Crepuscular era la categoría ideal para describir el estado de sus sentidos o reflejos, un soporte (o estado) frágil entre la tentación del gran Morfeo y la abstinencia de descanso, el cincelar cíclico de formas inconclusas con el mismo cuerpo sobre el colchón logró el descenso completo por la motivación en la ruta directa al sueño, este era el laberinto de siempre, las vueltas de la rutina nocturna que finalizaba en la distracción junto al dulce alba y el posterior trazo adormilado de una curvatura sobre la boca, la vía de su tren indefinido bajo la iluminación noctívaga era conocida con cada célula, cada parada cargaba una nueva oportunidad de pasatiempo hasta llegar otra vez al inicio de la responsabilidad, lacónicas resoluciones explicaban interiormente el por qué en absoluta privacidad no disponible a oídos de terceros. Invadió el silencio con la armonía de los borcegos apoyándose sobre el suelo, tomó la primera chaqueta que encontró y un efímero reflejo contra un espejo delató el remolino áureo sobre su cabeza, el frío calaba los huesos de cada largo dedo, vestigios de sus pasos dibujaban la ruta directa al asalto de las letras, hojas que hospedaban la catarsis literaria de desgraciados o dionisíacos huéspedes de nostalgias incomprendidas, un enjambre de incomprensión que concluía en la miel para las prosas, para sus lectores, los aullidos del yo salvaje y solitario. Las brisas gélidas hacían bailar a las ramas, la tenue iluminación artificial lo acompañaba con tranquilidad y sosiego, ni siquiera un alma vacilante recorría el campus para aquellas horas, todos eran prisioneros de la neblina del sueño y aquello resultaba completamente fascinante para un vago de su tipo. La arcaica arquitectura del universo bibliotecario era de sus predilectas, un ceremonioso espiral que aventuraba a las caóticas criaturas disponibles a la caricia del lenguaje, el portal al pasado y los anhelos apolíneos, para esos momentos todo era poco apreciable para sus sentidos, incapaces de moverse seguros en el lóbrego terreno, pero como había pronosticado su lógica interna la paz inundaba por completo cada esquina, la carencia de luz camuflaba los torsos de cada libro y escondía por completo cualquier tipo de guía visible entre los estantes, titubeante inició la súplica a la fortuna que, quizá, podría tener algo de misericordia a quien se encontraba bajo el poderío de la venda de opacidad. ¡Qué torpeza y qué mente más distraída!, recordó de inmediato al fiel salvador que, si es que existía divina clemencia, podía estar descansando en el bolsillo de la chaqueta, y así era, disponible a salvarlo hasta encontrar la llave que de rienda suelta al roce candoroso. Prendiendo y apagando, comenzó a arrastrar los pies, ahí, en la llama encendida por mero azar, una sombra intrusa y delineada fue imán de su atención, entonces las dudas carcomieron por completo el cerebro, a pasos de la pared donde yacían todos los interruptores su cabeza se llenó de lobreguez, porque quizá era un simple fruto de la imaginación adormilada o la desconfianza palpable, pero la curiosidad inundaba por completo logrando el naufragio de la preocupación. La perdía, porque aquel cosmos culto era un verdadero caos de pasillos y mesas, pero sin saberlo ya se encontraba cerca, a tan sólo un par de metros de poder apreciar las llanuras cetrina de su piel y el solar congelado de su mirada, el choque de los hombros lo llevó por inercia a encender su débil encendedor, juzgada por la calidez incinerada, todos los fuegos del mundo envidiosos de no poder irradiarla, dueña de confusiones y abismos de encuentros, en su mente no hallaba cuál había sido el último escenario que compartió junto a la blonda, encargada del aluvión de su perplejidad e impaciencia— Bueno, pensé que podría encontrarme con algo peor. —un susurro dio escalada a una sardónica sonrisa casi imperceptible, como lágrima en el océano de los melancólicos, apagó el mechero, llegaba un momento de presión que el dedo pulgar requería pausa, parecía creerse el Hades de aquel inframundo, pues de inmediato estaba cuestionando su presencia, continuaba siendo hogar desabrido, continuaba escondiendo infernales demonios congelados en sus galaxias, ningún cambio apreciable pese a la ausencia detallista de una iluminación normal— ¿Qué haces aquí? —indagó, enarcando sus cejas sólo para ejercer otra vez presión sobre el chisquero.
Largas eran las noches que transcurrían alrededor del espesohálito del insomnio, inherente acompañante de las almas atrapadas en lasfangosas y turbulentas aguas de la desesperanza. Espíritus lánguidos y apagados, transeúntes asiduos del lado sombrío de la vida, seres miserables y abyectos en proporciones iguales, idóneas guaridas de ecos demoníacos. Los pálidos rayos de la luna, augusta emperatriz del firmamento nocturno, se filtraban a través de los límpidos cristales, proyectando sombras fantasmagóricas e irregulares sobre los castaños y antiguos anaqueles del armonioso templo consagrado a las prosas. Allí, resguardados bajo el ala de las tinieblas, cientos de espíritus enardecidos clamaban mediante susurros casi imperceptibles una efímera cuota de protagonismo, derecho legítimo e irreprochable. Esperaban, con serenidad casi nerviosa, el momento propicio para contar su historia. Sin embargo, los ecos de sus débiles llamados eran vanos y exiguos, puesto que la única entidad material en aquel Edén literario ya había hecho su elección. El tenue fulgor procedente de una vela encendida revelaba la presencia de aquel misterioso y caótico ser, notorio escenario de contrastes. Despierta durante la noche, letárgica bajo el sol del día, viva en la muerte y muerta en la vida. Las delicadas facciones de su rostro desentonaban con la álgida aspereza de sus modales, un ángel con corazón de demonio. Creadora y destructora a la vez, albergaba bajo su pecho un amor corrompido y manchado, fiel antítesis de la pureza de su odio. Una brisa helada se colaba entre las hendijas de las ventanas, provocando que el cuerpo de la laberíntica fémina tiritara al compás de las ramas de los árboles. Ajena a ello, despegada de su identidad corpórea, la dueña de los gélidos zafiros dejaba que las amarillentas páginas y el característico tufillo que emanaba de aquel santuario, mezcla de caoba y lustrador de muebles, arrastraran su imaginación hacia otros universos. Después de todo, la única lumbre que realmente necesitaba era el pálido fuego de su alma. Sus ojos se deslizaban a través de las hojas con sutileza casi supersticiosa, degustando el prohibido y electrizante placer que emergía de aquellas majestuosas líneas. De vuelta a los hábitos primarios, volvía a caer una vez más en el absurdo recelo que había acompañado sus impías lecturas durante la infancia. No obstante, no era ya un pergamino en blanco, pues el funesto légamo de la vida había manchado la inocencia primitiva que ostentaba su espíritu infantil, salpicándolo todo con la hirviente agonía del amor perdido. Tenía cientos de ideas, revoloteando cual aves en su cabeza, y un solo pensamiento en su oscuro corazón. El repentino e inoportuno sonido de pasos en el pasillo puso fin al sagrado ritual. Antes de que el inesperado visitante atravesara las puertas del pequeño paraíso de las letras, un soplo extinguió el único faro existente en aquel mar de sombras. Permaneció estática, observando la silueta del intruso con asombro no exento de curiosidad. El enigma no tardó en desmoronarse, pues la débil llama del chisquero delató la identidad de su portador. Oleadas de desagrado invadieron su sistema, obligando a su cuerpo a ponerse de pie. Intentó huir sin ser vista, alejarse de aquel ente tóxico y deleznable pero, por primera vez en el tempestuoso vínculo que ambos compartían, era él quien corría con la ventaja. La colisión entre ambos fue inminente. — Por el contrario, yo no pensé que podría encontrarme con algo peor. — desafiante y altiva como siempre, su rostro no tardó en adoptar una característica mueca de desprecio, gesto que pertenecía involuntariamente al joven de cabellos áureos, único dueño de aquella rareza. — ¿De verdad no se te ocurre qué puedo estar haciendo en la biblioteca? — agregó con notorio sarcasmo, sirviéndose la retórica para esquivar las preguntas del extranjero, un esfuerzo maquinal para preservar el hálito de misterio que rodeaba a su persona. Retrocedió algunos pasos, refugiándose bajo el espeso manto de la oscuridad. — ¿Podrías dejar el encendedor? Esto comienza a parecerse a una película de terror.