Cada vez que se reactiva la discusión sobre si Argentina es o no "latina", aparecen los mismos argumentos. Algunos, directamente racistas. Otros, disfrazados de precisión cultural. Y en medio de ese ruido hay un punto que estoy dispuesta a conceder: el estereotipo global de "lo latino" suele corresponderse más con el Caribe que con el Cono Sur. Cuando en Estados Unidos (y en gran parte del mundo angloparlante) se dice “latino”, la imagen que se activa es tropical: salsa, bachata, playas, cuerpos morenos hipersexualizados, español caribeño, calor. Argentina no encaja del todo en esa postal. Hasta ahí, el señalamiento puede ser válido.
El problema empieza cuando esa incomodidad frente al estereotipo se convierte en negación histórica: "entonces no somos latinos, somos europeos", porque lo que se niega no es el Caribe, lo que se niega es América. Se niega, por ejemplo, que el propio nombre "Río de la Plata" no surge de una fantasía europea sino de la obsesión colonial por la plata del Alto Perú. Buenos Aires no nació mirando a Europa, nació como puerto periférico (porque los polos eran Lima y Ciudad de México) de un circuito económico cuyo centro estaba en Potosí. Durante siglos, el eje político y económico de la región fue andino, no atlántico. Se niega que parte del actual territorio argentino fue integrado al Imperio Inca, que el Qhapaq Ñan atraviesa provincias como Jujuy, Salta, Catamarca, La Rioja, San Juan y Mendoza. Se niega que en el Congreso de Tucumán se discutió seriamente instaurar una monarquía constitucional encabezada por un descendiente de los Incas, como forma de legitimar un proyecto político americano y no europeo. Se niega que el Sol de la bandera puede leerse como Inti. Se niega que el himno original hablaba de los "hijos del Inca":
Se conmueven del Inca las tumbas,
y en sus huesos revive el ardor,
lo que ve renovando a sus hijos
de la Patria el antiguo esplendor.
Y se niega, también, que lo andino no es solo el Imperio Inca congelado en un libro escolar, es una franja civilizatoria que atraviesa la cordillera desde el pueblo Mapuche en el sur hasta los Andes colombianos en el norte. Es una lógica de territorio, de comunidad, de relación con la montaña y con el tiempo que sigue viva en prácticas, rituales y memorias.
El estereotipo tropical puede resultar estrecho. Pero usarlo para declararse “no latino” es una operación distinta: es una operación de blanqueamiento. Implica aceptar la caricatura como definición total y, al no verse reflejado en ella, optar por salirse de América antes que complejizarla. La identidad latinoamericana no es una estética única. Es una superposición de matrices: caribeña, andina, amazónica, rioplatense, mesoamericana, afrodescendiente, indígena, inmigratoria. Argentina participa de varias de ellas, incluso de aquellas que el relato nacional intentó borrar. El proyecto de "Argentina europea" fue un proyecto político del siglo XIX, no una esencia histórica. Giró el país hacia el Atlántico, fomentó la inmigración masiva, reescribió la memoria nacional y relegó las capas andinas e indígenas al folclore o al interior. Pero que algo haya sido desplazado no significa que no haya existido. Decir que Argentina es latina no es reducirla al Caribe, es reconocer que forma parte de una historia continental atravesada por imperios indígenas, economías mineras altoperuanas, resistencias mapuches, migraciones internas y procesos de mestizaje que no desaparecen porque una élite decida mirar a Europa.