Historias cortas IV.
Los últimos mensajes fueron extraños.
Me invadió el recuerdo de días pasados.
Se me escapó una lágrima.
No quiero retroceder.
Puede que sean cosas mías.
O puede que no…
9 de Enero de 2018

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Historias cortas IV.
Los últimos mensajes fueron extraños.
Me invadió el recuerdo de días pasados.
Se me escapó una lágrima.
No quiero retroceder.
Puede que sean cosas mías.
O puede que no…
9 de Enero de 2018
Ohana
Solía creer que la familia es lo que muestran en toda película de Disney, un lugar en el cual las personas se aman y se apoyan incondicionalmente.
Creía que las personas que te rodeaban estaban allí para hacerte sentir mejor en los peores momentos.
Pensaba que todo era un paraíso lleno de amor y abrazos, pero luego llegó la realidad. Porque, a comparación de todos a quienes conocía, llegué a un mundo donde no se apoyan, no se abrazan, ni siquiera son capaces de ver el triunfo de otros sin sentir envidia.
Llegué al lugar donde solo pocos valientes sobreviven. Conocí a personas llenas de odio y rencor que se hacían llamar mi familia.
No entendía los sentimientos encontrados de todos, las lágrimas, las risas, las comidas familiares. Por lo tanto me di el lujo y que solo pocos se dan, conviví por años con la soledad y vi en ella los ojos más hermosos que alguien pudiera tener. Ella lloró, rió y gritó en silencio conmigo, porque era todo lo que tenía, porque era quien, según yo, jamás se iría. Era mi verdadera familia.
Los días eran interminables y la ausencia de los colores hacían de mi vida una película en cámara lenta que jugaba con los personajes engañándolos de la manera más cruel. Dejando que en cuanto tuvieran la oportunidad de pensar todo comenzara otra vez.
Hasta que, luego de catorce años, la soledad me pidió la que sería nuestra última charla, me pidió que nunca cambiase, que no perdiera la fe, y luego, me recordó que a los valientes se les dan las misiones más difíciles, pero que también les llegaría la paz.
En cuanto se fue alejando pude ver como saludaba de manera silenciosa a unas figuras que, de lejos parecían difusas, como los sueños en cuanto te despiertas.
Encontré a las personas que, sin saberlo seguirían a mi lado el resto de mi vida. ¿A quién engaño?, Ellas me encontraron a mi.
La historia según Pao Cheng
En un día de verano, hace más de tres mil quinientos años, el filósofo Pao Cheng se sentó a la orilla de un arroyo y se puso a adivinar el futuro en el caparazón de una tortuga. El calor y el murmullo del agua, sin embargo, pronto hicieron vagar sus pensamientos. Olvidándose poco a poco de las manchas en la concha de tortuga. Pao Cheng comenzó a inferir la historia del mundo a partir de ese momento. "Como las hondas de este arroyuelo -pensó-, así corre el tiempo. Este pequeño cauce crece al fluir; pronto se convierte en gran ciudad hasta que desemboca el mar, cruza el océano, asciende en forma de vapor hacia las nubes, vuelve a caer sobre la montaña con la lluvia y luego desciende otra vez convertido en este mismo arroyo..." Éste era, más o menos, el curso de sus ideas y así, después de haber intuido la redondez de la tierra, su movimiento en torno al sol, la traslación de los demás astros y la rotación propia de la galaxia y del mundo: "¡Bah! - exclamó-, este modo de pensar en las estrellas me aleja de la tierra de Han y de sus hombres que son el centro inmóvil y el eje en torno al que giran todas las humanidades que existen..." Y al pensar en los hombres volvió a pensar en la historia. Desentrañó, como si estuvieran grabados en el caparazón de la tortuga, los grandes acontecimientos futuros, las guerras, las migraciones, las pestes y las epopeyas de todos los pueblos a lo largo de los milenios. Ante los ojos de su imaginación caían las grandes naciones y nacían las pequeñas que después se hacían grandes y poderosas antes de caer. A su vez, surgieron también todas las razas y las ciudades habitadas por ellas que se alzaban un instante majestuosas y luego caían por tierra para confundirse con la ruina y la escoria de las generaciones. Una de estas ciudades, entre todas las que existían en ese provenir imaginado por Pao Cheng, llamó poderosamente su atención; su divagación se hizo mas precisa en cuanto a detalles que la componían, como si esa ciudad encerrara el enigma directamente relacionado con su persona. Aguzó la mirada interior y trató de penetrar todos los accidentes de esa topografía increada. La fuerza de su imaginación era tan grande que se sentía caminar por sus calles; levantaba la vista azorado ante la grandeza de las construcciones y la belleza de los monumentos. Largo rato paseó Pao Cheng por aquella ciudad mezclándose con sus habitantes atraviados con extrañas vestiduras y que hablaban una lengua lentísima, incomprensible, hasta que, de pronto, se detuvo ante una casa en cuya fachada parecían estar escritos los signos de un misterio que lo atraía irresistiblemente. Por una de las ventanas del edificio pudo vislumbrar un hombre que estaba escribiendo. En ese momento Pao Cheng sintió que allí pasaba algo que le interesaba íntimamente. Cerró los ojos y acercándose la frente perlada de sudor con las puntas de sus dedos alargados trató de penetrar con el pensamiento en el interior de esa habitación en la que el hombre estaba escribiendo. Por un esfuerzo de la imaginación se elevó del pavimento y cruzó el reborde de la ventana que estaba abierta, por la que se colaba una brisa fresca que hacía temblar las cuartillas, cubiertas de incomprensibles caracteres, que yacían apiladas sobre la mesa. Conteniendo la respiración, Pao Cheng se acercó al hombre cautelosamente y se asomó por encima de sus hombros. El hombre no hubiera notado su presencia, pues parecía absorto en sus signos cuyo significado todavía escapaba al entendimiento de Pao Cheng. De vez en cuando el hombre se detenía, miraba pensativo por la ventana, aspiraba un pequeño cilindro blanco que ardía en un extremo y arrojaba una bocanada de humo azulado por la boca y por las narices; luego volvía a escribir. Pao Cheng miró las cuartillas que yacían en desorden. Comenzó a descifrar las palabras que estaban escritas en ellas y su rosotro se nubló. Un escalofrío de terror cruzó, como la reptación de una serpiente venenosa, en el fondo de su cuerpo. "Este hombre está escribiendo un cuento", se dijo. Pao Cheng volvió a leer las palabras escritas sobre las cuartillas. "El cuento se llama la historia según Pao Cheng y trata de un filósofo de la antigüedad que un día se sentó a la orilla de un arroyo y se puso a pensar en..." "¡Luego yo soy el recuerdo de ese hombre y si ese hombre me olvida moriré!..." El hombre, no bien había escrito sobre el papel las palabras "...Si ese hombre me olvida moriré", se detuvo, volvió a aspirar el cigarrillo y mientras dejaba escapar el humo por la boca su mirada se ensombreció, como si ante él cruzara una nube cargada de lluvia. Comprendió en ese momento que se había condenado a sí mismo para toda la eternidad, a seguir escribiendo la historia de Pao Cheng, pues si su personaje era olvidado y el moría, él, que no era más que un pensamiento de Pao Cheng, también desaparecería.
Me gustabas porque te gustaba la música, los comics y yo, pero lo cierto es, ya no sé ni qué te gusta. (Ya no es para ti. Pero igual quiero que lo leas.) Me gustabas. Me gustabas con tu calidad de persona, de opinión, de mente, de ser humano, de léxico y de gramática. Me gustabas cuando dijiste: “Te amo”. Me gustabas cuando dijiste: “Ya dilo. Yo también te extrañé”. Me gustabas cuando dijiste: “Me agradas”, en vez de cualquier otro verbo tan usado y corriente que escuchamos día a día. Como, bueno, algo así de “te quiero coger durísimo”, que, curiosamente yo ya he dicho un par de veces. Me gustabas cuando me llamaste chica lista, antes que nadie. Ahora, todos los hombres que se acercan a mí, sin excepción, y a su manera, lo hacen. Tú fuiste el primero. Me gustabas cuando querías tener idea. Digo, es algo muy figurado, pero captarlo, ¿sabes? Captar lo que yo sentía por ti en toda esa oda al romance que tuvimos durante algún tiempo. Me gustabas cuando me desconectabas de la realidad, de lo que veía, de lo tangible. Pero era, de hecho, más fantasía mía: te imaginaba, te idealizaba e, indudablemente, me enamoraba. Me gustabas porque tú eras aparte. Porque estaba viviendo con mi loca familia que me tenían más que harta, y, contigo, pretendía independizarme, para poder hacer algo tan inocente como despertar contigo y que me picaras un poco de fruta de desayunar. Siempre pensé que tú y yo funcionaríamos de maravilla. Me gustabas indefinidamente. “Como hoy puede que sí, tal vez mañana ya no”, dije. Pero, en realidad, me gustaste durante un largo, largo tiempo. Me gustabas cuando me veías brillante, perspicaz, terca y obstinada porque era, es y sigue siendo justo la manera en que deseo verme a mí misma. Esa percepción que tuviste de mí, de que podía llegar a ser alguien en la vida, bueno, me hacía creerla al ver tus ojos. Me gustabas porque me odiabas. Porque sólo tú, de todos los otros, entendías ese intercambio de “te odio” como lo que era: un eufemismo claro de un “me estás gustando demasiado”. Me gustabas porque eras un idiota (de vez en cuando). Siempre coqueteando con las demás, hundiéndote en pornografía, y nunca compartiéndolo conmigo. Era como si me inmaculaces, siendo que lo que yo más quería, era liberar a mi puta interior contigo: porque sabía que eras un hombre bueno, y ésa sigue siendo mi definición de amor. Me gustabas porque no eras un imbécil. En realidad, eras muchas cosas más que te enviaba en mensajes de texto, muchas groserías en mayúsculas. Lo lamento: me volvías loca. Me gustabas con tu manera tan natural de dar los buenos días; me recordaste lo fácil y sencillo que es y también lo bien que se siente si viene de la persona indicada. Me gustabas porque no te gustaba pedir disculpas. Esto era sexy. No sé por qué. Y las pediste. Quizá demasiado. Por todo, por tonterías. Nunca por la única cosa en que debiste pedirlas. Me gustabas porque me gusta (la mayoría de) la música que te gusta. Sigo escuchando “You´re Somebody Else,” ¿sabes?. Me es imposible no ponerme algo nostálgica al escucharla. Me gustabas por saber que estabas ahí, pese a todo. Hasta que no lo estuviste. Hasta que, poco a poco, decidiste hacer un desmadre con tu vida, y conmigo en el proceso. Me gustabas porque perdías el ego, con tal de no perderme a mí. Hasta el momento preciso en que quien perdía no sólo el ego sino también la cordura, la decencia, la razón y la dignidad, era yo. Yo perdía. Yo te perdía a ti y a mí misma también. Todo el tiempo. Me gustabas porque me sacabas una sonrisa cada que recibía un inesperado mensaje de texto tuyo. De madrugada, por la tarde o cuando fuese. Supongo que, a la fecha, lo haces, aunque nuestra conversación se resuma a yo comentándote todas las malas decisiones que, muy orgullosa, he tomado a lo largo de mi vida, y tú siempre respondiendo cortante o desinteresadamente. Me gustabas cuando me hablabas de tus gustos y fetiches extraños, y, sinceramente, no sé si lo haces con alguien más, pero me gusta pensar que soy la única. Me gustabas tal como me gustaba cualquier otro objeto, lugar, destino, sujeto, suceso o evento en la vida; la única distinción era que se trataba de ti. Me gustabas porque eras un romántico (no tan) detestable. Me encantaba nuestro romance, nuestras cursilerías y tus “BB”, así, con mayúsculas (Sé que es tonto, pero en realidad me encantaba que me lo dijeras, lamento habértelo prohibido durante cierto momento). Tardé en aceptar que otro hombre me llamara así, pero ahora, se siente bien. Me gustabas porque me entendías (aun si de repente me da por hablar en inglés). Creo que eso sigue en pie. Ningún hombre me ha entendido como tú. Hasta ahora. Me gustabas cuando me contabas cosas. Me gustaba escucharte: a ti y no a cualquiera porque generalmente me aburro. Me gustaba. Me gustaría seguir haciéndolo como antes, pero veo que tu lógica es amor o indiferencia. Me gustabas cuando trasnochabas. Conmigo. Todos los hombres se duermen tan temprano y a ti y a mí nos amaneció en varias ocasiones mientras hablábamos, charlábamos, parloteábamos de cualquier cosa. Si yo pudiese regresar el tiempo, ¿sabes a qué momento regresaría? . Regresaría al primer momento en el que te vi, en Portales. Si pudiera regresar el tiempo cambiaría demasiadas cosas, por ejemplo mi actitud, lo lamento, estaba enojada y no te hablé mucho, no sabía que sería la primera y última vez que te vería. Regresaría a ese momento sólo para poder admirar de nuevo tus lunares, tú lo sabes, estoy profundamente enamorada de ellos. Me hubiera gustado haberte dado un simple abrazo al menos, después de ese día me odié a mi misma durante días por no haberlo hecho. Y, si, me gustas, me gustabas y me gustarás hasta que algún día llegue a mi límite (Raro que no lo haya hecho, por cierto), pero, no lo sé, estos días, este mes, te he notado distante, y, quizás he estado exagerando mucho, quizás soy solamente yo la que lo piensa, pero te extraño, muchísimo. Extraño las conversaciones que teníamos antes, porque, como ya lo he mencionado antes, ahora todas se resumen a lo mismo. Lo lamento muchísimo, tenía que sacarlo.
¡Entiéndanlo!
Es triste olvidar cómo suena la voz de alguien.
Recovecos de mi alma (via mividaenversos)
Para nuestra mala suerte, fuimos algo tan grande, en un tiempo tan pequeño
Chica Enredada (via caos-literario)
Lo cierto es que la vida -¡qué indecente resulta nombrarla así, como si fuera una divinidad, como si encerrase una esotérica significación y no fuera lo que todos sabemos que es: una repetición, una aburrida repetición de dilemas, de rostros, de deseos!-, lo cierto es que la vida desde el principio me sacó ventajas y no he podido ni podré jamás recuperar el terreno perdido…
Mario Benedetti (via thelostgirl11)
¿Acaso sabes de mis sentimientos amor? Me enfrenté a todos mis miedos, miedos que tu generabas, miedos a esa incertidumbre que tu causabas, a tu falta de creencia y tú constante indiferencia. Me he enamorado de ti, y te lo dije. Por un momento efímero me dijiste que era correspondido. Euforia causaste en mi, soñaba con ese momento desde que me di cuenta que deseaba tus besos, que sentía envidia y celos de todos aquellos que se creían merecedores de ellos, aquellos que se creían capaces de cautivarte, aquellos que pensaban que eras una mujer fácil. Me dices que me amas, que me he convertido en tu día a día, me dedicas canciones, me haces crear falsas ilusiones, ¿Y todo esto para qué?, No crees eso cuando yo te lo digo. Si te digo que te amo, espero una negación de tu parte. Es como estar en un día lluvioso y decirte: “Esta lloviendo” y que tú me respondas: “Mientes, es un día soleado”. De la noche a la mañana cambias. Me llenas de esa herida, esa que los mortales llamamos tristeza, una herida que no sangra y duele cada vez que llueve como si le hubiesen roto el corazón al cielo. Eres mi caos más constante: Pretendo olvidarte. Pero lo difícil no es olvidarte, Es querer hacerlo. Quizá yo nací para amarte, pero tú, tú mi amor, no naciste para amar a alguien.
¿Hace demasiado frío allá donde estás? Dime: ¿Sabes qué hay flores que adornan tu cielo?, ¿Sabes qué tendremos que cortar el árbol que tanto te gustaba?, ¿Y sabes que el viento agita los postigos de la cocina y sacude tu sombra sobre el embaldosado? Ahora que siempre es noche para ti. Todavía recibes cartas, las dejamos encima de tu ropa, que sigue doblada. Si quieres, puedo enviarte un trocito de España, una buena botella de champán y dos o tres libros. Sé que podrás disfrutar de mis regalos ahora que los médicos te han dejado en paz con sus tubos en la nariz y en la tripa y ya no tienes que forzarte a comer ni a coger el teléfono. Ahora que siempre es noche para ti. ¿Has ido a esconderte bajo una piedra, en una fuente de tartas, en un recién nacido, en una tela, en un huevo, en un bordado?, ¿Y qué puedes decirme ahora que siempre es de noche?, Dime, ¿te sientes mejor?, Dime, ¿es ligero como una burbuja eso de dejar sin más tu cuerpo ahí, al igual que una prenda estropeada que ya no puedes ponerte? Se acabo ese peso que aplastaba tu sonrisa, que aplastaba tu vientre, que te aplastaba. ¿Pudiste escapar? Con tu sonrisa doblada y guardada en el bolsillo ahora que siempre es de noche para ti. En casa todo parece haber caducado, hasta los yogures de frutas que conservamos en la nevera saben a marchito. No tenemos fuerzas para seguir adelante, por más que nos metamos gaseosa fresca en el esófago como una tormenta de azúcar: nada. Un cementerio más, la noche, el frío y otra capa de noche. Nosotros no vemos nada, ya no te vemos, vamos a ciegas, sabemos tan poco… Caminamos por la noche y no te encontramos, claro que todas las noches se confunden; noches negras, recias como una tela, pocas estrellas, todo se parece en la oscuridad. Es cierto que están los recuerdos, pero alguien los ha electrificado y conectado a nuestras pestañas, y en cuanto nos vienen a la cabeza, nos queman los ojos. Ahora que siempre es de noche para ti. Te fuiste a las 19.30
Volví a leer nuestras viejas conversaciones, la piel se me puso chinita y los ojos se me llenaron de lágrimas, y, para serte sincera esperaba otra reacción por mi parte, es decir ya te había superado; ya no me dolías, pero caí a la cuenta de que estaba leyendo palabras y promesas que me había hecho con la persona que había querido con toda mi alma. Hoy me di cuenta que jamás dejarás de estar presente o de que me será imposible no derramar unas cuantas lágrimas leyendo lo que éramos y no porque no hayas sanado en mí, sino porque no me queda duda que fuiste lo que la gente se promete cuando se quiere, fuiste calma en mi tempestad, fuiste la razón para poder decirle a la tristeza que no se cruzara en mi camino, fuiste la persona que cambio mi destino, fuiste la persona que me dio vida, aquella que me dio fuerza en los días fríos, fuiste la persona que me dieron ganas de extrañar sin ningún motivo, fuiste eso que jamás volveré a tener. Sinceramente, tu niña por siempre.
Aún te echo de menos.
No encuentro razón lógica para seguir haciéndolo, pero bueno, quien necesita cordura en este mundo loco.
Aún te pienso, ahora al menos puedo decir que de vez en cuando.
Ya ha pasado un año y siempre revivo la última vez que te vi.
La última vez que te vi siendo tú.
Porque ahora nos cruzamos por la calle y ni tu boca ni la mía tienen el aliento suficiente como para emitir sonido alguno.
Como dos cuerpos inertes.
Como dos historias que se cruzan y fantasean con volverse paralelas finitas.
Todo es un absurdo y ridículo mar de lagunas.
Yo no sé qué pasó.
Dudo que tú lo sepas.
Todo es un mar de casualidades.
De esa calle a esa hora.
Después de un año.
Apareciendo, Como si nunca hubiera pasado nada. Como si quisieras decirme: “Eh, no te esfuerces, yo soy ese calvo que nadie logrará sanar.”
Lo lamento, siento que tenía expectativas muy altas y tal vez inalcanzables, uno no puede elegir como serán las personas o como deberían serlo, pero no estaba aquí para decirte como debías ser, nunca lo intenté, pero pensé que sabías como me sentía, que sabías cuan frágil soy bajo presiones, que sabías como reaccionaría a cosas como estas, bueno eso creía y me he equivocado.
Y así es como mi cuerpo se veía envuelto una vez más en aquella soledad, como es que aquel vacío tan obscuro nunca pudo sanar, y en vez de eso lo único que hacía era atormentarme, ahora entiendo lo que es tenerlo todo en un momento ya al siguiente perderlo, esas malditas cicatrices que jamás sanan, esos corazones que nunca vuelven a ser los mismos. Ahora, lo único que queda por hacer es dar un paso y terminar con todo, dejar todos esos lindos recuerdos que ahora me atormentan, y, después de tantos años, por fin, volver a ser feliz.
Mereces a alguien que no te haga sentir ignorado cuando le cuentas algo con tanta emoción.
¿Por qué una mujer tiene que 'darse a respetar'? ¿Por qué no puede ser respetada por el simple hecho de ser un ser vivo?
Dime amigo: ¿la vida es triste o soy yo el triste?
Amado Nervo (via equipaje-a-cuestas)