada hasta que se sintiera con las fuerzas suficientes para empezar de nuevo. A pesar de que las cortinas estaban cerradas y todavía estaba oscuro afuera, las luces de la ciudad se colaban entre las mismas para iluminar de forma tenue la habitación; por inercia sus piernas se movieron hacia el borde de la cama y, tras incorporarse desidiosamente, apoyó sus pies en el helado suelo de cerámica. Posó las manos en el borde del colchón, del cual se aferró mientras dejaba que su cuerpo se adaptara a la temperatura fuera de las cálidas mantas, y sin soslayar por mucho más se empujó con los brazos para ponerse en pie.
Como cada día, a partir de aquel instante perdía por completo la noción de tiempo, pues todo se repetía con una agobiante exactitud en un ciclo aterido; se duchaba, se vestía, desayunaba algo ligero (si tenía tiempo) y abandonaba su residencia justo cuando el sol ya comenzaba a asomarse por el horizonte, inadvertido ante la vista de los ocupados habitantes de Nueva York. Recorría las mismas calles de la misma forma, repletas de personas que se abrían paso a como podían entre las masas de transeúntes y vehículos que avanzaban a gran velocidad para llegar a sus destinos antes de que terminara de amanecer; si algo había aprendido de sus años viviendo en la Gran Manzana, era que la gente que en aquel lugar residía parecía no conocer el término de descansar y, si lo hacían, entonces entre más tiempo estuviesen ahí siendo parte del caos, tendían a olvidarlo. Los motores de los autos al arrancar, los cláxones estruendosos que insistían con fervor a los demás a moverse, las fumaradas que expulsaban por las muflas y el chillido del caucho de las llantas al acelerar se mezclaban con la algarabía de los peatones, algunos hablando entre sí o para sí mismos, y otros gritandoles a sus teléfonos para hacerse oír para con quien estaba al otro lado de la línea conforme seguían su recorrido. Toda aquella variedad era algo que siempre le había gustado, pero lo cierto era que repetir la misma escena a diario solamente había despertado en ella con el paso de las semanas la pérdida de colores en todo el panorama, que lentamente se transformaba en una masa gris tan tediosa que resultaba pesada en sus hombros y pecho. Cerca de la quinta avenida se detenía a la orilla del pavimento, estiraba un brazo en el aire y esperaba a que algún acuciado taxista tuviera la decencia de detenerse para dejarla abordar, lo cual no le tomaba más de diez minutos cada vez; abría la puerta trasera, se deslizaba por el asiento y le indicaba con la misma monótona voz que se dirigiera a las oficinas de la revista para la que laboraba.
El trayecto hasta el bloque tampoco era muy dispar en su rutina, pues conocía ya la carretera y las salidas posibles casi como la palma de su mano; el resto de su día se resumía en una sola acción, y eso era pasar la jornada completa con los ojos pegados a la pantalla de su computadora redactando toneladas de artículos y corrigiendo otra pila más para las publicaciones mensuales. Aunque la monotonía la mataba lentamente y una atmósfera gris se emplazaba a su alrededor, prohibiéndole respirar con la ligereza ideal, se obligaba a sí misma a resistir tan solo un poco más repitiéndose que quizás al llegar a casa descansaría, pero en el fondo tenía claro que volviendo a encerrarse en aquellas mismas cuatro paredes, pocas eran las probabilidades de sentirse libre nuevamente. A pesar de que su vida en casa era sin lugar a dudas placentera en muchos aspectos, negar que se había convertido en parte de una rutina con distintas variaciones habría sido como intentar negar que el cielo sobre su cabeza era azul. Para cuando el reloj marcaba las 17:30 recogía las cosas de su escritorio con la misma precisión de siempre y las guardaba en el mismo bolso que cargaba consigo cada día laboral. A diferencia de las mañanas, optaba por dirigirse hacia la estación del metro en la calle 86, pues había algo de aquel mundo subterráneo que le devolvía el encanto a la ciudad gracias a que aparentaba tener vida propia. A las 18:00 se detenía su tren respectivo en la estación y ella aguardaba junto a la muchedumbre pacientemente a que los pasajeros se bajaran antes de poder ingresar; si conseguía lugar, iba directo a sentarse del lado derecho del vagón y tomaba asiento justo frente a las puertas para no perder nunca su destino. Treinta minutos y tres estaciones era la cantidad exacta que le demoraba llegar de vuelta a su hogar. No obstante, pese a que ya tenía sus cosas guardadas en el bolso y estaba dispuesta a rehacer su trayecto como cada noche, algo en ella le suplicó en un susurro no repetir lo de cada semana.
¿Por qué no tomar un desvío?, pensó para sí misma al tiempo en que abandonaba el recinto con paredes de cristal y se dirigía con paso firme por el pasillo hacia los elevadores. Aguardó con la misma paciencia de cada vez, esperó a que las puertas se abrieran, ingresó al cubículo y presionó el botón de la planta baja para iniciar el mismo camino hacia la salida de cada noche. A veces el ascensor se detenía, a veces no lo hacía, a veces la gente bajaba y a veces otra gente subía. Saludaba a los que conocía, a otros solo les dedicaba una sonrisa como saludo tácito. En cuanto alcanzaba su destino, abandonaba el elevador y arrastraba los pies por la recepción en dirección a la salida, pero no aquella noche; aquella noche, caminaba con firmeza y entusiasmo, e incluso el cansancio de su rostro parecía haberse disimulado. Se despidió de las secretarias, que también concluían ya sus turnos, y de los oficiales de seguridad con sus pulcros trajes que custodiaban la entrada al edificio. En cuanto puso los pies fuera, sintió la brisa golpearle el rostro con una frescura que no había experimentado en los últimos meses y se permitió cerrar los ojos unos instantes para disfrutar aquella entrañable sensación que tanta falta le hacía. Por arte de magia, al abrir los ojos de nuevo, todo a su alrededor pareció recobrar sus colores y la presión que le ocasionaba la atmósfera gris y deprimente, se disolvió justo frente a ella.
Caminó, por primera vez en mucho tiempo, en la dirección contraria a la que acostumbraba, obligando a sus piernas a ignorar la rutina que tenían ya bien memorizada. Despacio y sin prisa para disfrutar de todo lo que la ciudad tenía por ofrecerle aquella velada, avanzó y dejó atrás todas sus preocupaciones con cada paso que daba lejos de su lugar de trabajo. Las luces, más deslumbrantes ahora, parecían brillar sólo para ella iluminando así su camino; se detuvo en la esquina, estiró el brazo y tomó un taxi sin necesidad de tener que luchar por él contra nadie. Abordó, se deslizó por el asiento y sonrió con amplitud para saludar al conductor, quien respondió con la misma amabilidad.
—A Chelsea, por favor.
Sin mayor preámbulo, el hombre puso las manos al volante y en movimiento el vehículo, llevándolo sin precisa hacia la zona que le fue indicado. En el transcurso admiró por la ventanilla la agitación de la ciudad que horas atrás le había parecido soporífero e irrelevante; sin darse cuenta, la cabina se detuvo no más de 10 minutos después y pagó al conductor el par de dólares que el viaje había costado. Bajó y caminó de nuevo, ahora por las aceras del distrito que con constancia solía visitar durante sus épocas más frescas. Las luces de los locales iluminaban el paso de los que por allí visitaban y la sonrisa en su rostro se amplió. El letrero negro impreso en la ventana le advirtió que había arribado a donde deseaba, así que sin demasiado esfuerzo empujó la puerta de cristal para ingresar. Tan pronto entró un aire de familiaridad la abrigó, como si de dos brazos envolviendola en bienvenida se tratase, y poco le demoró a su nariz percibir aquel aroma a óleo fresco y madera. A pesar de que habían un par de personas dentro fotografiando o admirando las exposiciones dispuestas a lo largo de la enorme sala, sentía que estaba a solas en aquel pequeño lugar que consideraba su propio pedacito de paraíso en medio del caos. Era aquel el lugar que la hacía olvidarse de las rutinas, de las preocupaciones y responsabilidades; la dejaba volar en su propia burbuja de maravillas, donde todo parecía ser perfecto aunque fuese unas horas.