Teresa Rodríguez y el líder de Podemos en Castilla-La Mancha discuten por el acuerdo con Page El Diario | 21/07/2017 La secretaria general de Podemos Andalucía, Teresa Rodríguez, entrevistada en La Cafetera,
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Teresa Rodríguez y el líder de Podemos en Castilla-La Mancha discuten por el acuerdo con Page El Diario | 21/07/2017 La secretaria general de Podemos Andalucía, Teresa Rodríguez, entrevistada en La Cafetera,
Después de Fury. Antes de American Sniper.
El pasado y el presente
No vi todavía American Sniper (Clint Eastwood, 2014) pero sé que varios de los que la defienden participan también de cierto entusiasmo por Fury , una película que encuentro no mala (y quizá, todo lo contrario), sino simplemente injustificable.
No es necesario para ello ningún “prejuicio político” de viejo tipo. Tampoco uno humanitarista (si es que lo humanitario puede ser simplemente un prejuicio). No se trata de que no podamos ya mirar sin horror una película sobre la guerra que muestre con profusión la sangre vertida y sin atenuantes la voladura de miembros durante la batalla o que no involucre su propia crítica. Mucho menos, se vincula con que las posibilidades técnicas actuales acentúen la crueldad cinemática de la barbarie, ni nada de eso.
Sin embargo, ya no es posible hacer una película bélica “como las de antes”. Esto es así, aunque más no sea, porque ya no es posible ver las películas bélicas como las veíamos antes . Y no porque nosotros seamos más buenos, más humanitarios (no se necesita más demostraciones de que no lo somos, de que todas esas sensibilidades agraviadas bien pueden reducirse -aun si no siempre es así- a lo que se llamó “progresismo de salón”). Lo que cambió es el mundo, no una reputada naturaleza humana.
En este mundo, ya no podemos ver películas de guerra como la veíamos antes por una razón muy sencilla: porque ya no estamos de acuerdo acerca de quiénes son los malos y quiénes los buenos (se lo ha señalado hasta el hartazgo, de Jameson a Handke y no sé cuántos más, pero hacemos como si no recordásemos). No sólo hay desacuerdos en torno a esto, hay también incertezas internas: nos cuesta darnos cuenta de quiénes queremos que mueran y quiénes queremos que vivan.
Y este desacuerdo afecta al pasado tanto como al presente. Quisiéramos ver Fury con la consciencia en paz de quien sabe que toda la barbarie (propia) queda redimida porque los nazis tenían que ser exterminados. Pero ya no lo sabemos. Porque los asesinos de nazis con los que tenemos que identificarnos continuaron luego asesinando japoneses; después, coreanos; más tarde, vietnamitas, salvadoreños, nicaragüenses, kuwaitíes, iraquíes… Y ya perdimos la cuenta y la capacidad de discernir cuándo comenzó todo y para qué. Ya no es posible estar seguros de nada, como estábamos en 1939 o en 1945, o inclusive 1959, por poner una fecha.
No es simplemente que la puesta en escena de ese pasado opere en el presente (lo que es también rigurosamente cierto), es que el presente modifica nuestra relación con el pasado, y aun al pasado mismo. Si Fury no está libre de cuestionamientos a la guerra de corte humanitario; si uno de sus costados fuertes es la exaltación de los valores de la profesión militar, de la camaradería y la lealtad, de un tipo de comunidad viril que sólo la guerra hace posible, aun así, de todos modos, no propone una reflexión acerca del hecho bélico abstracto. La constatación dolorosa de cómo la guerra transforma las consciencias de los hombres o de cómo ellos son tomados por una práctica que se lleva puestas incluso sus creencias más firmes está muy presente, pero no es allí donde reside la moral de Fury, sino en el contenido de esa guerra precisa, en la identificación con los valores por los que pelean los tanques norteamericanos en tierra alemana, habida cuenta de que vivimos en un mundo en que, como dice el sargento Don “Wardaddy” Collier (Brad Pitt), si “los ideales son pacíficos, la Historia es violenta”. Esos valores, aunque no siempre podían explicar las decisiones, al menos alcanzaban para justificarlas.
Estamos acostumbrados a que esto no se ponga en duda. Nadie, salvo cuatro trasnochados, pone hoy en duda que el proyecto nazi fue una monstruosidad que merecía ser aniquilada, o que era necesario aniquilar.
Pero nada es ya lo que fue. Se trata de un mundo que murió y del que quedan pocos sobrevivientes. Sabemos lo que pasó, nos horrorizamos, lo lamentamos, lo condenamos, pero ya no vivimos en esa tragedia. Sobre todo, porque tenemos las nuestras propias. Y los salvadores de entonces son, sin más, los verdugos del presente. Usar a los muertos para reivindicar los objetivos de los vivos es de la más baja inmoralidad. Nadie que no quiera hablar de lo que pasa en Irak estará autorizado a hablar de los nazis. Más aun, si no hablamos de Irak (o de Palestina), no estamos hablando de los nazis. Y en Fury no hay, siquiera, la mínima consciencia de que el mandato de la Biblia pueda ser no distinto de el del Qur´an (“Send me”). En estas condiciones, la Memoria no es otra cosa que coartada. Inútil o trágica.
En la escena final, la mirada de Norman a través de la ventanilla del vehículo de guerra que lo saca del campo de batalla (y en el que también se lo ve por última vez en la película) quiere ser nuestra mirada sobre la Historia: un anhelo de cristalizar ese punto de vista para siempre, de que desafíe el paso del tiempo -los daños del tiempo- y permanezca como anclaje abstracto e intocable de nuestra relación con ese pasado. Al primer plano de la cara de Norman que mira de sesgo el horror del que se aleja, como a una estampa, aislado por el vidrio oscuro; responde un plano cenital que también va cobrando distancia y abarca la magnitud de la carnicería de soldados alemanes (pero atención: eran SS -había dicho Don Collier/Brad Pitt- asesinos impiadosos de niños y de mujeres alemanas, incluso; merecedores de lo peor). El tanque que da nombre a la película (Fury es el nombre del tanque-hogar de estos soldados americanos) queda en el centro del plano, como el núcleo que organiza la percepción de todo lo demás: los cuerpos muertos, el paisaje todavía frío de la primavera rural alemana. Hay una niebla que nos separa de las cosas. O es el humo mismo de la batalla. El sonido también se hace eco y queda aislado como en una campana. El plano cenital se amplía. Una música de tonalidades épicas y trágicas a la vez gana la escena. Gloria excelsa. Negro. Títulos.
Desteñido fantasma de la gloria que ya no sirve para evocar el pasado porque es cada vez más impotente para producir efectos en el presente.
El presente
No vi American Sniper. Lo que tenga para decir se vincula estrictamente con los debates abiertos (en Twitter, en el blog Con los Ojos Abiertos), o con las críticas y opiniones en medios norteamericanos. Aunque no responde a ninguna intervención en particular, sino más bien a una sensación de incomodidad general que me viene de ellas y que puede resumirse más o menos así:
Una película norteamericana que importe al debate sobre la guerra imperialista será siempre una película norteamericana. Lo mismo puede decirse de las opiniones norteamericanas. Mientras exista EE.UU. tal cual es, las películas serán tal cual son. Yo no quiero cambiar las películas, quiero cambiar el mundo, quiero que el poder hegemónico estadounidense desaparezca de la faz de la Tierra, no que desaparezca Eastwood. Y les aseguro que lo primero no vendrá por añadidura o a consecuencia de lo segundo.
Esto no equivale a justificar la película. Se trata de comprender sus condiciones de enunciación, sus posibilidades e imposibilidades radicales, para situarme enteramente fuera de ellas. Porque la potencia del lugar propio radica, precisamente, en no participar de la discusión tal como es relevante para ellos, sino tal como nosotros necesitamos que sea. Y para eso, Eastwood nos sirve como es Eastwood: la más aguda, inteligente, honesta puesta en escena de un punto de vista relevante en el planeta y que rechazamos por completo.
Las posiciones en torno a la guerra imperialista que, en el interior de EE.UU, coinciden con las nuestras -con las de quienes nos oponemos a la guerra desde la perspectiva de los agredidos por ese imperialismo- son marginales en su propio país, por loables que pudieran ser, y a los efectos del debate que nosotros-aquí tenemos que dar, no importan. Es decir, no son norteamericanas; es como si no lo fueran. Si piensan como yo, ya no son yanquis. Son una copia (muchas veces culposa, penosa y hasta caricaturesca) de la víctima que ven en nosotros. Nada bueno puede venir de la compasión del amo. Prefiero mil veces que identifiquen sus propios problemas, las contradicciones en sus propios discursos, a que funden miríadas de ong´s por el mundo para solucionar los nuestros, o militen por mi causa. No quiero que me compadezcan, no quiero que me comprendan, no quiero nada que venga de ahí. Todo tengo que decirlo yo.
Anclados, o lastrados, por la plomada de la moral individual y de las buenas intenciones abstractas podemos (y hasta debemos) pedir todo a cualquiera porque cada ser humano es igual a otro esté donde esté. Pero lo que configura un problema y una trampa y un mal lugar de enunciación (sí, “mal”) es hacer de eso un reclamo político. Porque delata una subjetividad descentrada, centrada en las razones del otro. Incluso, no admitir que el otro es otro; o pretender que la impugnación y el rechazo no es a un conjunto nacional (porque estos no tendrían entidad), sino a seres humanos únicos y diversos a los que podemos interpelar en tanto tales; o que podemos distinguir y aislar voces que nos den la razón también es un autoengaño y una ceguera de las condiciones de existencia (de ellos y propias). Es bueno ser capaces de estas distinciones a la hora de hacer amigos, pero yo no quiero hacerme amiga de Eastwood. Tampoco, de sus contradictores.
Los niños iraquíes asesinados por los marines no están entre los problemas centrales de los estadounidenses, aun de los buenos y sensibles americanos. Todos ellos están ocupados y preocupados por el futuro de EE.UU como nación; por la salud física, mental y moral de los veteranos; por una cultura de la guerra que los hunde como conjunto en lugar de elevarlos.
Los niños iraquíes asesinados –por doloroso que nos resulte- se ubican en un rango que va desde el efecto colateral hasta, en el mejor de los casos, aquello que rechazan porque hace que sus propias y americanas vidas se degraden. Por supuesto, prefiero todas las visiones humanistas, solidarias y lúcidas de la política norteamericana a las justificaciones o fervores irracionales, chauvinistas o imperialistas. Y, desde ya, estas posiciones pueden, circunstancialmente, coincidir con las nuestras, o tener intereses tangencialmente en común: “Retiro ya de todas las tropas en Medio Oriente”, por ejemplo. Pero no son lo mismo. A la larga, no son lo mismo, como sabe cualquiera que conozca mínimamente la cultura y la sociedad estadounidenses. Esa no es nuestra discusión.
Se me dirá que escucharlos a ellos en tanto ellos -a Eastwood- (y no en tanto mi deseo de un mundo idílico donde ellos son ya otra cosa), como pido, tampoco conducirá a terminar con el dominio imperialista del planeta. Es cierto. Pero quizá, se vincule con la posibilidad de construir un locus propio de enunciación, más consciente de esas relaciones de dominio.
En suma, y muy grosso modo, hay dos posiciones antibélicas en los EEUU, una minoritaria y marginal dentro de la propia sociedad estadounidense que (por interés que pudiera tener en el debate interno de ellos) para nuestra discusión no es relevante porque no representa más que una réplica degradada de nuestros propios puntos de vista. Es decir, reforzar las posiciones de esas voces es inútil a nuestro debate, por redundante. Otra, que está muy bien expresada en una crítica como la de J. Hoberman o, de otro modo, en la película candidata al Oscar Crisis Hotline: Veterans Press 1, por poner sólo unos ejemplos. Como se verá, estas aproximaciones son muy respetables, pero tampoco conciernen a nuestro punto de vista en un debate sobre la guerra imperialista.
Hay que decir también que, si bien el primer tipo de crítica bélica es siempre opuesto a American Sniper, entre las del segundo, las opiniones están repartidas. Pero no quiero entrar en este jardín sin haber visto la película.
American Sniper me interesará, entonces, como objeto de análisis que condensa un punto de vista relevante de la sociedad estadounidense. No busco un sujeto social o político que, desde el corazón del poder imperial, avale mi posición o siquiera desee o esté en capacidad de hablar conmigo. Mi aproximación a la película será en tanto ella objeto de experiencia y de crítica. No discuto con Eastwood, no quiero cambiarlo, ni pedirle que sea lo que no es -lo que no puede ser-. No a él. Me interesará así como es porque es así como me franquea la crítica. Desde este punto de vista, una película correcta o sensible podría resultarme, en cambio, un objeto perfectamente anodino.
Antes de callar, tomo prestado un pasaje de los Diarios Secretos de Wittgenstein, de conexiones inestables y ambiguas con lo que acabo de decir y que hace poco Oscar Cuervo recordaba en su blog.
Sin duda resultará imposible entenderse aquí con la gente. Por tanto, hay que ejecutar las tareas con humildad y, por amor a Dios, ¡no perderse a sí mismo! Pues cuando uno quiere darse a los demás es cuando más fácilmente se pierde a sí mismo.
cm
Fury, David Ayer (2014) EE.UU.,135 min.