Aunque platica, sonríe, se enreda en el mundo de las luces, asiste a los conciertos de la sorpresa, saluda siempre, extendiendo la mano de la cordialidad; en fin, aunque camina por los túneles sencillos del ocurrir, El Ventrílocuo carga bajo su gabardina negra una desesperanza que se extiende a lo largo de sus días. Una tristeza delgada e insistente arropa su alma, cuyos ojos miran cansados hacia las cosas que provocan añoranza. Su nostalgia va más allá de la decadencia del teatro Tívoli. Desde su niñez, una navaja invisible le ha ido cortando los brazos del futuro; y si medita en su pasado, sabe ya muy bien que encontrará un jardín de plantas rotas, como si algunos hombres hubieran venido huyendo del pánico y hubieran pasado por allí a tropel afligido. Entiende que de costumbre buscó los bordes de la muerte, pero que sobrevivió para ser testigo de su propia sobrevivencia. No añora lo que tuvo ni lo que nunca tendrá, sino algo que todavía no alcanza a concebir; buscó en el espacio de la vida ajena y en el de la suya, pero en la actualidad está cansado, de pensar, de comprender a la gente y a sí mismo. Va poniendo puntos finales en las paredes y en los cuerpos del entusiasmo, se ha vestido de negro para inferir la derrota de no haber encontrado su nebuloso objetivo. Sentía profundamente que algo le faltaba y creyó que en la búsqueda hallaría la definición de lo que perseguía, la razón de buscarlo y lo que buscaba. No pudo dar con ninguno de los tres y entonces se vio habitando una ausencia tan larga como los años de su edad, que ya no es breve. Sólo le queda su penosa afición por la ventriloquía, actividad que siempre ha desdeñado por ser la de su padre, pero en la cual ha podido introducirse hacia gozos digamos que perversos. Al inventar las voces de los múltiples personajes que ha ido acumulando en el descuido, siente que habla desde las vidas que él no pudo ser; quizá un día alguna lo ponga en el sentido de la usencia. Quizá de pronto profiera una luz intensa y camine por ese nuevo túnel al encuentro de por lo menos una respuesta breve y poderla acariciar; gemir entonces con vergüenza ante ella como se llora en silencio cuando lo sin remedio nos abraza. Aunque similar a las últimas luciérnagas de la noche, de éste delgadísimo hilo penden las actividades del Ventrílocuo. Sin tener la explicación de la ausencia donde vive, se niega a involucrarse en explicaciones extrañas. Hace con sus días lo que el puño de un hombre solitario con la arena de la playa: la deja caer sobre el absurdo sin la esperanza de volver a tomar el mismo puñado de minúsculos vidrios ámbar que el océano se lleva. Así va por allí desgranando su existencia, del taller de ventriloquía a la calle y de ésta a aquél, con su gabardina negra, su sombrero gris, sus tenis negros y su camisa blanca de cuello chino. Su mejor momento es el de los sueños. -- Guillermo Samperio --