Oh, Sasaki. Qué ideas más revolucionarias, originales…ytremendamente peligrosas. Era lo único en que Mutsuki, con amargura y cierto enfado para con su mentor, lograba pensar.
Y era sólo eso, mientras corría tras Urie, enfundado en su máscara nueva y el corazón a punto de estallar. No sabía muy bien de qué huía; a los ghouls, ellos debían hacerles frente. Mas éstos eran muchos, y las órdenes dictaban minimizar los ataques. Así que corrían.
Se colaron en un recinto que parecía ser un gimnasio; la oscuridad siendo amparo de ambos, salvaguardándolos de aquellos ojos de fuego que les perseguían. Avanzaban medio a tientas, medio a las corridas. El lugar estaba repleto de pasillos, olía a moho y encierro. Tooru no se atrevía a despegar los labios, medroso de atraer con el ruido a alguna alma indeseable.
Pero sus oídos sí captaron algo, acercándose. Pasos. Al menos de dos personas. El estómago le dio un vuelco, y sin mucho pensarlo, atrapó a su compañero de escuadrón con garra firme.
– ¡Escóndete ahí! –le susurró con aprehensión, empujándolo sin miramientos dentro de un armario de los vestuarios, para seguidamente lanzarse él mismo allí dentro.
Los segundos, igual que aquellas firmes pisadas, pasaron. Interminables, asfixiantes. El espacio, reducido y negro como boca de lobo, al moreno le arrancaba la respiración. Se atrevió a mirar a Urie un instante, antes de bajar la vista, cohibido por su más que notable molestia. ¿Podrían salir ya…?
– C-creo que ya…no los oigo –murmuró, su mano empujando la puerta de metal que cerraba el armario…y quedándose ahí. Frunció el ceño, y volvió a empujar. Y otra vez. Y a la cuarta, tragó saliva. Iba a morir allí mismo, calcinado por el odio de su compañero–. U-urie. No se abre…
Estaba más que seguro que cuando se encontrara con el genio responsable de esa situación, haría lo que estuviese en su poder para devolverle el favor. Al principio la misión prometía ser segura, relativamente, pero pronto lo estropearon todo, y allí estaban, huyendo del enemigo estando solos sin contar con nadie más que con ellos mismos, que no eran el equipo más fuerte de todos, para ser honestos.
Cómo deseaba no tener ese olfato suyo tan agudo. El olor de la humedad y el sucio se quedaba adherido a sus fosas nasales y terminaba dándole un mal sabor al final, junto con un revoltijo en la barriga. Era asqueroso e irritante.
En una situación desesperada, no le quedó más que seguir sus indicaciones y cuando se dio cuenta, se vio al borde de la ira en un armario o lo que fuese, allí con el moreno. Era un espacio minúsculo, teniendo casi ningún espacio para moverse, y por poco estaba encima de su compañero. Estaba tan cerca que era incómodo. Por si no fuera poco, el polvo hacía parecer que el aire se había hecho más denso, y se vio en la obligación de quitarse la máscara de un tirón. Qué gran día para echar a perder el trabajo.
— (¡Tienen que darte un premio, por tener la idea más estúpida del día!) Si la fuerzas de más, sonará y vendrán por nosotros (¿Acaso les pagan por hacerme enfadar a ustedes? Deben estar ahorrando una fortuna)—respiró profundamente, controlando sus ansias por ponerle las manos sobre el cuello. Debía controlarse, no quería hacer nada de lo que pudiese arrepentirse después. Peinó su cabello hacia atrás y con algo de esfuerzo se cruzó de brazos, intentando pensar otra forma de salir de allí. Con ayuda de los finos rayos de luz que lograban entrar, examinó las paredes, en busca de alguna rendija, pero fue una pérdida de tiempo. Realmente estaba atrapado en ese lugar.
Inhaló una vez más y contó hasta diez, tratando de mantener la calma— Tendremos que quedarnos hasta que se vayan lejos, entonces podré tirar la puerta (Sólo no te muevas mucho)—. Aunque sus palabras sonaban muy neutras, su rostro parecía el de alguien a punto de cometer un asesinato por la rabia. Si volvía sin Mutsuki, Sasaki perdería la cabeza.