Sofía me dejó cuidar de nuevo a su hijo, mi precioso sobrino Carlos, para que pudiera ir a su cita con su abogado. Acepté, siempre hago lo que sea por mi hermana. Bien sabe ella que se lo debo, y me lo debo a mí también.
Después de la muerte de mi papá sería raro que confiara en alguien como yo, pero mi hermana me tiene esa confianza. Mejor para mi, aunque no merezca ni siquiera sus palabras, ni un saludo, nada de afecto.
Hace poco me di cuenta de que tal vez me tiene lástima, y por eso hace todo esto por mi mientras que el resto de mi familia y amigos me tienen miedo. Prefiero que me tengan lástima a ser temido, así la soledad es menor.
Antes pensaba que la soledad sería soportable, que estar sólo conmigo sería lo mejor porque así no podría lastimar a nadie ni ser lastimado por alguien; es más seguro estar sólo. Pero después de cinco años aislado, y que cuando al fin regresé a mi hogar todos mis conocidos no me rechazaran, cambié por completo de opinión. Con la soledad sólo vienen batallas internas.
Lo bueno es que todavía tengo a Sofía y Carlitos. Oh, el pequeño y hermoso Carlitos, con su cabello largo y negro. A mi no me gustan los niños, pero hay algo en él que no puedo decirle no. Con sus brillantes ojos cafés que me ruegan hacer todo por él aunque no hablara aún. En eso se parece a mi papá.
Limpié mi departamento antes de que llegaran, acomodé todas mi cosas y las que no sabía dónde poner, las aventé dentro del closet de mi cuarto sin fijarme qué era lo que agarraba. Después me limpié las manos.
Sofía llegó con Carlitos justo a tiempo. La saludé de beso, a él le sonreí y exclamé: “¡Carlitos! ¿Cómo has estado? Ya creciste mucho”. Traté con todas mis ganas de sonar como un tío normal hablándole a su sobrino, pero no sé mucho de ese tipo de trato ni de relación.
En seguida lo cargué, Sofía comenzó a decirme todas las indicaciones para cuidar a su hijo y me dio su mochila con todo lo que necesitaba.
Pronto Sofía se marchó en su carro, y Carlitos empezó a llorar. Lo mecí suavemente por unos minutos, pero el niño no se calmaba. Vi el reloj para saber si ya era su hora de comer, pero aún faltaba hora y media.
Le cambié su pañal, pero seguía llorando. Su cara estaba roja y gritaba al mismo tiempo que lloraba, haciendo sonidos como si se estuviera ahogando.
“¿Qué es lo que tienes Carlitos? Por favor dime” le imploraba, pero él se limitaba a llorar más y más.
Abrí la mochila y encontré uno de sus juguetes, pero cuando se lo puse entre sus manos, él lo aventó. ¿Qué niño avienta su juguete?
Empecé a hiperventilar, no sabía qué hacer. Si tan sólo Carlitos fuera más grande, si tan sólo pudiera hablar. No me gusta este niño, pensé.
Dejé al niño en el sillón, todavía llorando y fui hacia la cocina por un vaso de agua. A la derecha del garrafón estaban unas pastillas, las que el doctor me dijo que tomara si empezaba a entrar en pánico. Las vi por muchos segundos, no sé cuantos la verdad, pero no podía concentrarme, lo único que escuchaba eran los llantos del niño Carlitos.
Llantos, gritos, lágrimas, patadas. No podía pensar en nada más, mi mente estaba obstruida por ruido.
Oh Carlitos, ¿por qué haces esto? ¿No podrías callarte por un segundo?
Dejé de ver las pastillas y tomé dos, aunque no sabía si eran todas las que tenía que tomar, pero simplemente no podía leer la receta del doctor con tanto ruido.
El agua pasaba por mi garganta, sentí la pastilla pasar. Y por un segundo mínimo, pude estar en paz pensando en el agua, mi garganta, las pastillas. Pero los llantos siguieron, el ruido del mocoso no paraba desconcentrándome de mi breve tranquilidad.
Este niño no pararía de llorar hasta que vuelva su madre, lo sabía. Si no podía callarlo, por lo menos tenía que taparme los oídos. Entré a mi cuarto y busqué mis tapones de oído, que siempre estaban junto a mi lámpara, pero no los encontré.
Me senté en la cama a pensar dónde los había puesto, con las manos en mi cabeza y los brazos recargados en mis rodillas. Callen a ese niño, sólo es un mimado. No merece a su madre, no merece mi paciencia. Oh, pero yo sí merezco estos llantos, este maldito estrés. Preparé todo mi departamento para que el niño no dejara de llorar, me limpié las manos, arreglé mi cuarto.
Recordé el momento en que, antes que llegara mi hermana, lancé muchas cosas dentro del closet. Tal vez pueden estar ahí.
Corriendo fui a abrir el clóset, y desordenadamente saqué las cosas. Los encontré, estaban justo detrás de León, mi conejo de peluche. Agarré los kleenex junto con el peluche y fui con Carlitos. Mi peluche de niño, tanto me había ayudado, tanto me había acompañado, no veía el por qué no habría de hacerlo esta vez.
Justo cuando entré Carlitos dejó de llorar, estiró las manos y empezó a abrir y cerrar sus puñitos. Vi sus ojos, y tenían la misma expresión que la de mi papá.
Despacio me acerqué al niño, no quería espantarlo y que volviera a llorar. Cuando me paré frente a él, no quiso que lo cargara, estaba viendo fijamente a León, queriendo alcanzarlo.
Le di al peluche, y Carlitos empezó a abrasarlo y a jugar con él. Sólo quería un peluche.
Suspiré de alivio, no quería que Sofía llegara y que su hijo estuviera llorando. No daría una buena impresión. Y eso es lo que necesito probarle a todos: que soy una buena persona, alguien responsable.
Cargué a Carlitos y lo puse en el suelo frente al sillón donde me senté. Miré el reloj de nuevo. Todavía faltaba para su hora de comer.
Carlitos estaba jugando con mi peluche, el único juguete que me quedaba de mi infancia. Qué lindo es ver a niños jugar, hacen toda una historia, crean personajes complejos, y sin saber sumar todavía.
Saben todos los movimientos que van a hacer sus personajes, todo lo que van a decir y todo lo que piensan. Ellos son parte de sus personajes.
Es como si fueran la mente del peluche, cuerpo y alma visiblemente diferenciados. Veo claramente la separación, la manipulación de la mente sobre el cuerpo. ¿Será que todos somos así? Nuestra mente controla a nuestro cuerpo, le dice qué hacer, qué decir y cómo reaccionar. El niño le dice al peluche qué hacer, qué decir y cómo reaccionar.
Carlitos hace que León me muerda la pierna. Pero León el conejo no era malo, ¿por qué me mordería si él, en lugar, me besaría? León el conejo no es León cuando está en las manos de Carlitos, es completamente otro conejo.
Es un cuerpo con otra mente. Es así como lo siento. Es así como me siento.
¿Sería posible que yo fuera un cuerpo dado a una mente que no me corresponde? Lo pienso y me suena a mi. Si es así, sería por eso que hice lo que hice.
Mi papá no está aquí ahora porque soy un peluche con el que está jugando otro niño que no soy yo. Soy un cuerpo con una mente que no me corresponde. Por eso hago cosas sin que las piense, por eso hago cosas que no quiero hacer. Mi cuerpo lo controla otro niño, no lo controlo yo. Alguien regaló mi cuerpo, se lo dieron a un niño malo que no sabe mi historia anterior, que no me conoce. Tal como Carlitos está haciendo con mi peluche.
Oh Carlitos, ¿por qué haces que León sea malo cuando en realidad es alguien bueno?, ¿por qué juegas con él? No deberías de hacerlo.
¿Por qué Carlitos, por qué me haces hacer cosas que no quiero? No entiendo tu crueldad. Sólo quiero mi mente de nuevo, Carlitos.
“No debes de jugar con el cuerpo de otros, Carlitos”, le grité al niño.
Él se espantó y empezó a llorar.
¡No! Otra vez esos gritos, esas lágrimas, esas patadas. No puedo soportar más ver a este niño con mi cuerpo, manipulándolo a su gusto. No puedo escuchar de nuevo todo ese ruido, llantos sin sentido.
Quería que Carlitos se callara. Que no volviera a llorar, que no hablara nunca porque alguien que juega con el cuerpo de otro no merece estar aquí.
Hice lo mismo que con mi papá, de nuevo la mente de alguien más se apoderó de mi cuerpo. No había forma de pararlo. Lo hice de nuevo, ahora con Carlitos, aunque no recuerdo cómo. Sólo sé que cuando volví a ver a Carlitos, él ya no lloraba, y su mirada tan parecida a la de mi papá desapareció con su llanto.