Ensayo sobre la tristeza y la caca.
Un día, mientras traía puesta la gabardina beige de mi papá, tuve una epifanía: "la tristeza es como la mierda: absolutamente nadie quiere verla". 💩
Nadie jamás le toma una foto a su caca, por mucho que a veces hagamos cacas impresionantes.
- "¡Amor, cagué una 'C'! ¡Llené todo el escusado con una letra hecha de caca!". Es real. Alguna vez me gritó Christian esto muy orgulloso por haber cagado una 'C' como su apellido.
Pero aún en ese orgullo sinsentido –porque hacer caca no requiere ningún esfuerzo– se confesó incapaz de tomarle una foto y mandármela al WhatsApp (lo cuál agradecí infinitamente).
Así, la tristeza es una cosa natural, unas ganas locas de sacar lo que traemos dentro. Un sentimiento que ocupa diferentes órganos y que, si lo aguantas demasiado, te puede hacer mal, mucho mal.
Sin embargo, nadie quiere verla, pocos se atreven a fotografiarla y exponerla. Por pena, quizás. Pero también porque la creemos fea, porque huele mal, porque nos han enseñado que, aunque sea natural, también es natural tenerle asco y hacerlo a escondidas.
Nadie caga con la puerta abierta si hay alguien cerca (a menos de que sean tus gatos, entonces está bien). Todos lloramos a puerta cerrada, escondidos debajo de cobijas y sábanas, con las luces apagadas, intentando que no se escuchen mucho los sonidos que delatan esa mierda que trae uno adentro.
Uno termina de sacar aquello, se limpia, se lava las manos y la cara y sigue la vida como si nada.
Hay que cagar.
Hay que estar tristes.
Y sobre todo hay que saber que no pasa nada.
Sólo por favor: nunca manden fotos de su caca.













