Sleep Token - Gods
Observaba el horizonte, su mirada penetrante fija en el valle que alguna vez había sido testigo de innumerables batallas. La guerra, la destrucción y la desesperación eran sus compañeros constantes, sombras que nunca lo abandonaban. Los dioses, si es que existían, parecían haberle dado la espalda hace mucho tiempo. Él, era un náufrago en su propio destino, una figura imponente y solitaria en un mundo que no le ofrecía más que desolación. Desde joven, había conocido el poder y el sacrificio. Había visto a sus seres queridos caer y su clan ser destrozado por la interminable lucha. Su corazón se había endurecido, su alma se había vuelto fría. No había más riesgo para él, no más dientes con los que morder la vida, solo un vacío insaciable. Las caras sonrientes que alguna vez le rodearon se habían desvanecido, y él se encontraba solo una vez más, abrazando la soledad como un viejo amigo. No necesitaba hablar, no necesitaba discutir sus planes o sus miedos. La broma, si es que existía una, era para él. Se reía de la ironía de su propia existencia, de la crueldad del destino que le había hecho un instrumento de destrucción. Sangrar, en su caso, era una rutina. Sangraba tan bien, tan fácilmente. Cada batalla, cada enfrentamiento, era una danza con la muerte, una prueba más de su inmortalidad casi divina. La sensación del fuego celestial que él mismo había desatado, las llamas que esculpían la tierra y quemaban más allá de la superficie, era una adicción. El poder absoluto, la capacidad de destruir y crear con un simple movimiento de su mano, era su único consuelo. Pero, ¿le gustaba cómo se sentía? Esa era la pregunta que nunca podría responder honestamente. El fuego lo consumía tanto como consumía a sus enemigos. La destrucción que causaba también lo destruía a él, lentamente, desde dentro. Era un dios caído, un titán que caminaba entre mortales, llevando consigo la carga de un poder inconmensurable y una soledad eterna. Su destino era claro: seguir adelante, desafiando a los dioses y a los hombres, hasta que el fuego en su interior se apagara finalmente. Y mientras tanto, todo parecía tan fácil para él. Porque, al final del día, el dolor, la soledad y la destrucción eran sus compañeros más leales.












