Eleonor Pierce.
Todos los dĂas inicio mi rutina sin falta a las 05:00 de la mañana. El reloj marca con precisiĂłn la hora, aunque primero desactivo dos alarmas anteriores a las 4:45 y a las 4:55. No me permito dormir demasiado, o eso definitivamente me llevarĂa al insomnio inmediato cuando caiga la noche —o al menos de eso me intento convencer—. Cada vez que despierto no observo las redes sociales, es más, creo que no tengo. Ethan siempre me han dicho que son peligrosas y he preferido apartarme del resto. Lo primero que hago al tomar el mĂłvil es observar la fecha, para probablemente repetĂrmela en el transcurso del dĂa: Jueves 20 de marzo del 2025.
Luego, dejĂł caer por al menos diez minutos una estera en el suelo y me siento en ella para estirarme. Me estiro lo suficiente hasta que mis articulaciones hacen cric-crac. Justo ahĂ sĂ© que ha sido suficiente y es momento de levantarme. DejĂł perfectamente enrollada la estera, y camino hacia la ducha: para mi suerte tengo un baño en la habitaciĂłn. Me preparo para comenzar el dĂa, con ropa ligera, los dĂas viernes son los Ăşnicos que no tengo que ir al periĂłdico ni tampoco imparto clases en la universidad. Eso debe ser porque escritura periodĂstica no tiene muchos dĂas en la malla curricular. Y aunque me han ofrecido otras asignaturas, me siento incrĂ©dula a la hora de sentirme capaz. Salgo del cuarto de baño con una toalla en el cabello mojado para no sentir la textura hĂşmeda en mi ropa, me coloco calcetines —negros— para andar con ellos en el departamento con toda libertad.
Al entrar al salĂłn observo la silueta de Ethan desparramado sobre el sofá, roncando con la boca abierta y su portátil abierto sobre el pecho con dos cables enredados en el brazo. Se habĂa pasado la noche entera hackeando otra vez. Pero tenerlo en casa me hace sentir menos sola y más comprendida. Me divorciĂ© hace seis meses de Billy y solo puedo pensar en mi vida antes, como surgiĂł la maternidad y como se fue entre mis dedos tambiĂ©n. Mi hermano se mudĂł conmigo hace tres meses, eso quiere decir que perdĂ la mĂnima cordura por tres meses donde me neguĂ© por completo a limpiar el departamento. AbandonĂ© la terapia como cualquier adulto funcional bajo la excusa de que no estaba loca —y porque no querĂa volver a ver a Marcus jamás—. SĂ© que Ă©l dice que se mudĂł conmigo porque estaba cansado de estar solo, pero Ă©l se mudĂł conmigo para saber como llevaba lo de Williams, y el pequeño que cuando me ve suele decirme mamá. Aunque de alguna forma, no logro conectarme a Ă©l y eso me genera una profunda tristeza.
Yo soy quien lo ve dos veces a la semana, y Williams quien se encarga del resto, y es mucho decir, porque las mediaciones para llegar a ello casi me dejan en la ruina. A veces lo veo un poco más, porque Ethan no pierde contacto alguno con su sobrino, y de vez en cuando, cuándo lo lleva a pasear, me lo lleva a la universidad. Y es que a Ethan aún le emociona que su nombre, sea el segundo de mi hijo, cuando nació de inmediato lo fue a ver, y cuando se encontró con ese nombre en el cunero casi rompe en llanto.
"Atlas Ethan Sloane".
Suspiro. No me queda nada más que suspirar cuando recuerdo mi vida hace un año. No es que cuando naciera Atlas, nuestro matrimonio con Billy tuviera arreglo, yo ya coleccionaba un par de errores, y Ă©l se habĂa sumergido a tiempo completo en el trabajo para no verme. AsĂ que considerándolo asĂ, llevo muchĂsimo tiempo más sola. Aunque ahora con Ethan aquĂ, siento esa media compañĂa, aunque su desorden me crispe los nervios.
Noto el crujir del sofá de cuerpo, y me volteó a ver a Ethan quien abre perezoso un ojo.
—Dime que estás haciendo café —gruñó, con la voz ronca aún adormilada—. Ayer sucedió algo en la empresa y me dormà a eso de las seis. ¿Qué hora es?
—Las siete. Es tarde para mĂ, pero me distraje pensando —respondĂ—. He estado extrañando un poco a Atlas —suspirĂ©.
—Mañana viene a casa, ¿no es as�
—SĂ, asĂ que no te vayas de fiesta ni traigas amigas, por favor.
—Hecho. ¿Entonces me vas a dar de tu preciado café?
Casi era un trueque. SaquĂ© la V60 del armario, la de cerámica blanca con el borde liso que compre porque me gusta mucho ver como el cafĂ© se extrae mediante un goteo casi lento. Coloco el filtro de papel en el cono, y lo enjuago con el agua caliente de la tetera elĂ©ctrica, contando los segundos mientras cae para quitarle el sabor a papel. Lo dejo sobre el recipiente que recibe el cafĂ© para luego repartirlo en dos tazas por igual. Utilizo una proporciĂłn de dos es a treinta para la molienda del cafĂ©. Lo vierto por sobre el filtro de papel, y comienzo a echar el agua vertiĂ©ndola en cĂrculos lentos sobre la molienda. Los granos se hinchan y el lĂquido oscuro comienza a gotear. Me gusta el control, el ritmo, todo encaja si lo mido bien.
Ethan gruñe desde el sofá, un sonido bajo y gutural. Se da la vuelta y hace un estruendo tirando el portátil al suelo con un golpe sordo.
—Mierda —murmura, medio dormido y yo frunzo el ceño, pero no le digo nada. Está tan cansado que de la nada se habĂa vuelto a dormir.
Cuando el cafĂ© termina de filtrarse, retiro la V60 y lleno dos tazas iguales hasta dos centĂmetros del borde, porque más se derrama y menos no es suficiente. El olor a cafĂ© invade el departamento, con un clásico olor fuerte, y terroso. Dejo mi taza en el comedor, y a Ethan lo despierto para que tome un poco de cafĂ©.
—TĂłmate la taza y te vas a acostar a tu habitaciĂłn —añadĂ extendiendo la taza de cafĂ©. Me devolvĂ a mi puesto de trabajo, y lo vi levantarse casi mareado. Iba directo a la tostadora. Yo hacĂa el cafĂ© y Ă©l hacĂa el pan. Como dos mellizos extremadamente funcionales.
Él me deja un platillo con tostadas, mientras yo ordeno los archivos desparramados en la pantalla como un rompecabezas que no me termina de encajar. Me siento con las piernas cruzadas en la silla y analizo el titular del expediente que descargué anoche.
"El caso de Eleonor Price". Cerrado por el FBI en diciembre del 2023. Eleonor Price era una mujer de treinta y cuatro años a quien encontraron muerta en su casa en Salem, a una hora de aquĂ. Con un disparo en la cabeza y ninguna huella. No habĂa arma homicida y tampoco ningĂşn sospechoso. El FBI descartĂł cualquier intento de asesinato y lo declararon como suicidio. ÂżPero como alguien se suicidarĂa si no tiene un arma del calibre exacto para hacerlo? El esposo tenĂa coartada, habĂa salido de Salem hace un mes por cuestiones de trabajo, y su mejor amiga la habĂa visto esa misma tarde antes de lo sucedido. El FBI archivĂł el caso en menos de seis meses, pero hay algo que yo no me compro. SĂ© cĂłmo funciona, el padre de Atlas es uno de ellos, y definitivamente a veces no siguen investigando porque tienen mucho que perder.
RevisĂ© las imágenes dándole un sorbo a mi cafĂ©. En las fotografĂas del informe se veĂa la puerta trasera abierta pero no forzada. Vuelvo a beber otro sorbo de cafĂ©, caliente y siento que se me queman las papilas un poco, pero no me importa. Abro el archivo de la autopsia y cuento el nĂşmero de páginas —un, dos, tres— y me detengo en la descripciĂłn de la trayectoria de la bala, sin un ángulo extraño, ni tan alto para ser autoinfringido. En el centro se encuentra la fotografĂa de Eleonor Pierce.
Siento a Ethan en mi espalda y por mi izquierda desliza el platillo de tostadas con mantequilla. Se sienta a mi lado con el pelo revuelto y los ojos aún entrecerrados. Toma su taza azul que tiene una grieta y que se niega a tirar porque le tiene cariño. Se sirve un poco más de café y me pregunto que habrá hecho con la taza anterior.
—Huele bien —confiesa, mientras se sirve un poco del termo que dejé al lado, desparramando café en la mesa. Siempre hace un desastre, y cuando lo miro, solo encoge los hombros al instante.
—¿Preparas la clase para la universidad? —pregunta, inclinándose para mirar la pantalla del ordenador—. ¡Coño! ¿Pero qué estás viendo? —gruñó Ethan con desagrado.
—El caso que te pedĂ el otro dĂa, el de la chica de Salem.
—¿Y a ti te agrada comer con la foto de una mujer con esa perforación en el cráneo?
—¿A ti te gusta ser gilipollas? Ella tenĂa familia, un hijo. ÂżY si hubiese sido yo? ÂżNo te interesarĂa saber?
Ethan guardĂł silencio.
—¿En qué te ayudo?
Exactamente, a esa pregunta querĂa llegar. Yo podĂa acceder con un par de contactos al informe básico, pero cuando por arte de magia desaparecĂan un par de hojas de las autopsias, Ethan estaba ahĂ para mĂ. Con sus dedos detrás del ordenador, y una pizca de ilegalidad, podĂa conseguirlas para mĂ.
—La autopsia dice seis páginas, y solo hay tres —dije.
—Coraline, ya te he dicho que no puedo seguir haciendo eso —suspiró—. Me pueden arrestar.
—Te irĂa a ver a la cárcel y te llevarĂa tus caramelos favoritos.
—¿Es una broma? —dijo, exaltado.
—IntentarĂa sacarte, claro que sĂ, pero por favor, ayĂşdame.
El resopla, un sonido que casi me raspa los oĂdos. Y mueve la silla de manera estruendosa.
—Siempre dices eso, Cory —dice, y toma otro sorbo de cafĂ©, demasiado ruidooso. —Pero te vas a obsesionar otra vez, tienes un cuarto lleno de documentos de casos sin resolver. Me prometiste que dejarĂas el blog.
—Shhhh. No lo digas en voz alta, sabes que nadie puede saberlo.
—Billy te dijo también que te alejaras de esto.
—Billy pensaba que era para el periódico y asà se va a quedar.
—Cory, por favor.
—¡Ethan hay un adolescente de por medio que de seguro querrá saber la verdad!
Ethan se desordenĂł el cabello con la mano y se fue directo hacĂa su computadora que aĂşn yacĂa en el suelo.
Yo seguĂ observando las fotografĂsa, antes de detenerme en una donde la mancha de sangre no me parece correcta, demasiado dispersa para un disparo a quemarropa.
Pienso por un momento en Billy, pero más que en Billy pienso en mi hijo, Atlas. Está por cumplir un años, y de seguro si esto me hubiese pasado a mĂ, me gustarĂa que en su debido tiempo el sepa la verdad. Bebo otro sorbo de cafĂ©, y Ethan llega con un nuevo documento de declaraciones de sus vecinos. Buscamos patrones entre los dos por si el FBI "accidentalmente" habĂa pasado algo importante por alto. Pero el sonido de Ethan rascándose la barba me distrae y simplemente yo lo ignoro. Hay una lĂnea que me llama la atenciĂłn. Un vecino declarĂł oĂr un coche a las 2:00 a.m., y el FBI no continuĂł con su declaraciĂłn. AhĂ estaba el hilo, mirĂ© a Ethan y el solo suspirĂł.
—Atlas viene hasta el domingo. —dijo con una sonrisa vacilante, como si estuviera buscando mi reacción.
—¿Y el lunes me acompañarĂas? —preguntĂ©, frunciendo el ceño, con una mezcla de curiosidad y esperanza en la voz.
—¿Quieres ir a Salem? —respondiĂł Ă©l, sus ojos brillando con una pizca de diversiĂłn, como si supiera que habĂa algo más detrás de mi pregunta.
—Ethan, esto no es Sherlock Holmes. —lo llamé, algo más seria, intentando que entendiera que no era un simple capricho.
—Bien, el lunes a Salem. —asintiĂł finalmente, sus palabras suaves pero firmes, como si tomara una decisiĂłn que ya habĂa estado considerando.
AbrĂ el blog con la vieja credencial y añadĂ un sĂłlo post titulado "Eleonor Pierce". En cuestiĂłn de dos horas se llenĂł de comentarios. No sĂłlo yo querĂa saber la verdad, si no unos cuantos más.











