Puerta cerrada
¿Alguna vez te conté que detesto las puertas entreabiertas? Recuerdo que desde temprana edad me causaban ansiedad. Supongo que es por la expectativa que generan, tal vez hay alguien detrás, aunque casi nunca lo hay.
En realidad, no se sabe con certeza si está entreabierta o entre-cerrada. ¿Alguien salió y no la cerró, o alguien silenciosamente la abrió y no ha podido (o querido, vaya uno a saber) salir?
En fin, con las puertas abiertas o cerradas, no me pasa. Pero estos son los pensamientos que aparecen en la madrugada. A momentos apareces vos. Por instantes en una imagen tan clara y otras apenas un bosquejo, pero sos vos.
A veces, te quedas unos segundos y otras, (mis favoritas) me acompañas en mi desvelo hasta que me pierdo en el sueño. Pero en otras ocasiones, me ves y deliberadamente te marchas y en esas terribles veces, me quedo con un vacío en el pecho. Un vacío tan complejo, porque está lleno de tanto que ojalá pudiera poner en palabras, pero en cambio se queda en suspiro.
Por eso, el día que decidas marcharte (ya sé, juras que no lo harás) por favor cierra la puerta, de golpe, sin regresar la vista. Cierra con llave y pierde la llave, por favor, no dejes la puerta entreabierta, porque si la dejas me voy a quedar con la vista colgada en esa puerta esperando verte regresar.
No te voy a pedir que te quedes (mi egoísmo no tiene ese alcance) pero por favor, cuando te vayas que sea con punto y final. Porque los finales abiertos o con puntos suspensivos son sólo una metáfora de la puerta entreabierta que desde siempre me atormenta.







