ㅤ ㅤㅤㅤ ㅤㅤ nobody owns life, but anyone who can kill owns death.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ 01022020.
Lazio, Repubblica Italiana.
Hotel Majestic, Roma (Via Vittorio Veneto).
41°53′N 12°30′E.
Asistir a fiestas de la alta sociedad era un gusto culposo que cada tanto Caitlyn podía darse el lujo de disfrutar cuando su trabajo lo demandaba. A pesar de que el despilfarro era una de las cosas que la azabache más despreciaba de aquel estrato social, debía admitir que el entretenimiento causado por ver a las mujeres lucir sus vestidos de diseñador y presumir la cantidad de dinero que sin cuidado se gastaban sus maridos por consentirlas y obtener modelos exclusivos, en definitiva era una de sus partes preferidas. Si algo tenía por seguro de antemano es que Roma, una de las tantas cunas de prestigiosos diseñadores de alta costura, no iba a decepcionarla en el evento de aquella noche. Como cada vez que debía trasladarse a otros países para cumplir con alguna misión, la checa abordó un avión desde Suiza hasta la capital italiana tan solo tres días antes del gran festejo y se instaló en una de las suites del mismo hotel en que se llevaría a cabo, el Majestic.
La primera impresión brindada por tan lujoso sitio era que, en definitiva, los italianos tenían un gusto peculiarmente caro y jamás dejaban mucho a la imaginación, pues se encargaban siempre de obtener lo mejor de lo mejor en cada pequeño aspecto. En especial si se trataba, como aquella ocasión, de miembros pertenecientes a la mafia. Tratar con aquel grupo, sabía de antemano, no era para nada sencillo gracias a los numerosos obstáculos que se interponían en el camino y eran difíciles de sortear para una sola persona. El más importante a considerar era que, en efecto, estaban blindados hasta los dientes con agentes encubiertos de seguridad que mantenían la vista minuto a minuto en cada invitado para medir cada acción que realizaran durante las horas que el evento se extendiera. La única oportunidad de obtener éxito en su cometido iba a ser de la mano de un buen compañero, alguien con sus mismos ideales o, al menos, con un rango de exigencia similar al suyo que le garantizara que no iba a dejar ningún cabo suelto. Para suerte suya, sus contactos jamás le fallaban y fue así como había dado con el paradero de su mano derecha aquella noche. No la conocía ni de físico ni por su nombre, pero las referencias que había obtenido del trabajo de la muchacha bastaron para convencer a Caitlyn casi de inmediato.
Las setenta y dos horas previas a la gran noche las había aprovechado para reevaluar por última vez el orden en que se llevarían a cabo cada uno de los pasos que las guiaran a ella y su acompañante hacia el pez gordo de la noche: los hijos mayores del capo. En la puerta de su habitación en el hotel le fue entregado el paquete con todo lo que ocuparía aquella velada: un atuendo de lujo, zapatos a la medida, un antifaz que protegiese su identidad acorde con la temática de la fiesta y, no menos importante, la invitación exclusiva que sería su pase de entrada. Poco menos de dos horas antes al inicio del evento dieron inicio las preparaciones de la checa, comenzando con el peinado y maquillaje a manos de un par de estilistas que serían costeados para ella y su compañera con tal de ayudarlas a guardar las apariencias lo mejor que pudieran. Cuando el momento de partir al salón principal se fue acercando la joven se fundió en el vestido color azul marino que le había sido otorgado, largo y decorado con lentejuelas, con una abertura hasta la altura del muslo que dejaba entrever su pierna y la espalda únicamente cubierta por tiras horizontales que sujetaban la prenda. Las sandalias eran de tono plateado, a juego con las gemas bordadas en la tela. La máscara que llevaría además, era de color blanco con detalles en dorado y un plumaje en la parte superior a contraste. Sabía de antemano también, por petición propia, que la coreana llevaría un antifaz igual al suyo para saber reconocerse una vez se encontraran en la sala principal. Así pues, una vez Caitlyn se encontró completamente lista, añadió el toque final: en la pierna que era cubierta por el vestido, se ajustó la liga que sujetaba la más filosa de sus dagas. Abandonó la habitación faltando cinco minutos para el inicio con invitación en mano y dirigió sus pasos hasta el elevador al final del pasillo que la llevaría hasta la planta inferior, donde tomaría sitio el evento.
Cuando las puertas de metal se abrieron ante ella, lo primero que divisó fue la incontable cantidad de gente bien vestida y con máscaras que comenzaba a acumularse frente a las puertas de cristal de la sala de eventos principal, la cual se encontraba custodiada ya por un par de altos y corpulentos hombres dispuestos a penetrar hasta el alma de cada asistente si era necesario mientras la música hacía temblar las puertas tras ellos amenazando con quebrarlas. Su entrada al sitio no demoró mucho, pues tras presentar la invitación y verificar su autenticidad, estuvo fuera de peligro. La oscuridad del lugar mezclado con el olor a alcohol, el calor provocado por los cuerpos de los presentes y las luces intermitentes bastaron para aturdir a la checa durante varios instantes mientras intentaba con todas sus fuerzas adaptarse. Ni mencionar la cantidad de máscaras de distintas formas y tamaños que pasaban con rapidez ante sus ojos, era casi imposible vislumbrar las mismas con claridad y por un segundo sintió que tal vez había sido estúpido llegar al sitio por su cuenta. Quizás, se dijo, habría sido mejor reunirse con su compañera en otra parte. Y entonces, como si de un milagro se tratase, las luces apuntaron hacia una chica en la entrada con su misma máscara. ¡Bingo! Sin perder tiempo, Caitlyn avanzó entre las personas que se interponían en su camino lo más pronto que pudo e intentando no levantar sospechas. Cuando finalmente alcanzó a la chica, se posicionó a su lado con naturalidad y recorrió con la mirada la estancia durante un par de minutos.
—A las diez y a las tres —musitó en clave para indicarle las posiciones de sus objetivos, cuidando que solamente ella pudiese escucharla, y la miró de reojo. —Soy Caitlyn, por cierto. Gracias por acceder a acompañarme hoy.