Un 1º de septiembre, pero de 2011, muy tímidamente y con poca confianza, me animé a salir a trotar por mi barrio. Una de las pocas veces en mi vida (pensé que esa sería una más, y que al otro día desistiría). Di la vuelta por la calle de atrás de mi casa, encaré un campo. No quería que nadie me viera. Después, con el tiempo, me daría cuenta que en realidad, a lo que más le temía, era a mis posibilidades. De superarme, de superar temores, de atravesar limites. Problemas, alegrías, euforias y soledad. Tenía miedo a triunfar, pero más aun al fracaso. Al aprendizaje, al dolor, al sufrimiento y, porque no, le tenía miedo a mi cuerpo. En todo ese proceso en el que empecé a correr fui atravesando un montón de barreras. Me convertí en mejor persona, aprendí a gustar de mi mismo, aprendí a apasionarme aun más por mi trabajo, por mis amigos, por mi familia. A que cada día de mi vida obraría diferente, intentaría superar obstáculos, entrenaría fuerte, en todo sentido. Cuerpo y mente. Baje más de 20 kilos, bajé tiempos de una manera asombrosa (nunca en mi vida hasta ahí había hecho un deporte de forma consistente) y también, sin darme cuenta, sume muchísimos kilómetros, horas de entrenamiento, amigos, charlas de vida, momentos, abrazos. Progresivamente fui poniéndome metas. Pasé a entrenar todos los días de la semana, a correr 80 km por cada una de ellas, a hacer fondos de montaña y a correr muchas pruebas, carreras, en calle y en montaña,"evaluaciones" que le llamaría luego mi entrenador. ¡Mis entrenadores! Quienes me enseñaron este arte, y con los que compartí y comparto muchas horas. Aprendí los conceptos de velocidad y resistencia. Me replanteé esto y llegué a la conclusión de que sí, finalmente (y como inicio de algo hermoso), se había convertido en un deporte. Y en serio. Comprendí que quiero triunfar, a mi modo, en esto, como también lo deseo para el resto de mi vida. Hoy, además, tengo otros sueños que continúan ese mismo camino. Ser un atleta de elite y hasta convertirme en triatleta. Triunfar sin temerle al fracaso, aprendiendo a caer, levantarme y andar de nuevo. Triunfar por el hecho de, el día de mañana, poder contarle de mis logros a mis hijos, a mis compañeros, y a cualquiera que quiera oír. Triunfar no sólo por un número, un podio, simplemente por el hecho de haber logrado algo que ni en mis sueños más optimistas habría soñado. Ser mejor. Triunfar por la motivación de querer vivir fuerte, intensamente, de experimentar la vida misma. Releyendo esto, creo que ya tengo suficientes razones. Mi pasión, la misma con que escribo una nota, le hablo a los que quiero. Esa pasión que estuvo siempre y que hoy se manifiesta en este viaje que es de ida. Aprendí una lección más, que llevo a cabo para todo lo que emprenda en mi vida: visualizar el objetivo, elegir los caminos, disfrutarlos. Miro a aquel que fue, no me arrepiento. Puedo decir que este es fruto de todo ese tiempo de cambios. De un proceso, de una transformación. Hace algunos meses, me entrevistaron para hablar del running y el atletismo. Comencé diciendo "me cambió la vida". Enumeré las razones y, un tiempo después de aquella nota, llegué a la conclusión de que la vida es como una carrera. En la que todo cambia, una hermosa carrera donde sólo uno puede saber a donde quiere llegar, trazando metas propias y ajenas. Donde uno puede ir más rápido, frenar, superarse, ponerse objetivos. Y que sea lo que sea, si lo deseás con toda tu alma, muy fuerte, podes conseguirlo. Por suerte existen las fotos -y los blogs personales- para registrarlo. George.