Una de las luchas más grandes en mi vida ha sido saber quién soy.
Soy la tercera de 4 hijos, tengo tres maravillosos hermanos que son la diversión de mi vida. Cuando jugábamos, algunas veces me excluían porque lloraba mucho o siempre estaba quejándome de no ser yo quien elegía el juego.
Y cuando entré a mi adolescencia, mi falta de identidad me hizo creer que siempre debía hacer algo para ser aceptada y sobresalir. Jamás pensé que mi valor estaba establecido desde antes de haber nacido. He escuchado decir a muchos, que a medida que avanzamos en la vida encontramos quien somos realmente. Hay otros que amoldan su identidad dependiendo de las circunstancias o de las personas que les rodean.
En el proceso de encontrar mi identidad, me enfrenté con heridas del pasado, baja autoestima y falta de afirmación. Sumado a esto, me comencé a comparar con personas que parecían tener la vida perfecta y permití que satanás hiciera un nido de mentiras en mi cabeza haciéndome creer que valía menos que todos.
Aquí fue donde Dios intervino en mi vida y tuve un encuentro con La Verdad.
“y dijo: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. (…)” Gen 1:26 NVI
“Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó,” Gen 1:27 NVI
¿Te das cuenta que al leer cómo Dios hizo la creación, llama la materia a existencia?, le habla al mar para que hayan animales marítimos; a la tierra para toda criatura terrestre y así también lo hace con el cielo. Sin embargo, me resulta fascinante que antes de crear al ser humano, se habla a sí mismo.
¡Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, se ponen de acuerdo antes de crearnos!
Su Palabra dice que me formó con mucha delicadeza y que Su Espíritu fue mi esencia. Respiró aliento de vida sobre nosotros para que pudiéramos tener vida y lo más maravilloso, es que mi identidad fue establecida por el Dios creador de todo el universo.
Cuando comprendí que la identidad no es algo que descubrimos a lo largo de la vida, formamos en el proceso ni es determinada por personas o circunstancias, pude desechar toda mentira para siempre y abrazar solamente la verdad que fue hablada por mi Padre celestial desde antes de nacer: “Soy hija de Dios y Él me llama su obra maestra, corona de la creación.”
Solo abrazando cada palabra que Él dice sobre mí, puedo conocer a Dios y así conocer quién soy.










