[ @adark-rose ]
Se deslizaba a través de la acera con su patineta, lo cierto es que llevaba días esquivando aquello, pero algo en su interior le decía que debía. Arnie no era de aquellos que cuidaba a sus amigos, misma razón por la que los reales se podían contar con los dedos de una mano, e incluso sobrarían. Y es que a lo largo de su vida, aprendió que solo podía quererse y cuidar de sí mismo, aunque sonase doloroso y fuese tortuoso en lo más profundo de su ludico ser. De un pequeño salto, se bajó de la patineta cuando ya se encontró en el lugar exacto en el que quería estar, recogió una roca, y con total habilidad, la lanzó a una de las ventanas superiores de la casa rosa.— ¡Italiana, ha llegado el amor de tu vida! — Exclamó sin recato alguno, sin miedo de los reclamos de las chicas Kappa. Llevaba mucho sin ver a Flora, y lo cierto es que… algo en eso le incomodaba, aun cuando no quisiese admitirlo.
Los maestros de la italiana le habían dejado demasiados deberes, había pasado varias horas encerrada en su habitación. No le gustaba salir, pero sus abuelos le habían enviado un nuevo libro qué se moría por leer. Su mente se encontraba divagando en un mar repleto de escritores muertos, necesitaba distraerse un poco. Pero todo el asunto con la rubia también la abrumaba, ya no se atrevía a enviarle algún mensaje; debido a la ruptura de su relación. Había sido su culpa, pero ella desde un inicio le había dejado en claro qué no estaba lista para una relación formal. Cerró por unos instantes sus libros, tirándose a la cama para mirar por algunos segundos su techo. Escuchaba de fondo una de sus canciones favoritas, entregándose por completo a la tranquilidad del momento. Estaba hecha un desastre, pero eso no se lo diría a nadie. Debía pretender qué no le dolía, necesitaba fingir que seguía siendo la misma persona de siempre. Minutos después, una voz familiar irrumpió de manera sorpresiva la armonía del lugar. Flora se levantó de su cama, y se encaminó a la ventana de su dormitorio. Al abrirla, se encontró con la imagen de uno de sus amigos; no pudo evitar soltar una carcajada por sus palabras, e inmediatamente le hizo una seña para que se adentrara a la fraternidad. “¿Vas a venir, Romeo? No puedes dejar a Julieta encerrada todo el día.” Río, ante sus propias ocurrencias.













