Tardaré décadas en olvidar tu nombre.
Lustros en omitir completamente de mi cabeza el empalagoso dulzor de tu saliva.
Puede que pase un año hasta que pueda salir a la calle y no pensar en que paseábamos por ese parque.
Algunos meses bastarán para quitarme de la mente tu libro favorito o aquella camiseta que te volvía especial.
Esta última semana dejé de recordar el color exacto de tu iris. Y ayer mismo borré toda idea de volver a llamarte.
Pero hay algo que no logro olvidar, y es tu característico olor.
Aquella fragancia inflamable que mojaba el aire y me advertía de que estabas cerca, sin necesidad de girar mi cuello para encontrarme con tu tullido ser.
De nada me sirve negarlo: tu esencia me acompañará de por vida, avisándome de cualquier peligro inminente.
Peligro que se podría traducir en una única palabra
Tú.











