Lo supieron los arduos alumnos de PitĂĄgoras:
los astros y los hombres vuelven cĂclicamente;
los ĂĄtomos fatales repetirĂĄn la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ĂĄgoras.
En edades futuras oprimirĂĄ el centauro
con el casco solĂpedo el pecho del lapita;
cuando Roma sea polvo, gemirĂĄ en la infinita
noche de su palacio fétido el minotauro.
VolverĂĄ toda noche de insomnio: minuciosa.
La mano que esto escribe renacerĂĄ del mismo
vientre. Férreos ejércitos construirån el abismo.
(David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa).
No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuelven las cifras de una fracciĂłn periĂłdica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo
que es de los arrabales. Una esquina remota
que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
pero que tiene siempre una tapia celeste,
una higuera sombrĂa y una vereda rota.
AhĂ estĂĄ Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mĂ apenas me deja
esta rosa apagada, esta vana madeja
de calles que repiten los pretéritos nombres
de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, SuĂĄrezâŠ
Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,
las repĂșblicas, los caballos y las mañanas,
las felices victorias, las muertes militares.
Las plazas agravadas por la noche sin dueño
son los patios profundos de un ĂĄrido palacio
y las calles unĂĄnimes que engendran el espacio
son corredores de vago miedo y de sueño.
Vuelve la noche cĂłncava que descifrĂł AnaxĂĄgoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo Âżel proyecto? de un poema incesante:
«Lo supieron los arduos alumnos de PitĂĄgorasâŠÂ»