Llegué a pensar que me había convertido en una especie de Samwell Tarly atlético, que los Otros llegaban al Puño de los Primeros Hombres, que el resto de corredores también pertenecía a la Guardia de la Noche, que yo había salido el último por enviar los cuervos a Invernalia y al Castillo Negro -de Saetabis-, que no habría merced, que si desfallecía y no seguía adelante acabaría convertido en un espectro de ojos azulados.
Amanece y la lluvia prosigue lamiendo la Sierra Gruesa. El pequeño zurrón ceñido a mis lumbares y algunas prendas hidrofóbicas son mi único atuendo, calzo unas sandalias livianas con nombre de rey judaico. Una sucesión de infortunios burocráticos me lleva a pasar por el arco de salida cuando los caminantes empiezan su ruta en la Alameda de Saiti. El resto de corredores ha partido ya, muy por delante. Son las calles por las que ha transitado durante generaciones la mitad de mi parentesco, las conozco desde niño, he corrido por ellas en infinidad de ocasiones, y no, no estoy acostumbrado, como Sam, a ir detrás del todo.
Al llegar a la fuente del León comienzo a sobrepasar soldados calmados. En la plaza de La Colegiata, empiezo a entrar en calor. Tras el pequeño templo a San Felipe ya se produce un receso forzado, el primero de muchos, la soldadesca camina para ascender, me veo obligado a darle la vuelta a mi prisma habitual.
Pienso que soy un nosocomi de la Guardia de la Noche y que vamos despacio por acarrear a los heridos.
La lluvia y el barro hacen que adelantar sea una temeridad, y no siento preocupación por mí, si no que temo por la integridad de quienes corren cerca y a quienes podría hacer caer en caso de no refrenar mi ímpetu asilvestrado. La lluvia jamás me molesta ni me condiciona ni me altera el ánimo pero la lentitud a la que me veo obligado en un terreno donde siempre asciendo en carrera sí que me exaspera. Son las Circunstancias, y carezco de omnipotencia como para alterarlas, tan sólo puedo fluir entre ellas como la escorrentía entre las rocas. Levanto la vista mientras subimos por el Paso de Poniente y contemplo la Cruz que se alza a nuestra derecha. Comienzo a sentir otra penitencia añadida, y vinculada a la lentitud, mi pie izquierdo -tumefacto desde hace una semana- no logra entrar en calor yendo a este ritmo y según qué apoyos estallan punzantes.
Pienso en el Sam Tarly orondo y bendigo a los Antiguos Dioses por los dones con que me han bendecido, y la tolerancia al dolor que he desarrollado.
Al llegar al cambio de rasante desde donde se observa el valle que vamos a circundar, Bixquert, respiro hondo e intento serenarme, no me falta aire, en absoluto, me falta paz y eso me enerva. Los corredores en terreno más suave comienzan a trotar, la senda no es amplia como para adelantar con margen de seguridad. Maldigo para mis adentros. Al fondo se eleva por encima de la montaña la Peña San Diego, mis pies conocen cada piedra de esta senda y empiezo a dejar atrás a más miembros de esta hermandad.
Pienso que soy como un junco que baja por un río repleto de piedras humanas.
En todo momento intento pensar que algunas de esas rocas con alma bien podrían ser mi progenitor en un trazado de esta índole y procuro adelantar sin molestar a nadie ni resultar ofensivo. La ascensión, calmosa, a la loma que preside un mar de naranjos me lleva a rememorar vivencias de sólo siete días atrás, en la Serranía, en otro trazado por montañas atravesando un gran cementerio de árboles calcinados.
Artaj fue ceniza, Saetabis está siendo fango.
Siempre he logrado sentirme pleno en la naturaleza, especialmente entre montañas. Han sido mi refugio y mi salvación. Un espacio al que escapar para encontrarme. Donde nunca me siento perdido, y si me desoriento, lo vivo como una aventura. Desde que tengo recuerdos las montañas han espoleado mi imaginación y han acicateado mis piernas para seguir, hacia arriba o hacia abajo, a punto de parar o de caer, luchando contra la gravedad y fluyendo con la inercia. Y en estas montañas fue donde empecé a correr y no estoy siendo capaz de disfrutar de algo que me encanta.
Pienso en Vincent, mi hermano juramentado de esta logia, cubierto con su capa de gatosombra, en cómo estará refocilándose en el barro como el jabato que es, criado en estos montes.
El dolor y la lluvia se combinan. El barro y el gentío. Llegamos al Pozo de las Aguas y aprovecho para seguir remontando posiciones cuando se amplia al horizonte rumbo hacia el manantial de la Quintana donde hay dispuesto un abrevadero. Se me llevan los demonios por no poder, simplemente, correr, cada pocos metros he de truncar mi ritmo entre humanos y angosturas. Se me hace más cuesta arriba el ejercicio de paciencia que el Alto del Velocípedo, cuando amaina el desnivel en el tramo final arranco poseído, dejo atrás a un grupo considerable y comienza el único lapso de libertad que disfruto en todo el recorrido. La crestería en soledad. Nadie por delante durante casi dos millas. En efecto, había sido una agregación de plaquetas en torno a un trombo de ciento treinta kilos de peso –lo cual, por cierto, tiene muchísimo mérito-. Es el clímax de la prueba, lo intuyo, lo percibo de salto en salto, logro flotar pisando más verde que roca, sé que voy muy rápido pero no llego a soltarme como de costumbre, y aún así logro paladear la ausencia de congéneres hasta que llego al barranco de grava.
¿Por qué me molesta la presencia de gente si he venido a participar en una carrera?
¿Por qué no soy capaz de gozar con lo que se me ha concedido?
¿Por qué no puedo valorar simplemente la fortuna de correr?
¿Por qué siempre anhelamos más y más?
¿Por qué no logro apreciar la belleza que me rodea?
¿Por qué no consigo estar pasándomelo en grande?
Me asalta este tropel de preguntas mientras descendemos hacia la Casa de la Luz. Detrás de un grupo de personas que baja con cautela logro dar con un pensamiento recóndito, las carreras no expresan el nivel real de cada quién, es entrenando donde uno descubre el umbral en el que se halla.
Al llegar a la ribera del Albaida eludo los refrigerios, tengo la sensación, a partir de la Cueva Negra, de que empieza una carrera nueva, en la que es posible adelantar y sostener el ritmo. Los latigazos en el pie persisten con una frecuencia que se incrementa al chapotear en los charcos del enclave prehistórico. La humedad multiplica el dolor, los tejidos dañados no logran atemperarse y bajo el Puente de los Arcos me planteo por vez primera si no ha sido un gran absurdo encadenar la aventura de hoy sin estar plenamente recuperado tras la marathon de hace una semana. Pero en estas montañas fue donde empecé a correr y quería estar hoy aquí.
Devoro con fruición y sin deleite la distancia entre el Puente de los Arcos y el Túnel-bajo-la-Calzada. Y tras la zambullida en el agua que colecta el pasadizo emerjo corriendo hacia la Puerta del Socorro del castillo de Saetabis. Corro cada tramo en que se me permite y me adentro en la fortaleza cabalgando sobre mis piernas, bajo a galope tendido, por la cara norte, hacia la ciudad setabense y dejo de pensar, prácticamente, hasta que sufro una suerte de colapso emotivo al llegar a la plaza de La Seo, entre la imponente Colegiata –deficitaria por siempre de un segundo campanario- y esa joya arquitectónica que supone el antiguo hospital.
Obnubilado, sonrío y alzo la vista al cielo, por fin me siento vivo, como Stendhal en la Santa Crocce, y empiezo a correr suelto de veras, pero ya sólo quedan metros. Resuenan mis pasos sobre el adoquín de la plaza del Mercado mas no hay placer en seguir subiendo el ritmo, ni son gratas la sensaciones por acabar tan pletórico de fuerzas. Por más que aumenta mi frecuencia de zancadas no alcanzo a liberarme de toda la mierda que me he ido generando en esa especie de pulso sin sentido contra mí mismo.
Pienso, frente a la Madre de las Nieves, en la madre de mi madre quien sembró su espiritualidad en mí enseñándome a cultivarla en torno a los Antiguos Dioses de nuestros antepasados.
Desde la Plaza de la Balsa hasta meta, en esos últimos metros, la gloria íntima que suele premiar el esfuerzo realizado ha sido inexistente. No, hoy no, no he sabido adaptarme a lo que había sido dispuesto para mí, no me ha servido de nada correr como un poseso la segunda mitad tras todo el retraso de la primera. Concluyo en meta la carrera y esta cura de humildad.
La montaña, de un modo u otro, te pone en tu sitio. Te da lo que necesitas recibir. Si, durante casi tres horas, he dejado de amar la montaña y una competitividad malsana se ha apoderado de mí, entiendo que el valle donde se enraízan los árboles de mi familia me haya sacudido de esta manera. Ni he pasado frío ni mi cuerpo ha dado muestras de flaqueza, incluso el pie, machacado, ha sido un asunto menor. Cuando bombeas más furia que endorfinas al torrente sanguíneo algo estás haciendo mal. Si lo que más te gusta deja de resultar placentero para convertirse en tortura es que lo estás haciendo mal. Si hace una semana, en la MaMoVa, alcancé la plenitud en la fatiga...
¿por qué hoy, corriendo en las montañas que me han visto crecer, no he sido capaz de ser feliz donde siempre lo soy?
Creo haber encontrado la respuesta a través del precioso recorrido de este Xàtiva Natura Trail, que combina monumentos y paisajes de forma sublime mediante una diversidad de enclaves asombrosa. Ha sido maravilloso a pesar de la fluctuación anímica y del lodazal incesante descubrir nuevos matices de mi ser enfrentándome a una prueba más allá de la propia carrera, en la que se me ha permitido terminar siendo un corredor mejor del que era cuando la he comenzado. Más consciente, más cabal, más fuerte y más completo. Toda una lección bajo la lluvia.
Y en meta, ya que no cumplo todos los votos de la Guardia de la Noche, me espera ella, el calor y la vida, con sus labios, ropa seca y un abrazo que me recuerda lo que de veras importa.
PD: Si todo va bien, dentro de un año, espero plasmar en palabras lo que depare la próxima edición de esta carrera, cuyo potencial es enorme si todos los que la hacen posible, corredores y organización, aprenden de sus errores y siguen hacia adelante. En caso de que así sea el XNT puede llegar a ser emblemático, la Naturaleza y la Historia ya las tiene en su haber, ahora sólo resta más esfuerzo y más humildad.