Miró el letrero que marcaba tres pies de altura a la entrada de la rueda de la fortuna, y esperó con ansias, sobre aquel camino enfangado, su turno para montarse.
En sus ojos redondos y oscuros se retrataron las luces de aquella rueda tan enorme respecto a su cuerpecito trigueño y enclenco.
Parecía rotar sin tener la intención de detenerse por ella, sin embargo, se detuvo. A paso agigantado, ella se adentró al columpio en el que, al sentarse, sus pies danzaban en el aire.
Mostró a las luces una sonrisa entre la que se asomaban sus dientes blancos y retorcidos mientras sentía el viento soplar su rostro según se elevaba.
Entonces, por fin llegó al tope, y, al ver la ciudad entera, pensó que todo era posible.
-Una historia interpretativa de esta imagen, una noche que compartí con una primita que vive en Florida, Estados Unidos, que no sabe español pero lo entiende.















