Me conmoví desde el primer instante. El sonido de sus pies pisando la madera del teatro que se anteponía ante él era el anuncio del inicio de una gran noche. Al instante que el telón abrió hubo silencio, no se escuchaba nada salvo el roce de su abrigo al abrir sus brazos para disponerse ante el público hambriento y muerto de sed por el comienzo de la destrucción del piano Steinway & Sons.
Su cuerpo se movió con cautela sobre el escenario hasta llegar la pequeña banqueta frente al piano. Para ese instante ya tenía la vista empañada y la piel erizada. Tocó la primera tecla y el mundo se descompuso para volverse a construir.
Los colombianos no conocemos el silencio y cada dos minutos se escuchaba el estornudo, carraspeo o sorbo a diferentes lados de la sala. Sin embargo Sofiane Pamart parecía sordo ante los sonidos que tenían alguna frecuencia más allá de su extensión musical. Bastaba con observarlo unos segundos para notar que su cuerpo, su mente y su espíritu se contenía entre el espacio de sus dedos y las teclas. Aquella escena conmovería a cualquiera que tuviese un corazón entre el pecho y la espalda.
El aura que envolvía el cuerpo de Sofiane no era reflejo de las luces que lo enfocaban en el escenario sino del amor, la ira y emoción que recorrían su cuerpo melodía tras melodía. La transición entre canciones como Love hasta Medellín hacían vibrar su cuerpo con una agresividad casi idéntica a la de un depredador animal que acaba de cazar tras meses de hambruna. No había una sola nota con margen de error, ni siquiera cuando improvisaba para hacer la conexión entre una partitura y la otra, todo parecía perfecto, estético, incluso el azar que parecía prescrito entre sus blancos dedos.
No hubo palabras para describir la velada, literalmente no hubo una sola frase compuesta entre el público y el pianista francés que se pronunciara, bastaba con sus manos para comunicarse con el público y nosotros, entre aplausos y risas, logramos pedirle una última canción más para terminar de envolver los cuerpos de los burgueses y fríos bogotanos en un abrazo musical.
La garganta me quedó reseca de tanto tener el corazón en el cuello, el pecho aplastado y los ojos cansados de tantas lágrimas contenidas. No satisfecha con el show decidí hacer la fila para conocerle, hablar con él y, de paso, tener una fotografía juntos. Ese instante terminó de matarme, solo podía sentir arcadas de alegría y recordé teniéndolo justo al lado que lo que sentía era los mismo que pensé cuando vi sus manos moverse en la canción de apertura: "es como si vomitara música". Solo que yo vomitaba todo menos música.