ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤsol: haz que se pregunten
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤporqué sigues sonriendo.
Cuando leí la descripción de la actividad, por alguna razón mi primer pensamiento fue un largo viaje en automóvil por la carretera hacia Saeglópur. Algo que pocos saben de mí es que, de hecho, viajar de ese modo es uno de los lujos que pude disfrutar en una ocasión y desde entonces guardo el recuerdo en el corazón con mucho afecto. Para mi viaje hasta el pueblo he seleccionado en total 20 de mis canciones preferidas, suponiendo que me diese tiempo de escucharlas todas:
𝐈. (Somewhere) Over The Rainbow
ㅤㅤby israel kamakawiwo'ole
https://youtu.be/3BeKhlUzPUc
𝐈𝐈. Escape (The Piña Colada Song)
ㅤby rupert holmes
https://youtu.be/TazHNpt6OTo
𝐈𝐈𝐈. Somewhere Only We Know
ㅤby keane
https://youtu.be/3KHJKj9GgsI
𝐈𝐕. Every Breath You Take
ㅤby the police
https://youtu.be/OMOGaugKpzs
𝐕. I Wanted It That Way
ㅤby backstreet boys
https://youtu.be/4fndeDfaWCg
𝐕𝐈. Blue Bayou
ㅤby linda ronstadt
https://youtu.be/_qqvdOwoN-Y
𝐕𝐈𝐈. My Girl
ㅤby the temptations
https://youtu.be/qEztui18cA8
𝐕𝐈𝐈𝐈. Moon River
ㅤby frank sinatra
https://youtu.be/iGOnb_RiWK0
𝐈𝐗. Wouldn’t It Be Nice
ㅤby the beach boys
https://youtu.be/nZBKFoeDKJo
𝐗. Thank You For The Music
ㅤby abba / cover by amanda seyfried
https://youtu.be/k7d4b1bw_DY
𝐗𝐈. Crazy Little Thing Called Love
ㅤby elvis presley
https://youtu.be/88dgEMZT-4g
𝐗𝐈𝐈. What A Wonderful World
ㅤby louis amstrong
https://youtu.be/A3yCcXgbKrE
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤ ㅤㅤㅤ
𝐗𝐈𝐈𝐈. Feeling Good
ㅤby nina simone
https://youtu.be/oHs98TEYecM
𝐗𝐈𝐕. Once Upon A Time
ㅤby bobby darin
https://youtu.be/MYbAyukVpHM
𝐗𝐕. Hold My Hands
ㅤby hootie and the blowfish
https://youtu.be/G2xAA7hxxms
𝐗𝐕𝐈. Wannabe
ㅤby the spice girls
https://youtu.be/gJLIiF15wjQ
𝐗𝐕𝐈𝐈. Tiny Dancer
ㅤby elton john
https://youtu.be/Al8UHnjusq0
𝐗𝐕𝐈𝐈. Ain’t No Mountain High Enough
ㅤby marvin gaye and tammi terrell
https://youtu.be/-C_3eYj-pOM
𝐗𝐈𝐗. Burning Love
ㅤby elvis presley
https://youtu.be/zf2VYAtqRe0
𝐗𝐗. Between The Moon and New York City (Arthur’s Theme)
ㅤby christopher cross
https://youtu.be/Isu0jkVPalU
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤhierro: los niños no saben lo
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤque hacen, ni siquiera saben
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤque realmente pueden herir los
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤsentimientos de otra personas.
Manhattan, New York.
Septiembre 14, 2009.
Era difícil mantener las apariencias todo el tiempo, incluso más cuando todos los ojos estaban puestos sobre ella a la espera de que cometiera el menor error para mofarse de este. Si algo tenía claro ya en su tercer año de secundaria era que no sólo tenía que ser perfecta para mantener una reputación en los pasillos de Spence, sino que además debía resguardar el honor de su familia que Margueritte había dejado tan en alto durante su estancia en el colegio. Sentía la presión sobre sus hombros, sentía las miradas de puñal tras su espalda de aquellos que esperaban verla fracasar, sentía el abrumador temor de no ser capaz de hacer justicia a los estándares, y todo resultaba ir sumando más a sus desórdenes alimenticio y mental. La ansiedad la mataba desde dentro, carcomiéndola lentamente hasta provocar que cada pequeña cosa pusiera de punta sus nervios. Odiaba ser ella algunas veces, odiaba no ser como sus perfectos hermanos o como su madre; se sentía un completo desastre casi a diario, lo cual la mataba despacio y de manera silenciosa iba aniquilando la luz que con duras penas brillaba todavía dentro de ella. Aunque las clases habían empezado tan solo dos semanas atrás, la conminación por no perder la compostura ardía con la fuerza de mil incendios en su pecho; desde que había escuchado a un grupo de chicas murmurar en los pasillos su “evidente” aumento de peso durante el verano, Cassia había adoptado la nueva pericia de no comer en lo absoluto y de forzarse a devolver los alimentos que difícilmente ingería. Con el paso de los días, la chica adquirió práctica para escabullirse a los baños del instituto cada tanto después del almuerzo, colocarse sus dos dedos en el fondo de la garganta y de ese modo expulsar todo lo que previamente había consumido antes de dirigirse a su siguiente clase. Había días en que dicho accionar le resultaba más complicados que otros, pues en dos o tres ocasiones había sido arduo poder detener las arcadas que le rasgaban la garganta como si se tratase de navajas. Casi siempre terminaba temblorosa y con una capa fina de sudor frío que le perlaba la frente y el labio superior, motivo por el cual al ponerse de pie se mareaba y no lograba caminar con apresuro para llegar al salón a tiempo.
Aquel día, justamente, había sido una de esas veces. El timbre en el corredor había soñado aproximadamente cinco minutos atrás, pero sin importar lo que intentara, no conseguía detenerse. Con la cara hundida en el retrete y los mechones de cabello resbalando del moño que tan torpemente había alcanzado a hacerse minutos antes, comenzó a sollozar desconsolada. Aunque intentaba forzarse a ser fuerte repitiéndose que todo aquel trajín era necesario, no fue capaz de retener las lágrimas pesadas que rodaban por sus mejillas como si le quemasen la piel. Le costaba respirar y se sentía acalorada en la parte trasera del cuello, pero el resto de su cuerpo temblaba desecho en el helado suelo de mármol debido al repentino bajón en su presión. A como pudo, la castaña se apartó del inodoro limpiándose con el dorso de la mano la comisura para secarse y recargó la espalda contra la pared del cubículo en el que se había refugiado. Con cuidado subió las piernas, flexionándolas para así poder abrazarse y descansar la frente en sus rodillas una vez el llanto cesó paulatinamente. El labio inferior le temblaba producto del desconsuelo y los ojos, cuyas pestañas estaban empapadas, le ardían como el diablo. Un gemido se le escapaba cada tanto entre dientes, los cuales apretaba también con fuerza como si aquello fuese a ayudar de alguna manera, y yació sentada en el piso del baño durante lo que ella sintió fueron años.
Aunque estaba cansada y habría dado todo por permanecer más tiempo de aquella forma, Cassia tuvo que contener sus lamentos en cuanto escuchó la puerta del lugar abrirse, dando paso a un par de pies que se adentraron al lugar. De un sobresalto pudo incorporarse justo para evitar que quien fuera que hubiese entrado la descubriera rendida a través del espacio abierto que había de la puerta del cubículo y el suelo; su acompañante se mantuvo quieta, hasta que con pasos sospechosamente lentos comenzó a acercarse a los dos servicios que estaban anteriores al suyo. Una vez más la muchacha se detuvo, esta vez frente a su puerta; a través de la ranura del costado deslizó un trozo de papel que con ligereza cayó a la superficie marmoleada y rió presuntuosamente antes de apartarse otra vez para salir de los servicios sanitarios. No fue hasta que oyó la puerta de la entrada cerrarse de golpe que Cassia se movió, inclinándose hacia el frente para recoger la nota. El papel, evidentemente rasgado de algún cuaderno, tenía garabateadas un par de palabras llanas y directas:
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤ ㅤㅤ¡Maldita bulímica! Arderás
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤ en el infierno junto a tu loca madre.
Leer aquello la dejó por completo anonadada pues no alcanzaba a descifrar cómo alguien en primer lugar se habría enterado de su trastorno, o de la razón por la que su madre había fallecido tan solo seis años atrás. Su primer instinto fue experimentar asco, que fue sucedido por desolación y más tarde la vergüenza al sentir que estaba defraudando a su familia, pero más importante, a su difunta madre. Sus ojos se cristalizaron más pronto que luego, impidiéndole ver con claridad las palabras que no dejaba de releer masoquistamente. Jamás en su vida, ni siquiera en los primeros años en Nueva York cuando le era difícil hablar inglés propio, se había sentido tan mal y tan sola. Jamás había experimentado una humillación igual a aquella, lo suficientemente potente como para hacerla desear desaparecer de la faz mundial al menos por aquel día.
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤhierro: mabel se hallaba de nuevo en
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤla ventana. la nieve caía con más
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤabundancia, más deprisa ( . . . )
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤcada uno envuelto en su propia luz
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤmientras la nieve caía como un
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤvelo entre ellos.
Manhattan, New York.
Diciembre, 2000.
Las escasas luces del día habían conseguido hacerse paso hasta el interior de la habitación, indicando de esta forma el inminente amanecer y comienzo de la jornada. Los sábados solían ser bastante tranquilos en el hogar de los Bergqvist, por lo que al menos la planta superior permanecía siempre en silencio a la espera de que los residentes salieran de sus camas y bajasen a desayunar casi como si estuvieran cronometrados. Cassia saltó de la cama igual que cada vez, dejando que sus pies tocaran la suave alfombra que tenía al costado junto a sus zapatillas, y luego avanzó torpemente hasta la ventana todavía adormilada mientras se frotaba el ojo con su puño para desperarse. Una vez conseguido el cometido, la castaña tomó entre sus manos los bordes de las cortinas y con un rápido movimiento logró empujarlas hacia lados opuestos en la perfecta acción para dejar toda la luz entrar y encandilarla brevemente mientras se acostumbraba a la claridad matutina. Con los ojos entrecerrados y parpadeando aún constantemente en un intento por divisar lo que había al otro lado de su ventana, poco demoró la niña en llevarse la grata sorpresa de que incluso a aquellas horas y con un poco de sol en el cielo, de este caían gruesos copos de nieve que se acumulaban en el borde del balcón.
Jadeó ante la incontenible emoción y sin preocuparse por colocarse las pantuflas, salió corriendo con pies descalzos hasta el dormitorio de sus padres, ubicado al fondo del largo pasillo. No se molestó en llamar a la puerta sino que simplemente se limitó a empujar la misma con ambas manos y se coló al interior del dormitorio, el cual todavía se encontraba a oscuras mientras que sus padres descansaban sumidos en el séptimo sueño. No obstante, eso no la detuvo para saltar justo al espacio medio entre ambos cuerpos y comenzó a rebotar en el esponjoso colchón de rodillas en busca de intentar llamar la atención de Mikael y Leilani.
—¡Está nevando! ¡Está nevando! —repetía en tono agudo, zarandeando ahora el hombro de su madre. —Mami, mami, me prometiste que saldríamos a jugar.
Un quejido fue todo lo que la mujer emitió, el cual fue subseguido por la risa pesada de su padre, quien ya se había dado la vuelta para sujetar a su hija justo antes de que cayera sobre el cuerpo de su esposa semi-dormida. Tras ayudar a la pequeña a enderezarse y aligerar su euforia, Mikael le acomodó los alborotados mechones de cabello antes de acercarse a dejarle un beso en la frente.
—Saldremos a jugar, Cassie. ¿Qué tal si vas a despertar a tus hermanos para que se preparen también?
La niña asintió y con aún más entusiasmo se dispuso a cumplir con el cometido. Ayudada por su padre una vez más, consiguió bajar de la cama sin dificultad y luego de acomodarse su blusa de pijama, guió sus pasos fuera de la habitación de sus padres hacia el corredor y avanzó con más cordura ahora hasta la primera puerta a su derecha: la de Diederik. Sin llamar una vez más, Cassia empujó la misma para poder abrirse paso hasta el interior y caminó de puntillas hasta donde su hermano mayor aún dormía plácidamente; acercó su rostro al ajeno conteniendo la respiración para no alertarlo de su presencia, y justo cuando estaba por gritar para asustarlo el ojiazul se le adelantó al soltar un gruñido a la vez que se enderezaba sobre la cama, asustando así a la pequeña, quien soltó un agudo alarido ensordecedor que obligó a Diederik a cubrirse los oídos. A pesar de que su primer instinto fue salir corriendo fuera del sitio, los brazos del muchacho le impidieron moverse cuando la envolvió con fuerza entre estos tal como acostumbraba cada vez que la atrapaba en sus inocentes travesuras y las risas de ambos retumbaron entre las cuatro paredes mientras Cassia forcejeaba con el ojiazul para liberarse.
—¡Derik, no es justo! Déjame ir —se quejó, aunque acabó por rendirse.
—¿No es justo? Lo dice la que se escabulló en MI cuarto para asustarme —enfatizó Diederik liberando a Cassia de su agarre, no sin antes revolverle el cabello.
—¡Ay! —protestó, arrugando ahora el ceño y haciendo un puchero. —Sí, pero yo tengo derecho por ser menor.
Sin mirar atrás, Cassia abandonó a su hermano luego de sacarle la lengua en un gesto bastante infantil y procedió a visitar con mayor delicadeza a su hermana. Para sorpresa suya, Margueritte ya se encontraba en pie y en proceso de terminar de vestirse para salir, lo cual no le robó tiempo para dirigirse a su cuarto y hacer lo mismo. Sobre su pijama, la castaña se puso un abrigo lo suficientemente grueso para mantenerla caliente y optó por usar calcetines que le llegaban hasta las rodillas con las botas de felpa que había adquirido en su primer visita al centro comercial luego de la exhaustiva mudanza que incluso todavía parecía no acabar. Cuando acabó de alistarse bajó por la escalera de dos en dos bastante apresurada y al llegar a la última grada, su padre la recibió con brazos abiertos para que saltara como acostumbraban a hacer. Su madre, quien también se encontraba abajo ya, rebuscaba con una sonrisa entre los discos de acetato que guardaban hasta dar con uno navideño. Lo acomodó bajo la aguja y segundos después Let It Snow inundó la estancia, lo cual provocó que Leilani comenzara a balancearse en un baile bastante hilarante que Mikael siguió con pasos igual de torpes pero divertidos. Leilani estiró la mano hacia su esposo, quien la tomó de inmediato y tiró de ella para acercarla a él para así poder bailar sujetándola de la cintura.
—¡El que llega de último es un huevo podrido! —vociferó Diederik, quien ya bajaba por las escaleras corriendo con Margueritte pisándole los talones.
Ante el reto, Cassia aprovechó su considerable ventaja y corrió en dirección a las puertas francesas de cristal para abrirlas y salir hacia el patio trasero. Estaba a punto de alcanzar el centro del mismo cuando sintió que alguien tiraba de ella y la elevaba en el aire; Margueritte la había alcanzado de alguna manera y ahora le impedía seguir corriendo. Aunque braceaba en busca de su liberación las carcajadas le impedían concentrarse lo suficiente para lograrlo, situación que se agravó más cuando Diederik las alcanzó con una velocidad imparable las sujetó a ambas entre sus brazos y provocó que los tres cayeran de bruces en la capa de nieve helada. Debido a que había quedado encima de sus hermanos, fue ella la primera en levantarse trastabillando y con sus manos agarró un puñado de nieve que intentó convertir en una bola antes de lanzarla hacia los chicos, quienes todavía se arrastraban en un vano intento por ponerse en pie. La revancha no tardó en llegar, pues Margueritte había tomado también un puñado de nieve en su mano y la lanzó justo hacia el cabello de la niña, quien chilló debido al frío impacto del hielo contra su cuello. La guerra que habían desencadenado no tardó en ponerse más interesante cuando sus padres corrieron hacia ellos para unírseles en el lanzamiento de nieve donde todos estaban en contra de todos por mera diversión. La familiaridad de aquella mañana los hizo sentir como si estuviesen en casa, efecto que no habían experimentado hasta ese momento desde que habían dejado Suecia hacía unos meses atrás. Sin darse cuenta y sin intenciones de hacerlo, los Bergqvist habían creado su primer recuerdo en su nuevo hogar, el cual atesorarían por el resto de sus vidas.
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤalcalá: pero cuando estos ojos
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤse hartan de baldosas ( . . . )
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤentonces sí me siento náufrago
ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤㅤy solo el mar puede salvarme.
El despertador sonó, como cada día, a las cinco de la mañana con aquel estruendoso chillido que retumbaba en sus oídos cada vez más fuerte con la intención de evitar que se quedara dormida de nuevo. Estiró el brazo torpemente hasta alcanzar la pantalla del celular y sin siquiera mirarlo, supo exactamente dónde poner su dedo para hacer callar el aparato. Aunque ahora el departamento estaba en silencio, podía percibir el barullo de la ajetreada ciudad que jamás dormía. Mantenía el rostro hundido en la almohada negándose rotundamente a abrir los ojos y poner los pies fuera de la cama, pues era en aquellos instantes de cada día cuando se sentía más cansada. Su respiración se fue ralentizando nuevamente mientras que su cuerpo se aligeraba y sin darse cuenta dejó de escuchar los automóviles pues otra vez se había desconectado de su entorno, o al menos así había sido hasta que el chillido de la alarma volvió a sonar tan sólo quince minutos después. Repitió la acción de cada día otra vez: estirar el brazo, apagar el aparato y quedarse con la cara hundida en la almohada hasta que se sintiera con las fuerzas suficientes para empezar de nuevo. A pesar de que las cortinas estaban cerradas y todavía estaba oscuro afuera, las luces de la ciudad se colaban entre las mismas para iluminar de forma tenue la habitación; por inercia sus piernas se movieron hacia el borde de la cama y, tras incorporarse desidiosamente, apoyó sus pies en el helado suelo de cerámica. Posó las manos en el borde del colchón, del cual se aferró mientras dejaba que su cuerpo se adaptara a la temperatura fuera de las cálidas mantas, y sin soslayar por mucho más se empujó con los brazos para ponerse en pie.
Como cada día, a partir de aquel instante perdía por completo la noción de tiempo, pues todo se repetía con una agobiante exactitud en un ciclo aterido; se duchaba, se vestía, desayunaba algo ligero (si tenía tiempo) y abandonaba su residencia justo cuando el sol ya comenzaba a asomarse por el horizonte, inadvertido ante la vista de los ocupados habitantes de Nueva York. Recorría las mismas calles de la misma forma, repletas de personas que se abrían paso a como podían entre las masas de transeúntes y vehículos que avanzaban a gran velocidad para llegar a sus destinos antes de que terminara de amanecer; si algo había aprendido de sus años viviendo en la Gran Manzana, era que la gente que en aquel lugar residía parecía no conocer el término de descansar y, si lo hacían, entonces entre más tiempo estuviesen ahí siendo parte del caos, tendían a olvidarlo. Los motores de los autos al arrancar, los cláxones estruendosos que insistían con fervor a los demás a moverse, las fumaradas que expulsaban por las muflas y el chillido del caucho de las llantas al acelerar se mezclaban con la algarabía de los peatones, algunos hablando entre sí o para sí mismos, y otros gritandoles a sus teléfonos para hacerse oír para con quien estaba al otro lado de la línea conforme seguían su recorrido. Toda aquella variedad era algo que siempre le había gustado, pero lo cierto era que repetir la misma escena a diario solamente había despertado en ella con el paso de las semanas la pérdida de colores en todo el panorama, que lentamente se transformaba en una masa gris tan tediosa que resultaba pesada en sus hombros y pecho. Cerca de la quinta avenida se detenía a la orilla del pavimento, estiraba un brazo en el aire y esperaba a que algún acuciado taxista tuviera la decencia de detenerse para dejarla abordar, lo cual no le tomaba más de diez minutos cada vez; abría la puerta trasera, se deslizaba por el asiento y le indicaba con la misma monótona voz que se dirigiera a las oficinas de la revista para la que laboraba.
El trayecto hasta el bloque tampoco era muy dispar en su rutina, pues conocía ya la carretera y las salidas posibles casi como la palma de su mano; el resto de su día se resumía en una sola acción, y eso era pasar la jornada completa con los ojos pegados a la pantalla de su computadora redactando toneladas de artículos y corrigiendo otra pila más para las publicaciones mensuales. Aunque la monotonía la mataba lentamente y una atmósfera gris se emplazaba a su alrededor, prohibiéndole respirar con la ligereza ideal, se obligaba a sí misma a resistir tan solo un poco más repitiéndose que quizás al llegar a casa descansaría, pero en el fondo tenía claro que volviendo a encerrarse en aquellas mismas cuatro paredes, pocas eran las probabilidades de sentirse libre nuevamente. A pesar de que su vida en casa era sin lugar a dudas placentera en muchos aspectos, negar que se había convertido en parte de una rutina con distintas variaciones habría sido como intentar negar que el cielo sobre su cabeza era azul. Para cuando el reloj marcaba las 17:30 recogía las cosas de su escritorio con la misma precisión de siempre y las guardaba en el mismo bolso que cargaba consigo cada día laboral. A diferencia de las mañanas, optaba por dirigirse hacia la estación del metro en la calle 86, pues había algo de aquel mundo subterráneo que le devolvía el encanto a la ciudad gracias a que aparentaba tener vida propia. A las 18:00 se detenía su tren respectivo en la estación y ella aguardaba junto a la muchedumbre pacientemente a que los pasajeros se bajaran antes de poder ingresar; si conseguía lugar, iba directo a sentarse del lado derecho del vagón y tomaba asiento justo frente a las puertas para no perder nunca su destino. Treinta minutos y tres estaciones era la cantidad exacta que le demoraba llegar de vuelta a su hogar. No obstante, pese a que ya tenía sus cosas guardadas en el bolso y estaba dispuesta a rehacer su trayecto como cada noche, algo en ella le suplicó en un susurro no repetir lo de cada semana.
¿Por qué no tomar un desvío?, pensó para sí misma al tiempo en que abandonaba el recinto con paredes de cristal y se dirigía con paso firme por el pasillo hacia los elevadores. Aguardó con la misma paciencia de cada vez, esperó a que las puertas se abrieran, ingresó al cubículo y presionó el botón de la planta baja para iniciar el mismo camino hacia la salida de cada noche. A veces el ascensor se detenía, a veces no lo hacía, a veces la gente bajaba y a veces otra gente subía. Saludaba a los que conocía, a otros solo les dedicaba una sonrisa como saludo tácito. En cuanto alcanzaba su destino, abandonaba el elevador y arrastraba los pies por la recepción en dirección a la salida, pero no aquella noche; aquella noche, caminaba con firmeza y entusiasmo, e incluso el cansancio de su rostro parecía haberse disimulado. Se despidió de las secretarias, que también concluían ya sus turnos, y de los oficiales de seguridad con sus pulcros trajes que custodiaban la entrada al edificio. En cuanto puso los pies fuera, sintió la brisa golpearle el rostro con una frescura que no había experimentado en los últimos meses y se permitió cerrar los ojos unos instantes para disfrutar aquella entrañable sensación que tanta falta le hacía. Por arte de magia, al abrir los ojos de nuevo, todo a su alrededor pareció recobrar sus colores y la presión que le ocasionaba la atmósfera gris y deprimente, se disolvió justo frente a ella.
Caminó, por primera vez en mucho tiempo, en la dirección contraria a la que acostumbraba, obligando a sus piernas a ignorar la rutina que tenían ya bien memorizada. Despacio y sin prisa para disfrutar de todo lo que la ciudad tenía por ofrecerle aquella velada, avanzó y dejó atrás todas sus preocupaciones con cada paso que daba lejos de su lugar de trabajo. Las luces, más deslumbrantes ahora, parecían brillar sólo para ella iluminando así su camino; se detuvo en la esquina, estiró el brazo y tomó un taxi sin necesidad de tener que luchar por él contra nadie. Abordó, se deslizó por el asiento y sonrió con amplitud para saludar al conductor, quien respondió con la misma amabilidad.
—A Chelsea, por favor.
Sin mayor preámbulo, el hombre puso las manos al volante y en movimiento el vehículo, llevándolo sin precisa hacia la zona que le fue indicado. En el transcurso admiró por la ventanilla la agitación de la ciudad que horas atrás le había parecido soporífero e irrelevante; sin darse cuenta, la cabina se detuvo no más de 10 minutos después y pagó al conductor el par de dólares que el viaje había costado. Bajó y caminó de nuevo, ahora por las aceras del distrito que con constancia solía visitar durante sus épocas más frescas. Las luces de los locales iluminaban el paso de los que por allí visitaban y la sonrisa en su rostro se amplió. El letrero negro impreso en la ventana le advirtió que había arribado a donde deseaba, así que sin demasiado esfuerzo empujó la puerta de cristal para ingresar. Tan pronto entró un aire de familiaridad la abrigó, como si de dos brazos envolviendola en bienvenida se tratase, y poco le demoró a su nariz percibir aquel aroma a óleo fresco y madera. A pesar de que habían un par de personas dentro fotografiando o admirando las exposiciones dispuestas a lo largo de la enorme sala, sentía que estaba a solas en aquel pequeño lugar que consideraba su propio pedacito de paraíso en medio del caos. Era aquel el lugar que la hacía olvidarse de las rutinas, de las preocupaciones y responsabilidades; la dejaba volar en su propia burbuja de maravillas, donde todo parecía ser perfecto aunque fuese unas horas.