Pisar la luz
Hay días que me levanto, me pregunto hacia dónde van mis pies y hacia dónde van mis ideas. Algunos días son mis ideas las que persiguen a mis pies y, otros, mis pies los que persiguen mis ideas.
Cuando las ideas intentan seguir el rastro de mis pisadas, como recogiéndolas, dejando limpio el camino, sin manchas, angustiadas por no dejar huellas que delaten mi número y mi marca de zapatos... Hay momentos que ellas, cansadas, exhaustas, se entregan y, resignadas, aceptan el camino hasta asimilar el rumbo y se adaptan a la horma de mis zapatos, acogiendo sus formas, sus andares. Y se entregan tanto al andar que, donde más cómodas están, es solapadas a la suela de los zapatos, pisoteadas.
Pero hay otros días donde son mis pies los que persiguen a las ideas. Estos días también son complicados: ellas, cuando son las que llevan la iniciativa, van rápido, lejos. Su medida no son los pasos, los metros o los kilómetros; entran en la dimensión de la luz, a la velocidad de la luz. Así viajan ellas. En estos momentos los pies no dan abasto: corren, se tropiezan, se caen, les salen ampollas, tienen rozaduras. Nunca llegan; acaban muy lesionados, siempre con la sensación de no parar. Les sobran los cordones, sobran los zapatos, los dedos y hasta la piel. Son tan duras las quemaduras que acaban por dejarlos insensibles, como una roca entregada.
Alfarabi, el “segundo maestro”, el primero fue Aristóteles, filósofo del siglo X, decía que teníamos un fuego que tenía que atemperarse. El fuego nacía en el corazón y el cerebro lo templaba y encontraba su mesura. Quizás el fuego no nace en el corazón y la templanza tampoco en el cerebro.
Yenny








