Lo cierto es que, si bien tu presencia siempre era muy silenciosa, en este nuevo Lunes el silencio del departamento era absoluto. A pesar de que cada tanto un auto solitario deslizase el frío y suave caucho humedecido de rocío matinal por los ásperos adoquines de la calle a mi derecha afuera, o un ave oportunista cuya melodía dejase posar con la suavidad de una pompa de jabón sobre la piel de un niño, el silencio de esta fría madrugada naciente; en la penumbra de mi habitación, pesada pero calma como el manto de la noche o la neblina invernal, que amenaza con devorar la candela, era reinante. Afuera el firmamento viste una bufanda áurea como una diadema dorada, tiara de oro, sublime sonrisa de fuego otoñal del celeste y que acordona ahora un techo abombado de nubes grises y tan pesadas que se extienden de Norte a Sur, de Este a Oeste del casco de este laberinto de urbanitas y peregrinos locos, hasta que a lo lejos disipasen su voluminosa compostura.
Tu cuerpo inerte lo dejé en el congelador. Me espera en calma, reposa sobre un colchón de viruta y tapada por el tul dentro de una caja de cartón. Si prometiere yo recordarte hasta el final de mis días, me acordaría yo de recordarte en ese último grito de vida?