Mujer de Hielo
Sabes, la luna tiene su encanto, como la mirada de aquella persona que me atravesó sin permiso, la primera vez que la vi, ya estaba perdido.
Creí que era un accidente, pero en mi cabeza ya había escrito mil capítulos de amor, y bautizado a diez hijos con nombres que jamás pronunciaré.
La vida me jugó sucio: la luna, como ella, se va de día, se esconde entre nubes cobardes y deja su ausencia como cicatriz.
Invisible se volvió, como si nunca hubiera estado, como si sus ojos no me hubieran tatuado la piel.
Mujer de hielo, que sólo fuego me dio por unos minutos, un incendio breve, capaz de dejarme en cenizas.
No volvió. Y no sé si me olvidó, o si se volvió fantasma, o si se escondió para no ver que aquí sigo maldito, recordando lo que ni siquiera fue.
La luna me lo advirtió: el deseo no es eterno, y las mujeres de hielo arden rápido, pero nadie olvida el quemón.
Y si alguna vez vuelve, que no espere ternura ni palabras dulces: será recibida como se recibe a un verdugo, con la certeza de que lo suyo no fue amor, fue un disparo en la frente.
Sentencia final: ni la luna se atreve a quedarse, ¿por qué habría de hacerlo una mujer de hielo?









