SERBAN SAVU
1978, Cluj, Rumania
UNA POLÍTICA
SENSIBLE
DE LA PINTURA
Estamos en un momento del mundo en el que nos preguntamos por las fronteras, pero de un modo bastante más virtual de lo que ilusionamos. El éxodo de la globalización parece estar hecho de pisadas virtuales de millares de clicks sobre links sonando al unísono, cruzándose y yendo simultáneamente hacia todos lados, sobre los asuntos de todos los países y sus conflictos. Es como una vorágine que poco aterriza sobre las tierras y poco pone los ojos sobre los lugares, sino que abandona con su omnipresencia anónima manteniendo el rumor de una verborrea que asedia la contingencia.
Dicen que Serban Savu pertenece a un grupo de artistas de Cluj , Rumania, que han llamado la atención en la escena artística internacional por una perspectiva particular en la vida: el desencanto de la vieja utopía del comunismo y una desconfianza en el nuevo orden capitalista.
No he visto realmente sus pinturas, y eso es importante, pues la materia transmite muchísimo, aunque hay lecturas que se pueden hacer a la distancia, no obstante se adhieren mucho más a las ideas que a las sensaciones. Quizás los ojos posados sobre sus cuadros hayan sido apenas cientos o miles, pero esas miradas guardan un secreto. Las pinturas de Savu, reflexivas desde la sensibilidad guardan a la vez un tiempo que tensiona eficazmente lo que la imagen y la comunicación de hoy nos ofrece. Mostrando otras sensaciones bajo la distancia de su mirada, como si se hubiese suspendido o bajado del mundo.
“…mi interés se focaliza en la idea de adaptación y transformación (…) Creo que la desolación es solo una parte de la realidad de la que hablo. No estoy más interesado en la desolación, que en la tenacidad o en la pereza, por ejemplo, pero tengo que admitir que en algún momento uno podría haber visto más desolación que felicidad alrededor de esta parte del mundo. La transición de un sistema socio-político a otro, de una dictadura al caos del capitalismo salvaje de los '90 y a la relativa democracia estable de hoy ha sido un proceso de esfuerzo. Y no ha terminado todavía.”
La imagen del mundo tras el fracaso de un proyecto histórico
Son imágenes tomadas con distancia, como la mirada de un observador que se convierte la vez en espía. Los planos parecen fotográficos o documentales, porque la composición no es rebuscada sino azarosa, pero sin caer en la traducción literal de lo que podría ser una cámara suelta en el cotidiano, sino que hay un observante detrás y una traducción pictórica madura que sostiene el lenguaje artístico en que se presenta. Es un impresionismo gris, con menos naturaleza y ensoñaciones florales que aquel impresionismo de entonces, con profundidad de campo a pesar de lo pastoso y colores dados por el entrono, poco pensados por la construcción de la pintura, sino más bien descubiertos en una pequeña rima casual. La paleta es deslucida, gris, de verdes y azules mitigados.
La arquitectura ocupa en sus pinturas un espacio relevante. Siempre hay planos o estructuras de hormigón, fábricas abandonas o la monótona vivienda modernista: ruinas del comunismo sumidas en una calma extraña, en lugares inhóspitos de Rumania, como en un retrato local donde aparenta no haber más intensiones que mostrar las actividades cotidianas de calles que no sabemos si existen. Ahí la gente se ocupa de tareas que ocurren en lo externo de un paisaje más social que natural, en espacios comunes, públicos, ocupados por la inofensiva conducta naturalista de esos habitantes simples, esos añorados “hombres nuevos” que se han convertido en trabajadores anónimos y silenciosos.
Autos, planchas de zinc, muros de cemento, trajes de baño y ropas que no se notan. Son muy pocos los elementos industriales que aparecen. Es como si todo estuviera puesto por defecto. Lo mínimo. El resto es pura arquitectura lisa y llana en medio de parajes con bastante horizonte y follaje, donde todo parece igualmente natural por lo poco pretensioso de sus volúmenes parcos. No hay nada que no tenga que estar, nada artificioso, nada lúdico, no obstante son casi todas escenas que se confunden con el ocio. No hay adornos. La vanidad, el diseño y las pretensiones de la globalización quedan lejos. Son cuadros marcados por un realismo cotidiano pobre, fuera de las ínfulas de estéticas y televisivas del capitalismo.













