Aquel pitbull y el Bronx.
Era octubre de 2011 y una tímida garúa arañaba los cristales de la ventana de mi habitación. Adentro, no había mucho para hacer. La llovizna parecía haberse detenido y aquel estado de tranquilidad me perturbaba. Quería salir pero no sabía a dónde. Mucho menos sabía con quién. Al fondo sonaba Closer de Nine Inch Nails, y mi ritmo cardiaco empezaba a acelerarse.
Caminé en círculo dejándome llevar por mi instinto. Agarré el reloj dorado que hacía poco había comprado y me lo puse orgulloso en la muñeca. Apenas lo hice me sentí protegido, no sé si era por su tamaño y su peso, o porque en aquella época me obsesionaban las alhajas. Ese reloj me generaba seguridad. Incluso, cuando el afán era el responsable de mi amnesia, me sentía vulnerable y casi que desnudo si no lo portaba.
Me puse una camisa hawaiana de manga corta y una chamarra de cuero que me protegía muy bien del frío. Apagué el computador y antes de salir, revisé que sí tuviera suficiente dinero entre la billetera; también una bolsita Ziploc, en la que cargaba algunos porros de marihuana para evitar que se estropearan.
Cerré con parsimonia la puerta de la casa, minimizando cualquier estruendo que alertara a mis papás, ya que al no querer preocuparlos, salí sin despedirme. Tampoco de mi sobrina, ella estaba todavía pequeñita, y se la pasaba leyendo y viendo Disney Channel junto a su mamá.
Afuera, el viento era helado. Caminé un par de metros y salí a la Avenida Primero de Mayo. Allí estaba seguro de que encontraría mi destino. Entré a la Tienda de Patti, la tienda de siempre. Compré dos cervezas Aguila en lata, destapé una y bebí un sorbo generoso; la otra la guardé en la chamarra y pedí dos más.
Como si se hubiese tratado de una premonición, escuché las voces de raBi, Richie y Tocino, amigos de la vida, que habían entrado al negocio. Segundos después entró Boliqueso. Los encuentros con ellos se caracterizaban por el cruce interminable de bromas y cientos de comentarios ridículos que nos hacían reír. Luego de una conversación escueta descubrí que ellos también querían hacer algo distinto aquella noche, así que me llené de valor y rápidamente discutimos el plan.
La idea era irnos caminando hasta el Barrio Santa Fe, en pleno Centro de Bogotá. Queríamos ver mujeres con prendas diminutas que ofrecieran sus servicios sexuales y burlarnos del peligro que representaba hacerlo caminando. Teníamos solamente tres opciones: a través de la Carrera Décima, teniendo que cruzar el Barrio Policarpa, el Parque Tercer Milenio y San Victorino; por la Carrera Sexta, teniendo que atravesar los barrios Calvo Sur y Las Cruces; y por la Avenida Caracas, teniendo que pasar al frente del Hospital de la Hortúa, el Barrio San Bernardo y la Calle 19... todas rutas tenebrosas de una ciudad que de noche se hace más hostil.
Boliqueso sugirió comprar un litro de aguardiente Néctar Verde para amilanar los nervios y fue así como mancomunadamente decidimos caminar hasta la Avenida Caracas. En ese momento, raBi y Richie confesaron que cada uno portaba una ‘pata e’ cabra’ con lámina de acero reluciente ‘por si las moscas’. El peligro y la defensa eran latentes. Mi lengua y mi estómago se retorcían con cada copa de licor que ingería y ya no había vuelta atrás. Lo único que quería era ser protagonista de una noche memorable.
En la esquina de la Avenida Primero de Mayo con Caracas reunimos algunos billetes ajados y unas monedas de poco valor para comprar otro litro. Ya eran las diez y media de la noche, y lo único que nos interesaba era llegar a nuestro destino, completamente extasiados y sin rasguños. Todo un descaro juvenil.
A medida que brindábamos tomando cualquier falacia como pretexto, más nos adentrábamos en las intríngulis de aquella ciudad prohibida que diariamente aparecía en los noticieros nacionales, como epicentro de robos, expendio de drogas, venta de armas, prostitución y decadencia.
Avanzamos varias cuadras hasta llegar al Barrio San Bernardo, la ‘olla’ o expendio ‘express’, que en ese momento no nos resultaba tan peligroso, ya que fueron varias las veces que entramos con tal de fumarnos un porrito de marihuana o esnifar alguna bolsa de perico, con calidad superlativa y a muy buen precio. A raBi y a Boliqueso se les ocurrió entrar rápidamente para abastecerse y continuar con el carnaval, pero justo cuando los demás nos envalentonamos para seguirlos, doblamos la esquina, y una luz roja y azul incandescente nos cegó por un instante. Era la policía, estaban haciendo una batida para simular autoridad.
Era la primera prueba a la que nos enfrentábamos y no podía debilitarnos. Confesé que tenía algo de marihuana y decidimos continuar para no postergar el plan inicial. Dimos un par de pasos para evitar que la patrulla de la policía nos alcanzara y algo completamente rocambolesco sucedió.
Al frente de nosotros, apareció un pitbull gris de ojos penetrantes y masa muscular notable. Parecía un toro de lidia dispuesto a embestirnos. El ambiente se tornó pesado. Ninguno de nosotros se atrevía a moverse para evitar cualquier ataque del animal. El único que lo hizo fue Richie, quien se le acercó de manera sigilosa y con mucha prevención le tocó la cabeza. Al ver que el animal se dejó, los demás les pasamos por el lado como si fuésemos fantasmas. Unos metros más adelante, Richie se nos unió, el pitbull también.
¿Y ahora qué hacemos? La respuesta nos la dieron dos habitantes de calle que pasaron por nuestro lado: ¡Estos manes tienen severa guardia! ¡Sí! El pitbull se quedaría con nosotros... ‘nos servirá para abrir camino’ añadió Tocino.
Con actitud gallarda caminamos hasta la Calle 19. Habíamos pasado las calles más peligrosas y estábamos a punto de arribar a nuestro destino. En aquella esquina de concreto espeso saqué un porro de la bolsita Ziploc. En mi chamarra solo me quedaba una Aguila. Miré para todos los lados y le hice una seña a mis compañeros de periplo para que me esperaran. Quería fumarme ese porro mientras contemplaba a Monserrate y a Guadalupe, resplandeciendo por la Luna llena que exaltaba las montañas. Hubiese podido hacerlo en cualquier otro tramo del recorrido, pero esa esquina era especial... sabía que quizás nunca más repetiría ese momento. Mucho menos así.
Tiré la colilla hacia la calle y un taxi diminuto al instante la aplastó. Con el cuerpo retorcido tomamos la Calle 19 hacia el occidente y luego doblamos por la de los Travestis. Casi que podía escuchar el metal de las navajas chocando con las llaves que raBi y Richie cargaban en sus bolsillos, pero nada me importaba. ¡Éramos la banda de Millonarios! Y Tocino... hincha de América de Cali. Al divisar un grupo de aproximadamente diez travestis, cometí el error de pasar entre ellos y la pared. Era demasiado tarde. Había irrespetado una regla callejera de protección. Uno me vio con el ceño fruncido pero nada le importó. Estiró su mano y me agarró los testículos. Al sentir dolor abdominal, mi mente se nubló y solo atiné a agilizar el paso para escapar. El grupo se río y en un santiamén, sin darnos cuenta, ya habíamos llegado. ¡Allí estaba el famoso Barrio Santa Fe! ¡Una de las zonas más extravagantes de Bogotá!
El pitbull suscitaba todo tipo de comentarios. Habían prostitutas que sin pensarlo lo consentían y le decían palabras de cariño. Otras en cambio, lo maldecían y nos retaban a caminar sin él. Sabían que éramos foráneos...
Estuvimos allí cerca de dos horas y media, casi tres. Nos ubicamos justo al frente de un local llamado Troya. De pie y con ojos lujuriosos, acabamos el segundo litro de aguardiente y compramos algunas cervezas. Boliqueso y raBi, se habían ido a conseguir perico. Richie prometía que adoptaría al perro y yo ya no recuerdo de qué hablaba con Tocino.
Miré mi reloj dorado. Ya era la una y media de la mañana. Agotado por el revoltijo de sustancias, tomé junto a Tocino, la iniciativa de marcharnos. Los demás estuvieron de acuerdo. Caminamos hasta la Avenida Caracas con Calle 22 y avanzamos un par de cuadras. El pitbull se veía cansado pero seguía siendo intimidante, o al menos eso creíamos hasta que un tipo que estaba escondido entre un árbol cayó delante de nosotros con cuchillo en mano. ‘¡Uno a uno me los fumo!’ Dijo tan seguro, que todos enmudecimos. Richie y raBi sacaron sus navajas, pero el terror o quizás el cariño por la vida nos hizo dar dos zancadas para evitarlo. Era un tipo de unos cuarenta y cinco años completamente enajenado. No tenía nada que perder. A pesar del susto Richie y raBi cayeron en razón. Dejamos al tipo atrás y sin notarlo ya estábamos en la Basílica del Voto Nacional. ‘Cada vez más cerca de mi casa...’ pensé. ¡Pamplinas! Boliqueso quería entrar a la temida Calle del Bronx o como coloquialmente la conocíamos: la famosa ‘Ele’.
Aventándose por una de las calles que colindaba con el Batallón de Reclutamiento del Ejército Nacional, Boliqueso no nos dio tiempo para decidir y en cambio advirtió que nos abriéramos las chaquetas para evitar suspicacias. Completamente desprotegidos, pero con amor por el peligro, todos le seguimos la corriente y nos dispersamos por la calle. Al caminar unos diez metros, vi una suerte de barricada que delimitaba la zona. Sin pensarlo avancé y justo cuando puse un pie adentro, dos guardias locales o ‘sayayines’, de quienes no recuerdo sus rostros, me apuntaron con un revólver en las costillas. ‘¿Para dónde va?’ Dijeron con voz carrasposa. ‘Solo quiero un porro’ atiné a responder con voz entrecortada. El recuerdo de mi familia y la adrenalina del momento me habían hecho despabilar. Tan pronto me dieron ‘vía libre’ para acceder, vi que el pitbull caminaba ‘como Pedro por su casa’. A lo lejos, Boliqueso, raBi, Tocino y Richie me observaban caminar perplejo entre sendas capas de basura apilada que generaban angustia. Yo no era capaz de mirar a nadie a los ojos. En ese momento nosotros éramos el ‘parche’ más ‘gomelo’ de la mítica ‘letra’.
Seres casi inertes deambulaban de un lado para el otro y varios toldos se entreveían entre cantidades exageradas de basura y miseria humana. Asustado, entré a una casa que tenía pintado un mural de Millonarios en su fachada. Adentro, el ambiente se asemejaba a Blade Runner o a cualquier otra película distópica. Unas diez máquinas tragamonedas eran la sensación para un grupo significativo de personas que apostaba con enjundia, mientras bebían whisky Old John por solo $2.500 pesos la botella (sí, a menos de un dólar estadounidense).
Al salir, Tocino me hizo una seña y juntos caminamos hasta uno de los toldos. Debajo, una mujer sacaba dosis personales muy bien envueltas, de un contenedor de plástico azul, el cual combinaba con un sofá raído en el que cualquiera que le comprara podía sentarse para disfrutar de su adquisición. A Boliqueso lo veía tranquilo. Él era uno de los que estaba sentado en el sofá, fumándose un porro del tamaño de un habano. Mientras tanto y a lo lejos, el pitbull examinaba el territorio y le gruñía a los perros locales que tampoco tenían buen aspecto. Fastidiado, no aguanté más. Menos mal no era el único. Tocino y Richie también querían marcharse. A raBi le daba igual.
Sin más preámbulos iniciamos nuestra retirada. Boliqueso apagó el porro y sin objeciones también se nos unió. Afuera, de vuelta en la misma calle por la que entramos, un par de habitantes de calle nos rodearon para robarnos. Yo ya no tenía miedo, solo quería llegar a mi casa. Cruzamos algunos insultos y ‘nos paramos duro’ como decimos en Bogotá. Atrás los dejamos pero todavía nos faltaban varias cuadras para estar protegidos.
Eran las cuatro de la mañana. El frío demencial me había partido los labios. Caminamos entumecidos hasta un parque del Ciudad Berna y allí terminamos lo que nos quedaba. Han pasado nueve años desde eso. Con raBi, Tocino y Boliqueso seguimos siendo amigos y compartimos una que otra cerveza. De Richie y el pitbull no volví a saber más. Lo último fue que el perro se le escapó al día siguiente de que lo adoptó, y a los pocos meses él cayó preso en Brasil.








