Los márgenes de los territorios de Fantasía (La historia sin fin), el Reino (Exodus, de Lars von Trier), el mar de LCL en el fin del mundo en Evangelion y el cuadro The General Zapped an Angel de Howard Fast.
El mundo se quiebra, se destruye, es absorbido por la nada, y en su condición de borde nos devuelve la mirada desde el límite de lo que entendemos por humano, frotándose con lo monstruoso, lo angelical, el tótem, la esfinge. Atreyu busca a la tortuga Morla en busca de respuestas para salvar la tierra de Fantasía, pero Morla es nihilista y, pese a su enorme sabiduría, está empantanada. Lo mismo ocurre con el Big Brother de Riget: Exodus: se ahoga en sus propias lágrimas. Su llanto condensa el dolor acumulado de todo el Reino y ha perdido su corazón. La cabeza de Rei flota en un líquido similar al amniótico, la sangre de Lilith, el mismo que se usa en las cápsulas para pilotear los EVAs. En The General Zapped an Angel, la cabeza flotante del ángel es el residuo de un colapso, una presencia espectral que parece más dormida que muerta.
En todos estos ejemplos, lo liminal no es únicamente un umbral espacial , sino un borde sensorial: el punto donde se diluye la distinción entre el yo y el otro, entre la carne y el mundo. Deleuze y Guattari describen justamente el Cuerpo Sin Órganos (CsO) como límite. Estos espacios no son meramente ficticios, sino estados de fuga, de experimentación y mutación. En ellos, el personaje no solo habita el umbral, sino que es envuelto por él, disolviéndose en el espacio que lo transforma.












