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@seaofprayersrpg
El cielo reclama y quiere llevarse a aquellos pecadores que no merecen el amor de su Dios… ¡Corre por tu vida!
Este nos llegó por privado en el foro y nos parece una genialidad, imposible no compartirlo con el resto de la comunidad.
El peligro no es único, son varios, y están desesperados por entrar con nuestros queridos habitantes.
De parte de Silas
El minutero se ha parado en el momento menos esperado, ha decidido que no va a vivir, que Micaiah merece morir. Que ese pecho que, insistentemente Silas empuja, no le devuelve empujón alguno. La voz de Zillah se escucha tras él, le pide que lo deje ya, que lo deje marchar, que ya no hay nada que hacer. El sollozo hiende el aire y hace eco en la herida punzante que asimila su pecho. Un dolor agudo, agónico, inconexo. Una agonía que lo destroza de igual manera que si una mano invisible penetrase en su carne, apartase a los molestos huesos, se colase sutilmente entre los músculos y apretase fuertemente su corazón. Un parpadeo y está en esa cocina de paredes blancas, tan limpias que uno puede reflejarse. Dos parpadeos y vuelve a esa disposición aberrante de lápidas sin retorno, con el césped recubriéndolas aquí y allá, con la maleza jugando a imponerse mientras la mano del hombre le dice que no, que existe un límite que no puede traspasar. La carcajada estalla hueca en su paladar y destroza el semblante de Silas para hacerle negar terminantemente con la cabeza. ¿Qué ella solo quiere evitar abrirle las heridas? Delilah desconoce que penetra en una sangradura que no ha recibido los cuidados adecuados, que sigue abierta porque nadie se ha tomado la molestia de aplicarle los puntos de sutura. Cuando ella habla de Micaiah la herida abierta borbota una sangre, densa y bermellón, que mancha a todo y a todos por igual. Silas no le ha exigido explicaciones de por qué trabaja para el diablo. De por qué ha vendido su alma y todas sus creencias para ayudar a los consumidores de la misma argamasa negruzca que extrae a diario el Leviatán. El armatoste metálico se atisba como una silueta lejana sobre el océano, despidiendo brillos blancos y sombras negras. Enmascara sus intenciones y sonríe con la virulencia del dramaturgo que emplea las dos caras encima del escenario. Juega con el pueblo, juega con el alcalde. Con el mismo alcalde que le ha dado el pasaje para regir el océano ignoto y someter a todos aquellos lugareños que viven del mar. Todo por dinero, dinero, dinero. El pescador no necesita explicación. Hay dos tipos de personas y serán juzgadas a su debido tiempo. Cuando llegue la cosecha, colocándolas a derecha e izquierda. Allí Dios estará listo para separar el trigo de la paja con su rastrillo. Luego limpiará la zona donde se trilla y juntará el trigo en su granero, pero quemará la paja en un fuego interminable. Un fuego devorador. Un fuego purgante. Un fuego manifiesto para nunca apagarse. Allí padecerá el necio que no se convirtió cuando la palabra llegó y tocó sus labios. —Yo no me rindo —espeta con exagerada brusquedad, herido en parte, molesto lo que resta. No quiere ni por un minúsculo instante que Delilah crea lo contrario. Vencido, sí. Derrotado, tal vez. Pero siempre preparado para el siguiente combate. Él no se despide, no tiene buenos modales y le da exactamente lo mismo quedar en buenos términos con la mujer. Pese a que una parte suya no cese de querer hacerlo a cómo dé lugar. En cambio se silencia, lamiéndose esas heridas que continúan abiertas a la espera de que comiencen a cicatrizar si gasta la saliva suficiente.
—Silas Godehard
¿Será verdad que el fuerte muere primero? Dejándole la tarea al débil, de fortificarse con el tiempo, para, cuando el momento escoja llamarlo, sea tan fuerte como el primero que murió. Es una teoría simple, estúpida y sutil. Un pensamiento más en la calma de un domingo de servicio, rodeado del eco moribundo de unos cadáveres en descomposición. Tan silente que hasta podría escucharse el movimiento de los gusanos, removiendo la tierra, para llegar al verdadero festín oculto tras la caja de madera. El cosquilleo nace una vez más, incómodo por un acercamiento que no comprende, que no asimila como bueno. Un intento de consuelo al uso que arranca desde lo más hondo de su garganta un gruñido cargado tanto de amenaza como de recelo. No va a caer en esa jugarreta de nuevo, no va a generar ese patrón por añoranza, por creer que el otro puede llegar a anidar bonanza. El ser humano es un animal con instintos, egoísta, cruel y violento. Todo lo que hace, tiene un interés individualista. Y, el hecho de que la mujer que lo acompaña tenga el mismo nombre que su madre, no va a cambiar su modo de actuar. Por muchas ganas que tenga de caer y revolcarse de nuevo en esa miel con sabor a hiel. —Pecas de paranoica, Walker. —Sus palabras contienen la carcajada que Silas retiene, esa risa hueca, sarcástica—. Pero adelante, di que lo mataron, que alguien fue el culpable. ¿Te crees que me chupo el dedo? —No había evidencias de asesinato. Todo apuntaba a un ataque de corazón, una parada en la hora más inesperada se lo llevó. No era incongruente porque Mica siempre había sido frágil… Mas los cuidados… Todos los medicamentos paliativos para evitar semejante desenlace… A la larga no sirvieron para nada. Por un momento vuelve, su cerebro recrea el instante anterior a encontrarse con el cádaver, esas huellas en la entrada que dejan sus botas, vomitan arena, agua y sal, dejan el rastro de la mar. La mano encuentra el picaporte y lo gira mientras el eco de su voz se escucha en lo alto, maldiciendo porque el inepto de Micaiah nunca cierra con llave. Las veces que presuntamente ha desaparecido la cubertería son contadas, siempre halladas en los límites de esa casa que se cae a pedazos. La voz de su hermana ríe tras su espalda, pidiéndole que no coja las llaves de la entrada, ni ese sacacorchos en forma de botella que están acostumbrados de ver en la nevera. Silas ha olvidado por qué ella lo acompañaba, solo que ese instante de dicha escala a extrañeza cuando atisba la pierna tras la mesa, saliendo de la isleta de la cocina. Ese pie lo llama con insolencia, lo bautiza con frío y miedo, y el pescador acude luchando entre creerse o no lo que parece. Tendido permanece, en una postura extraña que denota una caída mientras se agarra el pecho. Entonces se deja caer. Las rodillas encuentran el suelo, la oreja aguarda contra la boca entreabierta a oír la exhalación antes de apartar la mano e iniciar la RCP. «Bum, bum, bum.» Los pálpitos vuelven a trasladarse a sus oídos y el huraño marinero sacude su cabeza, apartando las telarañas de esos ademanes virulentos, de ese frío, de ese dolor crudo en el pecho, de esa tensión en el cuerpo. Nada de volver. Volver no sirve de nada. Solo para recordar, nuevamente, lo que ya no está. ¿Y si todo fue un engaño? No, no, no. ¿Y si estaba enfermo? No, no, no. Pero, ¿y si…? —Si no vas a decir nada que tenga sentido, hazte un puto favor, Walker y lárgate.
—Silas Godehard
Silas ofrece un encogimiento de hombros en respuesta. Lo conocido no es, bajo ninguna circunstancia, motivo para no desconfiar del prójimo. Las apariencias engañan al mejor ojo y el conocimiento de años y años puede quebrarse con la facilidad del papel. Solo hay que saber por dónde incidir para que la desconfianza crezca y el enfado se encienda y arrase con todo lo conocido. Sumiéndose en la traición, en el ansia de la venganza visceral del que creía conocer pero no conoce. El aliento escapa de su boca, de su garganta. Un portazo resuena en su cabeza, en su memoria. Una secuencia de gritos insolentes, de creencias que fueron rotas por una traición desmedida. El dolor ascendiendo en su pecho y arrasando los cimientos de una relación de hermandad. Una relación quebrada, rota, por una mentira. Como resultado quedan los muebles inservibles. El polvo en su vivienda. El primer piso deshabitado. Abandonado. Oculto. Perdido. Y nunca hallado. Se agacha para recoger otra de las latas inmerso en la tormenta de su pensamiento, aquejado por el impulso de destrozar el metal compacto en su mano. Otorga una mirada al menor, un cabeceo distante que no atiende a lo expuesto, como si admitiera que se ha levantado con el pie izquierdo, como si confirmase que está desaparecido. El tañido de la lata es escuchado y el monto de ladridos lo persigue. Draven rueda sobre la arena y desplaza, una vez más, su cola, con el vigor del que tiene energía para dar y tomar; pues la viuda, en su vejez, es incapaz de proveerle de esos escapes que el can necesita. Como un juego, el perro también recoge uno de tantos desperdicios y lo acerca a los pies de Xavier, moviendo su cola, aguardando a que le tire ese trozo de metal desconocido, que puede hacerle daño a sus mandíbulas si lo atrapa en el aire. Pero el perro no piensa, solo quiere divertirse y demostrarle a la desconfiada de Chloe, que es tan fuerte como para recoger ese juguete en el aire. Así va a ganarse su favor, con un riesgo desmedido. Pues para quién padece del corazón, todo peligro es bien recibido si sirve para acercarse una milésima al amor de su vida. —Mejor será que no le tires eso. —El pie se acerca a ese disco de metal desconocido, explicando a qué hace mención, mientras sus ojos rebuscan una rama entre la arena, un palo que tirar y con el que poder jugar. Algo que haga que el vigoroso Draven —que sigue saltando en espera del ademán—: se distraiga y enseñe sus dotes de atleta. Mientras la búsqueda del palo sigue llega a sus oídos la invitación. Pese a que Silas no es reacio al café, prefiere el té. Sobre todo para acompañar el humo de la pipa. No obstante no le hace ascos a ese mejunje negruzco —parecido al té negro, aunque muchos digan que no, que no lo es—. Con los tiempos que corren no está como para desmerecer un gesto de semejante bondad. —Está bien —declara y acepta el ofrecimiento. Da un asentimiento y vuelve a mirar a su alrededor. La neblina cae sutil y comienza a difuminarse el horizonte de buena mañana. El frío es suave pero insistente. No se aprecia tormenta pese a que los rastros de humedad inciden en que tarde o temprano va a llover—. Saints ya debe de estar abierto —añade poco después, rascándose el pecho, a la altura de las clavículas. Y, aunque lo sopesa, se dice que es temprano —demasiado temprano—: para pedir una cerveza.
—Silas Godehard
En medio de unos gruñidos malsonantes es encontrado el marinero, que se pregunta quién es el hediondo ser que dispersa la basura sobre la arena. Una basura que posteriormente es tragada por el océano y, finalmente, llega a sus redes para pescar plástico además de abundante pescado. Tsk. El gruñido sale expedido desde lo más hondo de su garganta. Una molestia que lo inunda todo, que lo penetra todo. Silas frunce su ceño y obliga a sus ojos a observar el panorama, buscando más pedazos de plástico, papel y vidrio entre los ilimitados granos de arena. —Dime que tú no te dedicas a tirar basura —responde al saludo del niño con otro gruñido cargado de molestia. Una molestia remanente de la que Xavier no es el autor ni causa, sino un espectador sobre el que incide como daño colateral. Mientras el pescador permanece activamente sumergido en una búsqueda sin parangón no se centra en Draven ni en Chloe. Ambos perros escapan de su radar pues lo que le importa a Silas es encontrar la basura y sacarla de la arena antes de que cumpla el ciclo y llegue a obstaculizar su trabajo. —¿Me has estado siguiendo? —interroga al menor y se desplaza, moviendo un poco de arena con el pie. Su tono lleva la misma rugosidad conocida, ese grave quebrado, esa caverna que se oye cada vez que Silas alza la voz. El tinte de enfado es cotidiano, un modo brusco habitual en su habla. Y, pese a ello, se aprecia apacible para quién, tras años de oírle, es capaz de discernir la diferencia entre uno y otro tono. Su altura descomunal y el chubasquero del que hace gala lo hacen reconocible desde la distancia, Silas, duda que el menor haya decidido seguirle. Sus suposiciones apuntan más bien a que lo buscaba, que quería encontrarle. El motivo que se esconde detrás de esa búsqueda es un misterio y el pescador no hace ademán de preguntar, agachándose para recoger otra lata de la arena. —¿Cuándo fue la última vez que Casey mandó limpiar la arena? —La queja es clara y su ceño se agrava, profundizando la arruga visible en su frente.
—Silas Godehard
Lo sentimos, Margareta. Fue un honor escucharte rezar por tu vida (?) (De Silas también)