Caminar nuevamente por los bulliciosos y familiares pasillos de la Universidad germinaba sentimientos agridulces en el corazón de la blonda, quien avanzaba distraída, camuflándose con aquella ruidosa y lozana multitud cuyos cálidos sentimientos nada tenían que ver con los suyos. Otro año había transcurrido, otra árida Navidad en familia o, al menos, lo que quedaba de ella. Época de celebración, de nuevos comienzos, tiempos tóxicos y aborrecibles para las almas estacionarias que se negaban rotundamente a participar del siniestro vals pautado por las agujas del reloj. La desolación llamaba a su puerta más que de costumbre, acechándola durante las heladas noches sin luna y dispuesta a llenar sus ojos de sombras. Movimientos apresurados, mente ausente: inequívoca combinación para el impacto que sucedió a continuación. —Lo siento. —murmuró por inercia, demasiado abstraída como para reparar en el rostro de la persona con quien había colisionado.










