Después de ver un vídeo que publicó ayer el periódico el Salto, no consigo sacar de mi cabeza las imágenes de violencia, los golpes y las agresiones injustificadas que los cuerpos de seguridad del estado están ejerciendo sobre los cuerpos de los ciudadanos de a pie, ante el reflejo atónito de vecin+s atrincherados tras sus ventanas. No puedo dormir, siento rabia. Quiero bajar a hacer una pintada en el muro que hay al lado de mi casa pero tengo miedo. Miedo de que me pillen. De que me denuncien los vecinos. De que me graben. Miedo a que me den de ostias y me lleven a comisaría. Ese miedo estaba ahí antes del estado de emergencia pero nunca me impidió salir a la calle a expresar mi frustración. ¿Qué ha cambiado? ¿Por qué esta parálisis? ¡Si estamos siendo súper responsables! Yo, al igual que la mayoría de gente que conozco, soy una ciudadana responsable y me quedo en casa, y cumplo el protocolo a conciencia, y me enfado cuando escucho a gente que se salta la cuarentena para bajar a pillar porros. Pero al mismo tiempo me sorprende y me enerva la poca resistencia que he mostrado ante la petición de abandonar el espacio público. Mi falta de resistencia me resulta alarmante. En mi casa y desde mi situación de privilegio escucho sirenas. Algunas más cerca, otras distantes. Al principio pensaba que todas eran Ucis móviles. Sentía miedo. Ahora entiendo que la mayoría son sirenas de policía y siento terror. Terror al imaginar las calles vacías y a ellos paseando, reafirmándose en su labor. Protegiéndonos. Es la imagen de la distopía lo que me paraliza. Y en esto que se me aparece la Naomi Klein refiriéndose a la doctrina del shock como “el saqueo sistemático de la esfera pública después de un desastre, cuando las personas están más enfocadas en la emergencia, en sus preocupaciones diarias, que en proteger sus derechos e intereses”. Sigo despierta pensando en las personas que han perdido a un familiar, su trabajo, la gente en los CIES, las cárceles, las mujeres que conviven con su maltratador, las personas que vive en la calle, l+s sanitarios, l+s enferm+s, mi tío ingresado... Me asomo al balcón. Pienso en la invisibilidad de los cuerpos. En su vulnerabilidad. Esos cuerpos que tengo que imaginar o ver mediados a través de plataformas digitales. Pienso que eso es lo que me asusta tanto de salir a la calle, que no hay testigo físico de la experiencia, que el exterior es una amalgama abstracta en mi mente, que está vacía pero que me observa. ¡Por fin el panóptico en tu calle! La otra noche después del aplauso solidario, mis vecin+s insultaron y escupieron a una trabajadora sexual toxicómana que llamaba a los telefonillos buscando interacción con algún posible cliente. ¿¿¿Y qué hacemos!!! De nuevo, parálisis, y una sensación de vulnerabilidad perenne. Es obvio que tenemos que quedarnos en casa para entre tod+s, parar esto, pero se hace urgente pensar estrategias de cuidados de las ciudadan+s más vulnerables, así como la organización para manifestar de algún modo que no vamos a permitir el abuso, la humillación y el ensañamiento sistematizado por parte de las fuerzas de orden público sobre la ciudadanía. Estado de alarma no es estado policial. Voy a intentar al menos imaginarme bajando a pintar ese muro, porque pensar que lo único que puedo hacer es compartir esto en redes no me consuela.