VIDA SECRETA (CAP. XXIII)
Uno tiene que aceptar ser hijo de sus sueños si quiere llegar a habitar las moradas de los sueños. Aquellos cuya voluntad rige la conducta, los que se presentan como los padres de los días que gobiernan, los que se jactan de dominar sus decisiones, ignoran la impresión que viene del mundo que los precede y que los ha sometido a sus influencias y a sus modas. Negándose a ser los siervos de impulsos ridículos, se sustraen poco a poco a cualquier contacto con la vida que los rodea y que prosigue cada vez menos dentro de ellos y, para acabar, ya no saben cuál es el camino y dejan de estar vivos y se deslizan en la muerte aunque el hálito aún los anime y la sangre los siga irrigando.
La vida de cada uno de nosotros no es una tentativa de amar. Es el único intento.
¿Qué lazo existe entre los seres que hablan? Solo la nada, el sentido, la esperanza semántica, la melancolía.
¿Qué lazo hay entre los seres vivos sexuados, que nacen y mueren, que se renuevan mediante la muerte personal y a través de una escena que no es visible para ellos? Ni la palabra sola, que los convertiría en fantasmas, ni la muerte sola, que los convertiría en cadáveres, ni el goce masculino del apareamiento, que los convertiría en animales.
Queda el amor. Eso es el amor: ese resto indecible que no puede mostrarse. De ahí vienen los dos tabúes del lenguaje y de la luz.
Indecible: el lenguaje está prohibido.
Que no puede mostrarse: lo visible es tabú.
El individuo no es un estado ni un origen. No hay una identidad atómica en el fondo del ser. No podemos suponer ninguna psicología en esta tierra. Llegar a ser individual es desear, volverse conflictivo, convertirse en infinitamente divisible, sin descanso. Es llegar a estar cada vez más desgarrado.
Lo individual es la fascinación desgarrada.
- Pascal Quignard, Vida secreta. Espasa Calpe. Trad. Encarna Castejón