Le decían la Bruja, igual que a su madre: la Bruja Chica cuando la vieja empezó en el negocio de las curaciones y los maleficios, y la Bruja a secas cuando se quedó sola, allá por el año del deslave. Si acaso tuvo otro nombre, inscrito en un papel ajado por el paso del tiempo y los gusanos, oculto tal vez en uno de esos armarios que la vieja atiborraba de bolsas y trapos mugrientos y mechones de cabello arrancado y huesos y restos de comida, si alguna vez llegó a tener un nombre de pila y apellidos como el resto de la gente del pueblo fue algo que nadie supo nunca, ni siquiera las mujeres que visitaban la casa los viernes oyeron nunca que la llamara de otra manera.
Hasta este momento, lo más cerca que he estado de experimentar los estragos de un huracán fue cuando el Huracán Ramírez [el primerito, el mero mero, no acepten imitaciones] se quitó la máscara por desavenencias con los dueños del nombre, luego cuando en el 2015 azotó la tormenta tropical Erika y yo me pregunté si mi nombre era devastador - huracánicamente hablando - mis pesquisas arrojaron que mi primer huracán tocayo [1997] fue categoría 3, responsable de dos muertes directas, y mi segundo tocayo [2003] fue categoría 1 y también responsable de dos muertes directas.
Así era mi vida hasta que llegué a trabajar al ITESO y una profesora abrió un círculo de lectura en el que, al menos durante este año, se leerían autoras mexicanas contemporáneas. Y así llegué a Temporada de huracanes y a su autora, Fernanda Melchor [@fffmelchor en Twitter].
Sé que fue amor a primera frase, pero nunca pensé que este amor iba a ser de los que duelen, de los que te abren los ojos y te obligan a fijarte en el reflejo del espejo roto que está ante ti, de los que te hacen redefinir los significados de cada palabra, de esos que te dejan alucinada, cuarteada, madreada, con costras, sin preguntas, sin respuestas, con toda la tristeza del mundo, con toda la infelicidad del mundo, porque te duelen todos, te duelen todas: Seres cuya existencia sabes pero no has validado totalmente porque están bien lejos aunque estén bien cerca, porque el desamor se siente en cada vertiginoso latido que significa dar la vuelta la hoja y devorarte la novela y sumergirte en esa pileta con agua encharcada y hedionda donde te reflejas tú, con tu celular y las nubes etéreas y cambiantes, y pasa el Luismi, y pasa Norma, y las nubes cambian, y sabes que tú cambias, pero ellos no, Luismi y Norma están siempre iguales, es más, hasta se multiplican, y tú te alejas porque puedes, y porque quieres aunque no quieras, pero ellos se quedan, porque ni pueden y tal vez ya ni quieren, pero si es que quieren, ¿cómo le hacen?
Huracán: Viento muy impetuoso y temible que, a modo de torbellino, gira en grandes círculos cuyo diámetro crece a medida que avanza apartándose de las zonas de calma tropicales, donde suele tener origen. [DRAE]
Ojo del huracán: Rotura de las nubes que cubren la zona de calma que hay en el vórtice de un ciclón, por la cual suele verse el azul del cielo. [DRAE]
Temporada de huracanes: Dícese del libro de Fernanda Melchor, editado por Literatura Random House, que convierte al lector en ojo del huracán, porque uno puede cerrar el libro e irse a su pedacito de cielo azul, olvidando a las Normas y Luismis de México a su mala, a su perra, a su culera suerte de ser invisibles y perpetuar esa condición hasta que termine la temporada de huracanes, que para ellos nunca termina.
Leí este libro en tan poco tiempo que no tuve tiempo de maridarlo más que con una coca cola que compré fría pero terminé tomando tibia, porque la lectura me absorbió por completo. Pero es que a este libro no le hace falta maridaje: El universo desgarrador que creó Fernanda con un uso magistral del lenguaje se lee derecho.
Aunque se rompan, aunque se sientan confrontados, aunque les gane la desesperación, aunque se encabronen: Léanlo, para entender qué pasa tras bambalinas de la nota roja de un país al que las raíces van sustituyéndolas los cadáveres.









