El mástil que me atraviesa
¿Qué tengo que hacer para dejar de sentir que soy la verga de un barco sin tripulantes, a la deriva?
Estoy, soy inerte, inmóvil, desafectada, solitaria, erguida, masculina. Y yo solo deseo derramarme sobre mí misma.
Deseo el roce de la muerte, de la celebración del aleteo sobre la dura coraza violentada del cedro.
Resiento no poder sacudirme con la brisa y mi deber de sostener la estructura anfibia.
Profeso un destino, un plan vertical para los seres que me visitan laboriosamente. Sostengo las almas que se aferran al paso del sentido, al orden del plano. Pasan las olas, las brumas cristalinas, los silencios por mí. Yo no las contengo, soy contenido por su inmensidad caliente, dolorosa. La cobertura del momento entero en mí. La cáscara materna.
No deseo porque no tengo poros, lo que suda mi cuerpo no habla de mis fluidos. No contiene mis grasas y excreciones, ni mis indiscreciones.
Quiero saberme nadadora, fluyente, afluente del mar oscuro. Quiero poder constatar con mis yemas la infinitud del fondo. Quiero sentir que me ahogo, que me deshago en el cuerpo del agua, y tener tanto miedo que mis vísceras se riegan Quiero morirme con mi carne, podrida, inflada de tanto flotar. Comida de tnato andar.
¡Cuándo podré saltar de este puente y destrozar mi casa?
Los hilos del deber que me encierran en esta tarea de estructura del bote no son otros que los pelos que podrían resistir en el agua en mi brazada para nadar.
¿Cómo transitarme hacia el uso de mi cadena? ¿Cómo desentumecer mi cuerpo de madera? ¿Cuándo abordaré este remolino que me convoca?











