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El triunfo de la vida es expresada mediante la creación
Henri Bergson
Wabi-Sabi: la belleza de la imperfección
Al hablar del boro y de sashiko, surge invariablemente el término wabi-sabi (侘 寂), que hace referencia a una filosofía japonesa que describe un tipo de visión estética basada en la belleza de la imperfección. Este punto de vista se presenta cotidianamente en la sociedad japonesa, en forma de elementos de aspecto natural o rústico que aparecen en los objetos cotidianos o en algunos elementos arquitectónicos.
El wabi-sabi combina la atención a la composición del minimalismo, con la calidez de los objetos provenientes de la naturaleza.
Esta corriente estética de Japón ofrece una comprensión del mundo basada en la fugacidad y la impermanencia. Deriva de la afirmación budista de las Tres Características de la Existencia.
De acuerdo con Leonard Koren, autor del libro Wabi-Sabi: for Artists, Designers, Poets and Philosophers, se refiere a aquella belleza imperfecta, impermanente e incompleta. Algunas características de la estética wabi-sabi son la asimetría, aspereza, sencillez o ingenuidad, modestia e intimidad, y sugiere además un proceso natural.
Andrew Juniper afirma que:
Si un objeto o expresión puede provocar en nosotros una sensación de serena melancolía y anhelo espiritual, entonces dicho objeto puede considerarse wabi-sabi.
Richard R. Powell lo resume diciendo que:
Ello (el wabi-sabi) cultiva todo lo que es auténtico reconociendo tres sencillas realidades: nada dura, nada está completado y nada es perfecto.
Las palabras wabi y sabi no se traducen fácilmente. Wabi inicialmente refería la soledad de vivir en la naturaleza, lejos de la sociedad, mientras que sabi significaba "frío", "flaco" o "marchitado". Hacia el siglo XIV estos términos comenzaron a cambiar, adquiriendo connotaciones más positivas.
Wabi ahora connota simpleza rústica, frescura o quietud, siendo aplicable tanto a objetos naturales como hechos por el ser humano, o elegancia subestimada. También se puede referir a peculiaridades o anomalías que surgen durante el proceso de construcción y dotan de elegancia y unicidad al objeto. Sabi es la belleza o serenidad que aparece con la edad, cuando la vida del objeto y su impermanencia se evidencian en su pátina y desgaste, o en cualquier arreglo visible.
Desde un punto de vista del diseño o ingeniería, wabi se interpretaría como la cualidad imperfecta de cualquier objeto, debida a inevitables limitaciones en el diseño y construcción. Así, sabi podría ser interpretado como el aspecto de imperfecta fiabilidad o limitada mortalidad de cualquier objeto; de aquí la conexión etimológica con la palabra japonesa sabi, oxidarse.
Ambos conceptos, wabi y sabi, sugieren sentimientos de desconsuelo y soledad. Según la perspectiva budista Mahāyāna, estas son características positivas, al representar la liberación del mundo material y la trascendencia hacia una vida más sencilla. La propia filosofía Mahāyāna , sin embargo, advierte de que la comprensión verdadera no puede alcanzarse mediante palabras o lenguajes, por lo que aceptar el wabi-sabi en términos no verbales sería el enfoque más adecuado.
Wabi-sabi es la belleza de las cosas imperfectas, mudables e incompletas. Es la belleza de las cosas modestas y humildes. Es la belleza de las cosas no convencionales.
Tras esta filosofía originaria de oriente podemos descubrir la belleza oculta en la recuperación antiguos tejidos del boro, en los patrones de delicada belleza de los hilos del sashiko.
El proceso de creación es un proceso de entrega y no de control
Julia Margaret Cameron
Boro y el sueño de la eternidad
El boro es un estilo tradicional de patchwork que nace de los valores olvidados de mottainai, es decir, la ética de preservar aquello que aún es válido, evitando así el despilfarro.
Boro significa “irregular” o “jirones” y aparece en las zonas rurales del Japón feudal, en la ropa usada por los campesinos, comerciantes o artesanos desde la época Edo hasta principios de la Showa, es decir desde el siglo XVII hasta el XIX. En esta época la mayoría de la población no podía permitirse los lujosos kimonos de seda y obis como los que vestía la aristocracia.
El algodón era escaso en Japón hasta bien entrado el siglo XX. Las prendas de boro japonesas se confeccionaban uniendo con costuras a mano pequeños retazos de cáñamo, las clases bajas tenían prohibido usar algodón que era únicamente para las clases más pudientes. El cáñamo es un material adecuado para el clima extremo, ya que resulta un buen aislante contra el duro clima invernal pero que también es fresco para el verano.
Cuando un kimono o un edredón estaba muy gastado y el tejido estaba ya muy delgado por el uso, por lo que se podía rasgar fácilmente, las mujeres de la familia lo parchaban con pequeños trozos de tela usando bordado sashiko. El uso diario requeriría reparaciones frecuentes, pero cada prenda tenía que durar suficiente tiempo como para ser heredada por las siguientes generaciones. Con el paso del tiempo y el uso, estos textiles adquirían más y más parches, casi hasta el punto de ser imposible reconocer la tela original.
Los japoneses dedicado al boro hacían los donja que son prendas muy pesadas que usan para dormir, colchas llamada bodoko que es remendada también de generación en generación y que usan los bebés al nacer. Con esta técnica también hacían y usaban una y otra vez las telas furoshiki para envolver objetos gracias a su resistencia.
El boro tiene una belleza poca convencional, convirtiéndose en una filosofía de vida: aprovechar y no desperdiciar dándole una segunda oportunidad a las cosas y valores que perdimos pero podemos recuperar.
Cuando Japón entró en la era moderna y la producción industrial se convirtió en algo común, el estilo de boro desapareció. En la actualidad, con la tendencia del “used denim”, es cuando las piezas antiguas de boro se consideran incluso piezas de museo. Mientras que en el pasado era por necesidad, ahora es una belleza estética que honra la historia.