Una mancha en la baldosa.
Entré por la puerta detrás de Ethan. Como nunca ambos conservamos las zapatillas puestas, y eso debe ser porque mamá hoy no nos espera en la sala de estar del primer piso. La casa parece abandonada, vacía, lo cual no es raro, porque los últimos meses cada vez que llegamos a casa mamá se encuentra dormida.
Camino hasta la cocina y el suelo de madera cruje bajo mis pies, haciendo un sonido agudo que me hace apretar los dientes. Observo el reloj analógico de la pared, y noto que son las tres y treinta y tres minutos con exactitud. Acabamos de llegar del colegio, y sé que tengo hambre porque me cruje el estómago en cuanto veo un par de frutas podridas en el frutero. Yo tomo asiento primero en uno de los taburetes que se encuentran en la cocina, y Ethan se sienta después.
Dejo mi mochila contra la pared. Todos dicen que él y yo no nos parecemos, mi mochila es gris y tiene bordes rectos junto a un bolsillo delantero que siempre cierro bien, mientras que la de Ethan es una mochila negra con unos parches mal cocidos que encontró en algún cajón. Mientras la mochila de mi hermano se ve desgastada y vieja, la mía se ve limpia. Todas las semanas, pese a que el género ya está viejo, la limpio con un trapo húmedo y le vuelvo a colgar el llavero rojo en uno de los costados de la cremallera. Mi mochila se mantiene alineada con la baldosa, pero la de Ethan cae torcida, con las correas enredadas y un cuaderno asomado por una esquina.
Él resopla por la nariz, fuerte, siempre como lo hace cuando está inquieto y se levanta por un vaso de leche. Toma la caja esperanzada entre sus brazos, pero al sacar la lengua para dejar caer un par de gotas, se encuentra más bien con una caja vacía.
—¡Mierda! —gruñó Ethan, frustrado.
Lo miré, arqueando una ceja.
—Ethan —dije, con firmeza, cruzando los brazos—, mamá, te ha dicho que no digas eso. Es una palabra muy mala.
Él frunció el ceño y, sin inmutarse, replicó:
—Pero ella la dice todo el tiempo.
—Sí, pero ella es mayor, ella puede decirla. —añadí y volví a concentrarme en el minutero del reloj.
Un, dos, tres. Siempre cuento hasta diez cuando llego a casa, diez al irme directo a la cocina. Y retomo otra vez desde mi posición porque cuando no lo hago siento que algo malo puede suceder. Un, dos, tres, cuatro. Ethan se saca la chaqueta, y el roce de la tela hace un ruido que me raspa los oídos, así que inquieta logro taparlo con mis manos mientras miro al suelo.
—Lo siento, no sabía que ese ruido te molestaba.
—No pasa nada —respondí. Y noto una mancha de barro en la baldosa, pequeña y redonda, entonces me concentro y comienzo a contar los bordes irregulares —uno, dos, tres, cuatro.
—Tengo hambre.
Ethan me vuelve a desconcentrar, así que tengo que volver a empezar.
—Voy a ir a buscar a mamá.
No le contesto, miro la mancha un segundo más, porque me gusta saber cuantos lados tiene, pero él, ya va subiendo las escaleras. Y sé qué mamá me ha dicho que tengo que seguirlo así yo no quiera. Subo despacio pisando los escalones en el centro exacto porque los bordes me generan una sensación rara en los pies.
Hay una botella de plástico vacía en el pasillo, de plástico trasparente, y un bote de pastillas volcadas. Unas blancas, otras rosadas desperdigadas como cuentas rotas y cuento todas las que veo. Cinco, seis, hasta que pateo la botella sin querer y rueda contra la pared. Cierro los ojos, porque ese ruido de pronto se volvió demasiado fuerte.
Ethan empuja la puerta del cuarto con el hombro y yo me quedo detrás mirando el marco y las astillas de madera que se dejan ver como pequeñas agujas en la puerta. Entro despacio y mamá duerme profundo tumbada de lado con el pelo desparramado. Su mano cuelga fuera de la sábana y en las arrugas que se forman como crestas, me pongo a contar: uno, dos, tres. Hasta que me dispongo a mirarla, no duerme, sus ojos están abiertos y mirando la pared. No parpadea, pero hay un hilo de espuma seca en la comisura de su boca. Mi corazón late rápido, porque sé qué mamá a esta hora duerme, pero con los ojos cerrados. Así que cuento los mechones de pelo desparramado: cuatro, cinco, y seis.
Un olor dulce, o más bien podrido, llena el cuarto.
—¿Mamá? —preguntó el castaño con recelo.
Me tapo los oídos porque por un segundo no me gusta como su voz aguda suena.
Ethan se acerca a la cama, y sus pasos hacen dos ruidos sordos, dos porque los conté. A Ethan se le pone la cara roja y respira fuerte antes de devolver la mirada hacia mí. Yo sigo distraída ahora contando las vetas de la madera en la cruz de la pared.
Sé que Ethan quiere decirme algo, pero no me lo dice. Sabe que yo no lloro como los otros niños, y que muchas veces todo lo que hago no suele encajar, así que me mira con la boca cerrada para protegerme de lo que él acaba de entender. Respira corto y conciso, y veo como sus manos tiemblan. Sus ojos están húmedos y sé que quiere llorar, pero se lo guarda, se lo guarda como todo lo que siente cuando yo estoy cerca, pero realmente yo sigo contando. Ahora veo las uñas pintadas de rojo y cuento las que están desconchadas: uno, dos y tres. Pienso en que ayer me dijo que me lavara los dientes, así que salgo de la habitación.
—Cora.
—Mmhm. —respondo, con la boca llena de dentífrico mientras me cepillo los dientes.
—Tenemos que irnos —dice. Su voz sale baja, ronca, como si le costara sacarla y me mira otra vez.
Escupo el resto de pasta dental y me enjuago la boca para seguirlo. Vuelvo a bajar las escaleras pisando el centro y al llegar a la planta baja observo nuevamente la mancha de barro en la baldosa de la cocina, mi mochila alineada y la de Ethan desparramada, pero esa imagen se borra pronto cuando él toma las dos. Una en cada hombro. Yo no haría eso, a mí me gusta que las correas estén rectas y el peso se distribuya parejo. Abre la puerta que da hacia la calle y caminamos fuera de casa hasta alcanzar la acera.
Miro el cielo y las nubes grises amenazan con un poco de lluvia. Ethan apresura el paso, pero yo me dedico a no pisar las líneas, y me pongo a contar: una, dos, tres. Mientras caminamos rápido, un trueno lejano retumba. Ethan me toma de la mano y lo siento con los hombros tensos. No hablamos en el camino, porque él no quiso hablar conmigo. Solo se pasa el dorso de la mano un par de veces por los ojos sin nada más que decir. No sé a donde vamos, hasta que la estación de policía se pone frente a mí. Sé que ahí trabaja Jon, el amigo de mamá, aunque varias veces he escuchado a Ethan decir «¿Por qué es que no nos quiere papá?», yo no sabía que él era papá, al menos a mí jamás me lo dijeron. Cuento las puntas de las estrellas del mostrador: uno, dos. Y escucho a Ethan que apenas se ve delante del mismo hablar con una señora que lleva cara de bulldog.
—Queremos ver a Jon. —No dice “papá”, solo “Jon”, y su voz tiembla un poco al final, pero al comienzo se siente exigente.
Yo no digo nada. Solo cuento, y miro las baldosas. Pienso en las pastillas desparramadas en el piso, y olvido exactamente cuantas conté. Jaló el jersey de Ethan para que me mire, y él fija sus ojos en mí.
—Ethan, ¿Cuántas pastillas fue que vi?














