¿Se convertirán las ciudades en laboratorios tecnológicos?
El 10 de Julio 2014 la Oganización para las Naciones Unidas emite un informe que fija en un 54% la población residente en áreas urbanas y en un 66% la previsión de población residente áreas urbanas para 2050. Pocos años antes esta misma organización había publicado un informe que evidenciaba como la población residente en áreas urbanas había superado por primera vez a la rural. Desde entonces las ciudades han concentraron todo el foco de atención erigiéndose como el origen y al mismo tiempo la solución de todos los desafíos de la ciudad contemporánea.
A lo largo de este tiempo, una amplia literatura ha expresado una preocupación permanente por construir relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad teniendo como base la ciudad y la innovación como elementos transversales. Podemos destacar algunos de los autores que estudian la relación entre ciudad e innovación como Peter Hall, la relación entre la tecnología y el individuo [Foucault, 1981], el impacto de la tecnología en la sociedad [Martín Barbero, Manuel Castell], la relación que se establece entre la historia de la ciencia y la vida de los científicos [Kuhn, 1962] revisión de proceso científico [Latour – Callon, 1999] o los estudios del laboratorio y del impacto de la ciencia y la tecnología en los centros de producción de conocimiento [Knorr-Cetina, 1981]. La referencias más actuales que se contemplan en este trabajo hacen una clara alusión al concepto de ciudad inteligente: las ciudades inteligentes y la ventaja competitiva [Batty, 1990]; La inteligencia colectiva [Lévy, 1997]… En todas ellas se investiga cómo las nuevas tecnologías de la comunicación pueden ser capaces de canalizar la innovación en proyectos sociales que aborden la complejidad y los desafíos del mundo moderno [Komninos].
“El acervo tecnológico posicionado como la última solución a los problemas de la ciudad actual” [FARIÑA, 2012] ha dado pábulo a las ciudades inteligentes bajo la promesa de una concepción holística de la ciudad. En ellas, la ciencia de las ciudades reclama la computación ubicua y la visualización de datos como herramientas clave para la toma de decisión y la comprensión del hecho urbano.
La infraestructura cibernética desplegada sobre la ciudad como un nuevo sistema nervioso permitiría dejar atrás las teorías urbanas anteriores basadas en datos estadísticos o análisis de casos de estudio como los que hacía el profesor Hall; para devenir en coctel enriquecida de datos urbanos y algoritmos que permitan simular el funcionamiento de la ciudad en el interior de un superordenador. La integración de miles de datasets recogidos a través de múltiples dispositivos o descargados a través de plataformas de internet como Github, permitiría a los nuevos científicos urbanos aplicar herramientas estadísticas y algoritmos matemáticos para dar respuesta a los desafíos urbanos de nuestras ciudades actuales.
En consecuencia estos modelos de análisis, similares a los que ya se utilizan para estudios de predicción de cambio climático, transformarán el papel de la propia ciudad en la comprensión de sí misma como fenómeno urbano. La ciudad, convertida en una suerte de ciudad genérica que ya nos anunciara Rem Koolhaas, dejaría de ser objeto de análisis para pasar a ser fuente suministradora de información y laboratorio de experimentación de las conclusiones extraídas por los científicos urbanos. En este contexto, la ciudad se desvanece en señales electromagnéticas enviadas desde miles de sensores para ser reconstruida en forma de tablas, diagramas y proyecciones dentro de un superordenador. El análisis de modelos a través de nuevas formas de visualización arrojará la imagen de una ciudad perfecta, fluida y eficiente [Bauman, 1999] donde la cualquier desviación será corregida de manera automática.
Sin embargo la ciencia de las ciudades que parece estar por venir difiere de las ciudades inteligentes tal y como las conocemos hoy día. En primer lugar este modelo de ciudad cientifista no parece accesible para el ecosistema económico y emprendedor frecuentemente asociado a las ciudades inteligentes. De momento las necesidades de computación requeridas solo están alcance de países (universidades, centros de investigación, etc), grandes empresas y fondos de inversión. Se produce un gap en el cual las las pymes se ven abocadas a concentrarse en desarrollar mejoras en la gestión y visualización de recursos permaneciendo alejadas de generar una respuesta holística del hecho urbano.
En segundo lugar esta visión científica de la ciudad pone en cuestión los principios bottom up que promulgan las ciudades inteligentes en su relación con los ciudadanos. Hoy día son muchos los ciudadanos que reclaman un papel activo dentro de la ciudad. La innovación tecnológica ha traído consigo nuevas formas de organización productiva y del conocimiento cuyo espejo son los procesos de programación de software y el pensamiento de diseño. Estas herramientas han servido para recuperar en la práctica experiencias basadas en los postulados de la periodista y activista urbana Jane Jacobs o el sociólogo Anthony Giddens.
El rol de la ciudadanía en la concepción de la ciudad constituye sin duda uno de los mayores obstáculos para los defensores de la nueva ciencia urbana. En la actualidad los científicos urbanos se continúan acercando al conocimiento de la ciudad desde la misma posición errónea que ya lo hicieron la corrientes más tecno-científicas del urbanismo en los años 40 y 50. Confían en que su capacidad de computación consiga integrar todas las variables de la ecuación que representa la ciudad actual al tiempo que minimizan, erróneamente en mi opinión, las relaciones socio-afectivas que se establecen sobre el contexto urbano.
Por último la variable temporal es otra de las cuestiones que genera más dudas a la hora establecer una visión científica en la ciudad. La simulación de la ciudad a partir de datos tomados en tiempo real que constituyen la herramienta para la toma de decisiones en la ciudad entra en conflicto con la propia naturaleza de la misma. La ciudad actual es un proceso de transformación acelerada de ecosistemas naturales, sociales y económicos dentro de un entorno construido. Sin embargo los tiempos de urbanización de la ciudad chocan con la inmediatez a la que se generan las proyecciones producidas por los superordenadores.
Minusvaloran la diacronía temporal entre la generación de sus proyecciones y la ejecución de las mismas, lo que sin duda genera grandes recelos a la hora de postular una ecuación perfecta para la ciudad ideal. Pongamos un pequeño ejemplo: imaginemos que a partir de las proyecciones ofrecidas por un superordenador se toma la decisión establecer la construcción de nuevas infraestructuras en un área de la ciudad. La decisión del trazado y ejecución de las obras responde a un momento preciso y por tanto representa una foto fija de las necesidades de la ciudad hasta ese momento. Pongamos que durante el proceso de ejecución y gracias a la capacidad de computación se van monitorizando las variables que afectan a los trabajos e introduciendo correcciones que alteran el proyecto inicial. Introducir factores de corrección durante el propio proceso no solo podría desvirtuar el proyecto inicial sino que sería también la puerta para que pequeños errores arrastrados por este proceso iterativo generaran unos problemas difíciles de predecir. Es precisamente bajo este principio de incertidumbre donde la ciudad parece no responder al determinismo científico que postula la ciencia de las ciudades.
En conclusión, creo que la ciencia de las ciudades a pesar de carecer aún de las herramientas y los métodos necesarios para la dimensión del problema es una disciplina que nos puede ayudar a comprender los procesos de urbanización y la interacción de estos procesos con otros sistemas. Sin embargo la propia complejidad de las ciudades actuales hace difícil plantear la ciudad como un laboratorio tecnológico donde se puedan llevar a la practica las proyecciones ofrecidas a partir de una simulación informática. Los avances en computación y el peso cada vez mayor que tienen las ciudades en los grandes desafíos del planeta no nos deben llevar al error de despreciar todo aquello que no es parametrizable. Importantes corrientes sociales reclaman un papel más activo en la construcción de su entorno más próximo rechazando aquellas decisiones formuladas a partir de una única lectura.
Por todo ello creo más necesaria que nunca una integración de disciplinas a la hora de establecer un diagnóstico y una correcta lectura de los resultados. La ciencia de las ciudades nos proveerá de una base científica sobre la que abordar los problemas, pero será a partir de los procesos de toma de decisión que recojan todos los puntos de vista desde donde podremos construir una ciudades más cohesionadas, más humanas y más sostenibles social y medioambientalmente.







