Vincent, no precisamente por casualidad, arribó a la Iglesia donde siempre solía estar la dulce Aerith. ¿Por qué? Ni él mismo sabía. Tal vez allí su alma atormentada tendría un poco de paz.
Con el sonido metálico de sus zapatos hizo clara su presencia en el lugar, caminando a lo largo de este mismo hasta detenerse frente al macizo de flores. Y, allí, en medio del perfume floral y el silencio celestial reinante en el recinto, esperó a que la Cetra apareciese.











