Dicen que la muerte deja una esencia inolvidable,
que se agarra a tus entrañas como lobo mancebo de San Froilán y
anida en tu juicio como zancudas en la Berenguela.
Y bien sé que ese hedor no sólo es propio del adiós de la carne,
pues el desamparo de un embozo arrugado
bien valdría como reposo a San Isidoro el sevillano.
Digo que mi more danico particular apesta,
que violenta el solio de mi pudor y
que deja inmaculado el recuerdo de Santa Nefija.
Ya sólo logro reconocerme en el ayer,
pues hogaño únicamente existo en calendas griegas,
en la vulgaridad de vestir otras pieles
y en mi ineludible peregrinación a las huestes de San Marcelo.