Del amor a los libros y otras notas sobre la estupidez femenina
Hace algún tiempo ignoraba el sorprendente hecho de que los diálogos de Platón no habían traído a la humanidad únicamente problemas y exaltadas discusiones; una de sus historias podría servirnos para explicar la ya muy gastada y mal utilizada expresión “tu media naranja”. Con esto, es menester que el lector ignore la inevitable imagen mental de una pareja enamorada, e imagine por el contrario, una borrachera en la antigua Grecia. Allí, Aristófanes, entretiene a los huéspedes de una cena con la historia de que los seres humanos fuimos alguna vez criaturas con ocho extremidades y dos cabezas; pero un día hicimos enojar a los dioses, y Zeus nos cortó a todos en dos. Desde entonces, cada persona ha estado buscando a su mitad con el afán de sentirse completo. En este relato de El Banquete, Platón comienza a explicar por qué los seres humanos nos lanzamos al torbellino emocional que representa el acto de amar: Love makes us whole, again (sic). Pero eso no importa, porque lo anterior no me hizo replantear lo que pienso del amor, sino formular una idea-creo yo- algo más noble relacionada con este vínculo misterioso de cuatro letras. He llegado a la conclusión de que la vida de una persona que sostiene un insoportable gusto por los libros desde la niñez, sería mucho más sencilla si antes de comenzar la travesía alguien apareciera espontáneamente para advertir que todas las historias, teorías, y narraciones que estamos por engullir, fueron escritos desde el inicio de los tiempos; de ahí en adelante todos los libros, o son la recopilación de brillantes ideas ajenas reunidas aleatoriamente, o por el contrario, llevan impresa la explotación creativa de una premisa que se ha ido reciclando vulgarmente con el paso de los años. El vínculo tóxico comienza con acciones muy confusas que pese a no entender, disfrutamos sobremanera. Inicia, por ejemplo, con la compra de un primer libro nuevo y perfectamente empacado; lo hueles, lo sientes, lo pones en un estante vacío mientras la imaginación va recreando una casa enorme con una biblioteca completamente llena. Después, la enfermedad se manifiesta en el cuidado extravagante e irracional al primer libro regalado por un ser amado, leer la dedicatoria una y otra vez; es solo papel y tinta pero sostenemos esa mirada infinita de creer que es lo más valioso que ha llegado a nuestras manos. Y el último y más tenebroso de todos los síntomas: la obsesión de terminar cada libro hasta su última hoja, somos incapaces de permitir que otro nos cuente el final de una novela (este es el género por el que la mayoría caemos atrapados en la red), así gastamos horas de nuestra vida, y valiosas madrugadas de descanso alimentando este saludable gusto que muta en un amor obsesivo. Así es, he perdido más del 75% de mi vida viendo crecer un amor harto engañoso, ¿a cambio de qué? Chocarme con la realidad de que todas las historias y teorías leídas se tratan de básicamente lo mismo; la originalidad no existe y todo es un remix de todo (incluso esta frase). Pero gracias al relato de Platón, y con la ayuda de un amigo en particular, comprendí una realidad menos evidente y algo más incómoda para esta generación llamada millennials. A propósito de la pérdida de tiempo en la nociva relación que sostengo con los libros desde niña, he descubierto que todas las madrugadas en vela no fueron en vano, pues hubo una historia específica que, sin darme cuenta, le dio definición a muchos conceptos en mi vida. De hecho, hace poco me enteré que este mes se publicó el octavo libro de esta saga en español. Si a este punto no es suficientemente obvio para el lector de lo que hablo, tendré que dejar la vergüenza de lado y confesarlo de una vez por todas: sí, mi enfermedad por los libros la engendró un legendario y reconocido niño llamado Harry Potter. A pesar de ser la historia más digerible del universo, sumergida en la detestable simplicidad de la cultura inglesa, llena de objetos con nombres infantiles que configuran un mundo fantástico tremendamente verosímil; y a pesar de haberme hecho perder horas de mi vida las cuales pude haber invertido leyendo a Homero o a Platón, si algún día me encontrara a J.K Rowling por la calle le daría las gracias por haber recreado la vida de un niño sin familia cuyo único hogar es la amistad que sostiene con Ron y Hermionie, quienes a su vez más adelante establecen un misterioso romance bastante polemizado y debatido hasta nuestros días. Porque como lo mencioné anteriormente, la estrecha relación de amistad de estos tres personajes me llevó durante ocho años no solamente a querer adoptar una actitud similar en las relaciones que iba entretejiendo a lo largo de mi vida, sino también a desmitificar ese dicho popular que con contundencia afirma: “los amigos son la familia que se escoge”. Uno en la vida no elige ni siquiera eso, y aquí es donde viene la incómoda verdad a la que todas las millennials tenemos que hacer frente. Escribo desde el punto de vista femenino pues hablar también por los hombres sería ensayar una idea demasiado ambiciosa. Resulta que además de una evasión constante al compromiso, y una aparente actitud de intrascendencia ante la vida, la filosofía de los millennials trajo consigo un tipo de relación interpersonal que engaña haciéndose pasar por nueva, cuando en realidad es tan antigua como la amistad de Ron y Hermionie, esta es, la friendzone. Son este par de niños magos la mejor forma de ejemplificar en qué consiste dicha tragedia: una amistad cercana atestada de momentos mayoritariamente incómodos, lo cual genera un conocimiento profundo del otro, y que deriva más adelante en una atracción física y emocional- generalmente- del hombre hacia la mujer. Es una verdad el hecho de que todas las mujeres nacidas en la década de los noventa hemos tenido que lidiar por lo menos alguna vez en nuestra vida con este tipo de relación. Ya sea porque el vecino con el que crecimos ha decidido hacernos saber de su silencioso gusto por nosotras, o porque nuestro mejor amigo de la escuela comenzó a comportarse raro desde que conoció a nuestro último novio, o incluso, por aquellos mensajes extraños que llegaron a nuestro whatsapp un domingo a la madrugada en los cuales nuestro amigo más cercano de la universidad hace bromas comprometedoras cargadas de una verdad implícita. Lo anterior, no solo ha destruído las más valiosas relaciones de amistad en la actualidad, sino que ha puesto a las millennials en una ridícula posición de poder sobre sus amigos, la cual con tal de ser conservada legítima todas las negaciones y engaños a las que se pueda incurrir. Es decir, el gastado argumento de “yo te quiero pero como un amigo” con el que la mayoría responde al friendzoneado, es en realidad un profundo miedo de aceptar que el amor muchas veces no es esta intoxicante relación de sentirnos completados en el otro como lo describió Platón. Preferimos desechar la oportunidad de construir una relación con una base sólida y real, por la curiosidad de tener una pareja en la que el argumento utilitario comience a cobrar sentido, y podamos por fin vivir a gusto la aventura de un vínculo enfermizo y dependiente al que decidimos llamar amor. En esto, siento que haber leído una banalidad de la industria cultural como lo es Harry Potter dejó de ser una pérdida de tiempo, cuando en un acto de imitación inconsciente en algún momento de mi vida decidí seguir los pasos de la maestra Hermionie Granger. Es decir, correr el riesgo de amar más allá de los límites que la palabra “amistad” presupone, y comenzar a hacerlo con toda la fuerza de la palabra, dejando morir el ego todos los días en cada una de las dimensiones de mi ser. Porque para mí el amor significa eso precisamente, humildad y muerte. Es reconocer que el ser amado probablemente no representa esa biblioteca repleta de ejemplares de lujo que todas las mujeres queremos lucir, ni el siniestro momento de darnos cuenta que aquel en quien hemos puesto nuestro tiempo y fe ha resultado ser un completo engaño; así mismo, es dejar de buscar a ese “alguien que aparezca espontáneamente” para advertirnos que estamos por empezar una relación con la persona incorrecta. Cuando aceptamos que amar representa una hazaña innegablemente dolorosa, pero reconocemos así mismo que su origen está en la pureza de la amistad, el plano de la sencillez y la honestidad pasa a ser la mejor base para construir una relación auténtica. ¿Por qué empeñarnos entonces en vivir ese sufrido idilio de posesión y actitudes patológicas?, ¿acaso no existen para eso los libros, las películas, la comida, los pasatiempos, y el ocio? En tanto las mujeres no estemos dispuestas a someter nuestro ego a un riguroso examen, las relaciones amorosas de los millennials seguirán siendo eso: vanos y vacíos intentos de encontrar su media naranja en algún lugar de Internet. Laura Tamayo Ciudad de México, septiembre de 2016










