Me gustan las relaciones que no son solo besos y palabras lindas, sino que también sean risas, juegos, idioteces y sobrenombres… esas donde hay amistad, donde uno se siente un niño otra vez, sin parar de sonreír al saber que verá a la persona que lo hace sentirse mejor.
“Hay algo de mote en cualquier palabra: de sobre-nombre”, escribe Victoria García a porósito de los apodos que se usan en la vida política. Formas de identificación, de señalar al otro, de convertir el estigma en virtud. Todo mote tiene algo de reduccionismo pero además esconde relaciones sociales y políticas.
Por Victoria García
I.
Hay algo de mote en cualquier palabra: de sobre-nombre, denominación arbitraria y un poco ajena que reduce, aprisiona y opaca. En francés -notablemente-, “mot” es una de las formas de decir palabra. “Mot es justamente cuando ninguna palabra es pronunciada”, señalaba Lacan en La ética del psicoanálisis. Es que las palabras incluyen cierto mutismo. Se refieren a la cosa sin alcanzarla. Al mismo tiempo, son constitutivas. Necesarias. Inevitables.
En política las palabras, los motes, definen identificaciones de sí y caracterizaciones del adversario. Sustentan papeles en el juego político. Conforman jergas que refuerzan identidades colectivas. Establecen enemistades irreconciliables entre nosotros y ellos, así como marcan diferencias más o menos salvables entre nosotros y los otros -esos que no son enemigos pero, estrictamente, tampoco son camaradas-.
La cultura política argentina puede pensarse a partir de sus motes. Nombres y sobrenombres que sus actores generan y reproducen para afianzarse en los cimientos firmes de lo ya-dicho y lo ya construido. Motes que, no obstante, en distintos contextos pueden variar en forma y alcance. Especialmente cuando, como ocurre en estos días, las circunstancias llaman a entender lo nuevo -lo antes impensable-, a actualizar lo viejo y, eventualmente, a reorientarse.
II.
Para los peronistas, cualquiera que los critica desde la izquierda califica como trosko. No desconocen que en la Argentina no hay izquierda sino, en todo caso, izquierdas. Pero precisamente por eso recurren a una sola denominación: para reírse del plural, y porque las infinitas divisiones de la militancia anticapitalista -con cierta justicia- los superan[1]. Trosko, en ese sentido, introduce una doble reducción descalificadora: la que consiste en minimizar diferencias que para los izquierdistas son vitales, y la que reside en negar que la política de izquierdas tenga estatuto de teoría, doctrina o incluso de movimiento. El apelativo en cuestión, por eso, no podría ser trotskista, aunque remita a la doctrina de la revolución permanente ideada por el líder ruso homónimo. La supresión del sufijo del adjetivo original es casi un gesto de violencia simbólica que realiza la subestimación de dicha postura doctrinaria, su destrato como izquierdismo obstinado. Y así surge trosko, que es más tosco que trotskista -tiene menos vuelo que cualquiera de los -ismos que integran la izquierda-. En la misma línea, si a los peronistas los supera el eterno divisionismo de los partidos marxistas -como decíamos más arriba-, es también porque, frente a la izquierda, ellos se posicionan como “los superados”: mientras los izquierdistas desperdician su tiempo en discusiones estériles, los peronistas se ocupan de lo importante, esto es el poder y el gobierno, y si se agrandan es porque -a decir verdad- en tales planos de la historia política nacional han alcanzado un considerable éxito.
En tanto, para quienes se identifican con la(s) izquierda(s), las confusiones entre distintas tendencias del marxismo militante son expresiones de ignorancia y/o de deliberado ninguneo. Al peronismo le basta con recordar que los principales partidos de izquierda argentinos se opusieron al gobierno de Perón, apoyaron el golpe del 55 y justificaron los fusilamientos del 56. Para la izquierda, en cambio, es todo mucho más complejo. El peronismo polariza; la izquierda impugna tal polarización, multiplicando los debates y dilemas del campo popular, en los dichos y en los hechos. Es que hay toda una Historia de luchas, extensa e intrincada, y no solo argentina sino internacional, en la que se arraigan las identidades particulares de los partidos de izquierda. El peronismo tendrá poder pero la izquierda tiene historia, desde Lenin hasta Chávez y desde el subcomandante Marcos hasta Podemos. El peronismo podrá jactarse de ser un fenómeno político característicamente argentino y hasta único en el mundo. Para la izquierda, en cambio, es motivo de orgullo que su ámbito de incumbencia no sea el país sino el capitalismo global, o sea el mundo entero.
Cada uno recurre, para legitimarse, al capital político que puede. En definitiva, como dijo alguna vez Perón, es por una misma clientela que compiten el peronismo y la izquierda[2]. En esa línea, la jerga política nacional provee un apelativo similar a trosko: peroncho, que condensa la descalificación al peronismo por su afición al poder y por el desapego respecto de las formas institucionales que aquella conlleva -clientelismo, personalismo, autoritarismo, etcétera-. Peroncho, no obstante, suena gorila incluso pronunciado desde la izquierda. El mismo peronismo se lo ha apropiado volviendo positivas sus connotaciones, como ocurrió desde el mismo origen del fenómeno peronista con otros términos de cuño liberal y uso despectivo, que pasaron a formar parte de su léxico: “descamisado”, “barbarie”, “grasa”, “montoneros”. Una canción de la joven organización La Cámpora recurre al término peroncho para resumir el orgullo peronista, actualizado como lealtad hacia sus líderes post 2001, Néstor y Cristina Kirchner: “Peroncho siempre, nunca me voy a olvidar/ Cuando bajaste los cuadros / todo empezó a cambiar…”. En cambio, que un militante de izquierda incluso siendo trotskista se refiera a sí mismo como trosko, es inusual (cuando ocurre, suena menos a henchido orgullo que a autoestigmatización terca). En política, para reírse del que se ríe de uno, en gesto un poco sobrador, se necesita haber saboreado el triunfo, esto es, tener motivos para el alarde jocoso, para la alegría y para el festejo.
III.
Mientras tanto, la derecha -que en estos días goza del patrimonio de la alegría y del festejo del triunfo- es una sola y se dice en singular. No la acompleja la memoria de las tradiciones políticas que apuntala la diversificación del campo popular. Aunque integre matices ideológicos y grupos sociales y políticos diversos, esas diferencias resultan desdeñables cuando se trata de abroquelarse en pos de la reproducción del capital y, en ese sentido, de evitar el avance de la movilización social, sea esta del signo político que sea. De hecho, todas las militancias populares son todas más o menos iguales para la derecha, que aplica la misma lógica unitaria que colabora a su hegemonía, al análisis de sus adversarios y al combate contra ellos. No habría que confundir dicha postura con el desdén peronista frente las divisiones de la izquierda, cuyo fundamento en definitiva es el reproche de por qué, si los troskos buscan el cambio social, no admiten la afinidad de las masas con el peronismo y se vuelven peronistas de una vez. La asimilación derechosa del peronismo y la izquierda deriva, más bien, de considerarlos como parte de una sola amenaza para la conservación del statu quo que favorece a la derecha. Antes se los denominaba “subversivos”, ahora más sencillamente se los llama “militantes”. En efecto, desde el punto de vista diacrónico sí existen las derechas -en plural-, por cómo han mutado para reajustar sus métodos. La nueva derecha de hoy tiene, en esa línea, un particular cinismo new age. Construye un lenguaje político cuyas pretensiones de apolítico sirven para naturalizar no solo ciertos sentidos y prácticas sino también el lugar de poder de quienes lo profieren. La figura del militante, desde esa perspectiva, es central. La evidente politicidad de su significado denotativo contrasta con la aparente apoliticidad de quienes corporizan la enunciación: sujetos en buena parte ajenos a la política, cuya experiencia exitosa en el ámbito empresarial vendría a aportar eficiencia, austeridad y orden a un Estado desvencijado, vapuleado por su politización autoritaria. El PRO instala una mirada “limpia” de la militancia. Una pose “neutral” destinada precisamente a neutralizarla. Una desideologización violenta -brutal como la persecución política y la represión institucionalizada de la protesta-, llevada adelante a cara de piedra.
IV.
Después del balotaje que llevó a la presidencia a Mauricio Macri, Esperanza Aguirre, líder del Partido Popular de Madrid, escribió en Twitter que el triunfo de Cambiemos representaba “el fin del comunismo en Argentina”. Luego adujo un error de su equipo de prensa y se corrigió, “el fin del populismo”. La confusión fue blanco de burlas y bromas. Pero quizás haya que tomarla más en serio. Quizás izquierda y peronismo deban confundirse un poco frente a la nueva derecha: moderar el orgullo, admitir que ningún capital político evitó que esta vez perdiéramos, abrir debates más allá del chiste interno y habilitar nuevos puntos de encuentro. Quizás, para perseguir la unión y la fuerza de identidades políticas diferentes, tengan que sopesarse no solo esencias sino también circunstancias. No solo causas -fundamentos de la acción política- sino también consecuencias. No solo principios -y principismos-, sino también efectos.
[1] A los fines de esta nota, “peronismo” y “peronistas” funcionan como términos abstrusos, de difícil definición, cuyo significado, sin embargo, todos conocemos. Cuando se habla de ellos, al mismo tiempo se remite al kirchnerismo, aunque se admita que los dos conceptos no pueden presuponerse como idénticos. Incluso cierta izquierda se acercaría al peronismo cuando ella misma practica la crítica al trosko. Las posiciones de las organizaciones de izquierda frente al último balotaje presidencial, divididas entre quienes llamaron a votar contra Macri al FPV y quienes militaron el voto en blanco, resultan ilustrativas a ese respecto.
[2][2] Tomás Eloy Martínez (1996), Las memorias del General. Buenos Aires: Planeta, página 53.
Cuando estaba en la secundaria mis amigos me llamaban "Centavito", empezó como un manera de hacer mofa de mi aspecto, el apodo al principio no me gustaba, pero poco después lo acepté y se volvió parte de mi identidad al menos durante mi estancia en la Técnica 5. En el salon obviamente teníamos sobrenombres para casi todos los del grupo "I" de electrónica. El Huevo, El Perro, El Gringo, El Florecita, El pitayo. Los apodos estaban diseñados para hacer burla de alguna característica física, infantilizar, afeminar o en general hacer sentir mal al portador.
Sin embargo, aunque los apodos puedan parecer tontos y superficiales son una manera fascinante de interacción casi exclusivamente entre hombres. De entrada los apodos sirven para diferenciar a los que son miembros de un grupo y a los que están fuera. Ayudan a crear un lenguaje especial y a formar una identidad exclusiva entre sus miembros. Al recibir un apodo te vuelves parte de la "familia". Una de las reglas no escritas de los sobrenombres es que solo los miembros del grupo pueden llamar a los otros usando su apodo. Un extraño, Incluso si conoce el apelativo de alguien, no se atrevería a usarlo sin causarle ofensa, puede obtener desde una mirada fría, un "Que traes tú?" o de plano recibir un puñetazo; ese es un privilegio reservado solo para los cuates.
Lo interesante de los sobrenombres es que son dados cuando el nuevo miembro se comienza a acercar al grupo, los otros aun no saben que pueden esperar de él y le ponen un apodo para tantear al nuevo miembro, si este acepta el mote insultante de buena gana, esto indica que se puede confiar en él. El nuevo miembro debe entender que no hay mala intención detrás del sobrenombre que en otro contexto seria un insulto, si el miembro es capaz de aceptarlo, se integrará mas con el grupo, es como una especie de prueba, por eso los apodos entre grupos de amigos, a pesar de parecer insultos, son en realidad títulos honoríficos que demuestran que el hombre ha sido aceptado por los otros. Si al contrario, alguien no acepta su apodo y dice -"Me llamo Joaquin, no me digan "El Repollo"- muestra que no confía en los demás y por lo tanto no se puede integrar completamente al grupo.
Más adelante, la preparatoria también fue una época rica en nuevos apodos entre los recién llegados al CBTis 65, Ahí recibí inicialmente el mote de "Bahia" haciendo referencia a un jugador de futbol de la época de cabellera china y sin forma, muy similar a la que yo usaba en ese tiempo. En la mayoría los casos los apodos de esta época se basaban en características físicas, particularmente las poco agraciadas, de esa etapa salieron apodos como Ardilla (por los protuberantes dientes incisivos), Moco (por lo ojos verdes o por constantemente limpiarse la nariz, ¿Quién puede estar seguro?), Tafirul (por el prominente trasero), Chori (mexicanización de Shorty, chaparro) y una multitud más, muchos de ellos originalmente otorgados por un maestro de inglés de infame memoria al que apodábamos, si claro, "El Naco".
Los sobrenombres basados en las características físicas tienen la función de fomentar la camaradería al evocar un risa por el contraste con formas mas formales de dirigirse a alguien, y por que muchas veces pueden ser muy graciosos. Además el uso de partes del cuerpo poco agraciadas para apodos indica el indiscutible carácter masculino del grupo, es difícil imaginar un grupo de mujeres llamándose "Narizona", "Nalgotas" "La Aspirina" etc., sin que se sintieran ofendidas. Pero las partes del cuerpo no son el único origen de los apodos, las fuentes de inspiración son infinitas, como "La chingadera", "El Checillo", "El Kisifur", y muchas veces inescrutables, por qué a una amigo de la secundaria lo apodábamos "La Garnacha", nunca lo sabré.
En cierta ocasión junto con algunos amigos de la preparatoria fuimos a la playa, donde decidimos asolearnos después de un rato de estar nadando en el mar. Usaba yo un traje de baño con los colores de la bandera brasileña tal vez un poco mas ajustado de lo debido y un trio de turista americanas que pasaban por ahi quedaron gratamente impresionadas por lo que vieron, lo que causó que mis compañeros me otorgaran el mote de Viril que sustituyó al de Bahia inicialmente otorgado, en parte también por que empecé a usar el cabello corto.
Una vez que se ha establecido un apodo, sirve para probar continuamente y reforzar los lazos entre los miembros del grupo. Todos hemos usado o visto a otros usar un lenguaje derogatorio para saludar a algún amigo - ¿Que onda, Puto?-. Lo que puede parecer a otros una manera paradójica de demostrar amistad, es en realidad una manera entre hombres de probar su cercanía. Un hombre saludará con un insulto solo a sus mejores amigos, si por ejemplo en el caso anterior un saludo de -¿Que onda, puto?, generara una respuesta negativa, como - ¿A quien le dices puto, pendejo?-, esto es un indicio de que algo anda mal en esa relación. De la misma manera los sobrenombres son una constante prueba de que los lazos entre un grupo de amigos siguen intactos. Es precisamente por esta función que los apodos no pueden ser puestos por uno mismo, los sobrenombres deben ser otorgados por los compañeros, intentar inventarse un alias para uno mismo es visto como un intento de obtener un privilegio sin habérselo ganado.
Una vez que llegué a la universidad recibí mi último apodo, justamente dentro del grupo de los que escribíamos el periódico escolar "Criterio", pero solo de parte de un miembro, El Choche es la única persona en el mundo que me llama "Gnomo". A partir de ahí para las personas que conocí después fui: Carlos, Carlitos y Charlie para uno que otro mamila. Ahora en el mundo profesional a veces me dicen Doctor, Doc, Ingeniero y hasta a veces tienen el descaro de llamarme Licenciado, pero esos ya son formas generales de dirigirse a alguien que no apodos.
Uno puede tener un apodo publico que le dure para siempre, ir cambiando de mote en mote conforme va cursando las diferentes etapas de la vida o incluso tener un sobrenombre que solo los mas cercanos o a veces solo una persona conoce. Lo cierto es que conforme uno va creciendo y va formando cada vez menos parte de grupos cercanos y unidos, los apodos también van desapareciendo y cada vez es más difícil convertirse en un Centavito o en un Virilillo.
¿Porque la sociedad se encarga de etiquetar a a las personas? Las personas se encargan de ponerles sobrenombres a las personas que no se han tomado el tiempo de conocerlas. Hay personas que se merecen otra forma para llamarlas algo asi como los doctores, ellos son Heroes. Pero otros dicen ser politicos pero solo estan sentados todo el dia (¿que no tienen hemorroides?). -HASHA.