[Contiene ligeros spoilers]
Manuel dijo que me narraría la vida de Juana de Castilla y su locura de amor por su marido Felipe el Hermoso, si yo aceptaba ciertas condiciones. Era profesor de la Universidad Complutense. Su especialidad era el Renacimiento español. Yo aún estudiaba la escuela secundaria. Tenía diecisiete años y desde los trece, desde la muerte de mis padres en un accidente aéreo, estaba interna en un colegio de monjas en Madrid, lejos de mi pequeña patria latinoamericana.
Gioconda Belli ha sido una pluma imprescindible en mi vida. Desde que descubrí su poesía, cuando estudiaba Letras Españolas, la he puesto en lo más alto de mis amores literarios.
Hubo un tiempo en el que me intrigaron mucho las dinastías reales de España. Creo que fue cuando vi un cuadro de Carlos II, ‘El Hechizado’. Fue mi mamá la que me dijo que este pobre estaba más tirándole a desgraciado que a agraciado por los matrimonios consanguíneos de los Habsburgo. Mi papá no fue tan cordial: ‘Europa se hizo en la cama, hija, y he ahí el resultado’. Revisando las enciclopedias hispánicas de mi casa me topé con Juana de Castilla: Ahí comenzó mi obsesión por este personaje y por la manera en la que, hasta aquel momento, los historiadores habían construido su biografía para la posteridad, reduciéndola a ser ‘la Loca’, pasando por alto el hecho de que fue una de las princesas más cultas de la época, educada por la brillante filósofa Beatriz Galindo ‘la Latina’, y enfocándose en que enloqueció de amor por Felipe II de Castilla, a quien pudieron haberle puesto ‘El Insensible’, o ‘El Codicioso’, pero no, lo hicieron pasar a la historia como ‘El Hermoso’.
¿Qué pasa, entonces cuando Gioconda decide hurgar en las entrañas de la historia de Juana y escribe El pergamino de la seducción? Lo obvio: Corro a comprarlo, olvidándome de que tengo cerca de 30 libros que esperan pacientemente su turno de habitarme, y en una tarde nos unimos en gozoso aquelarre Juana, Gioconda y yo.
<<Lucía: Juana de Castilla contaba con dieciséis años cuando casó con Felipe el Hermoso. Como tú, se sintió muy sola en Flandes, lejos de su familia. Cuenta conmigo si necesitaras algo en Madrid. Me puedes escribir, si lo deseas, a: calle San Bernardo, 28, 4°, Madrid, 00267. Saludos, Manuel de Sandoval y Rojas.>>
Párrafos subrayados con pluma azul y pluma negra dan cuenta de las dos lecturas que en épocas distintas de mi vida hice de esta novela. La primera la hice en el 2006, que fue cuando la compré, y de la segunda la verdad no tengo memoria. De lo que estoy segura es que entre esa lectura y la tercera, hecha en días recientes, pasaron los años más significativos de mi vida - me sobreviví, cambié de trabajo y comencé a recuperar mis sueños y construirme nuevos -, permeados también por el acercamiento que he tenido a discursos acerca de la sororidad, el feminismo, el abuso de poder, #MeToo, la resignificación del ser mujer en un mundo en el que las narrativas han sido construidas por hombres y para hombres.
Para mí sigue intacto el valor literario de la obra y el trabajo magistral que hace Gioconda al rescatar a Juana de las crónicas y cederle a ella la voz, pero la historia de los rapsodas que hacen emerger a la reina se me reveló con matices que me hicieron experimentar una incomodidad que me tomó desprevenida, porque nunca pensé que leer a Gioconda Belli me llevara a sentirme incómoda y hasta enojada.
Lucía está sola, es adolescente - es decir, menor de edad, ¿te enteras, Manuel? - vive en un país que no es el suyo, y comienza a descubrir las posibilidades de existir en un cuerpo que abandona los rasgos infantiles. Y el único adulto disponible, además de las monjas del internado en el que transcurre sus días de huérfana, es que parecía un personaje de otro tiempo. Tenía el pelo completamente blanco. A esto se añadía una piel muy clara, casi traslúcida, cejas gruesas oscuras, ojos azules y unos labios que, por contraste, lucían muy encarnados; historiador especializado en el Renacimiento Español al que le encantaba contarle - sin saber si ella tenía o no algún conocimiento sobre sexualidad - sobre la explosiva noche de bodas de Felipe y Juana, y que la arrastró a su obsesión por esta reina.
‘Es que te le pareces. Es que siento su presencia cuando estoy contigo. Es que tú estás sola en un país desconocido, como ella. Por favor ayúdame a desentrañarla: Pero tienes que ir a mi casa, medio desnudarte en mi habitación y dejar que yo te vista con un vestido de la época, porque te le pareces mucho. Obvio, tú y yo solos. Porque tú no tiene a quien decirle - las monjas no son opción - y yo porque es mi obsesión privada.’
Pues muy académico y muy experto en Renacimiento español, pero Manuel es un personaje deleznable, y detesto que sea su voz la que haya hecho emerger a Juana. La voz de alguien que manipuló a una menor de edad hasta tener relaciones sexuales - primera vez para ella - y hacerla casi responsable de las consecuencias.
Cuando al fin habló fue para decirme lo que yo ya sabía. No dormía, ni podía pensar en otra cosa que no fuera aquel problema. (Así fue como mi embarazo quedó nombrado entre nosotros.) Sentía muchísimo haber sido tan estúpido de creer que sus métodos funcionarían. Sus relaciones anteriores habían sido con mujeres mayores que se encargaban ellas mismas de esos menesteres. Recién se empezaban a usar anticonceptivos, pero eran fármacos nuevos, no probados en su eficacia, ni en sus efectos secundarios y él, temeroso de causar daños a mi joven organismo, no me los había procurado. Yo debía saber que las alternativas eran solamente dos: interrumpir el embarazo mediante un aborto o seguir adelante. Los abortos eran ilegales en España, pero él me podría llevar a Londres al día siguiente si yo lo decidía. Según su entender, era un procedimiento sencillo. El martes o miércoles yo podría regresar a clase como si no hubiese ocurrido.
La intención de dotar de voz propia a Juana es la premisa que sigue seduciéndome de esta novela, pero estoy segura de que no voy a volver a ella, porque el personaje de Manuel me revuelve las entrañas, me enoja. Vamos, me encabrona, porque hombres así siguen estando más vigentes que nunca, y porque no todas tienen la suerte de Lucía de apechugar un embarazo no planeado a los 16 - 17 años y ser amorosamente apoyadas por una monja y la amiga de tu madre muerta, que vive en Nueva York y va a resolverte la vida, porque Manuel… Bueno, ya ni hablar de él.
La literatura de Gioconda Belli es siempre necesaria y siempre voy a recomendarla; esta novela no es la excepción, pero espero que quien la lea, además de validar la voz y la vida de Juana siendo de Castilla y no la Loca, aprenda algo de la relación entre Manuel y Lucía: Si es lector, que reflexione sobre su proceder con el sexo opuesto - especialmente si es menor de edad -, pero si es lectora, que entienda que el interés que un hombre mayor que ella, disfrazado de intelectualidad o pasión histórica, no la valida como ser humano ni como mujer.
Sin saber qué rumbo tomar, llegué caminando a la fuente de Neptuno y seguí hasta el vestíbulo del Hotel Palace. Usé los privilegios y el nombre de mi abuelo. Hice que lo llamaran para que autorizara que me dieran una habitación. El conserje no cesaba de mirar mi atuendo. Soy actriz, atiné a decirle. He hecho el papel de la reina Juana en una función. ¿Juana la Loca?, preguntó. No, respondí, Juana de Castilla.
Larga vida a Juana, a Gioconda, y a todas las mujeres que reescriben su historia.