Hace ya un buen tiempo que dejé de esperar cosas lindas de él, pero aún sueño con que llegue ese chico, ese de mis libros, ese que te lleva serenatas improvisadas, que inesperadamente te toma por la espalda y te levanta en el aire, que en su desesperación por dejar de estar mal saca lo máximo de su creatividad y mientras te sigue recolecta una flor, una piedra bonita, algo, que sepa que te gustará. Alguien que sepa decir las cosas de frente, en vez de callarse todo mientras te hace sentir culpable. Alguien que sepa darte tu lugar aún en las situaciones más estresantes y en las más difíciles, que es cuando se supone que más debe notarse su compromiso contigo, su entrega y sus promesas...
Llegará, confío en eso, porque como ya le he dicho a él alguna vez, ya no me parece que vayamos a ser para toda la vida. Ahora he vuelto a mi espera y mi búsqueda hiper paciente y callada de ese chico que por un momento creí que era él... y que ahora más que nunca estoy segura de que solo fue un espejismo porque él tampoco es.
Y me duele, y me molesto, pero después de media hora, cuando él ya no está, caigo lentamente de nuevo en cuenta, no le tengo que estar pidiendo cosas que no está acostumbrado a dar. No tengo que exigirle algo que ni siquiera le nace de ninguna forma. Y después de media hora de haber esperado estupideces, me levanto de nuevo, moviéndome con la pesadez de los que han sido humillados, me pongo mis tenis, y me salgo a caminar, que la tarde es linda, las nubes negras, la próxima noche se ve larga y el “amor” que le tenía, las decepciones y las tristezas no se van si no se les lleva a perder bien, pero bien lejos.








