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Título del post: "La isla de los guiris descalzos: Adrián no puede resistirse" (Parte 1)
¿Se come a Sorin y a Marcos no?
Lucas estaba harto. Había visto a Adrián devorar a Sorin en el sótano, arrancándole trozos de carne de sus pies sudados con cada mordisco, pero cuando se trató de Marcos, el profesor de inglés, Adrián se contuvo. No llegó al extremo que Lucas quería. "Tienes que ir más lejos, Adrián… necesitas un verdadero banquete", le dijo, con esa sonrisa retorcida que siempre lo acompañaba. Así que lo convenció para ir de excursión a una isla extraña, un lugar perdido en el mar donde los guiris se reunían para fiestas desenfrenadas, un paraíso de excesos donde los chicos extranjeros andaban descalzos sin pudor, mostrando sus pies carnosos y sudados como si fueran un buffet abierto para alguien como Adrián.
Los chicos de fiesta
La isla era un caos de cuerpos sudorosos, risas borrachas y música que resonaba hasta el amanecer. Adrián y Lucas llegaron a una casa abarrotada, donde un grupo de guiris celebraba un botellón salvaje. Los chicos, con camisetas ajustadas y pantalones cortos, estaban tirados en los sofás del salón, con sus pies descalzos expuestos mientras reían y bebían. Algunos los apoyaban en la mesita, otros los cruzaban sobre las piernas de sus amigos, mostrando sus plantas grandes, pálidas y húmedas por el calor de la noche. Adrián se quedó paralizado, con la polla endureciéndose dentro de sus pantalones al ver esas plantas carnosas, los dedos largos y gordos, algunas con restos de suciedad del día en la playa. Uno de los chicos, un rubio con aire despectivo, levantó los pies hacia la cámara de un amigo que sacaba fotos, mostrando sus plantas sudadas con una sonrisa burlona, como si supiera que eran un manjar irresistible. "Joder… mirad esas plantas… tan blancas, tan sudadas… me las comería ahora mismo", jadeó Adrián, relamiéndose los labios mientras Lucas se reía a su lado.
Pero la tentación no terminaba ahí. En otra esquina del salón, un grupo de chicos había sacado una tabla de ouija, riéndose mientras jugaban a invocar espíritus. Estaban descalzos, y sus pies sudados descansaban directamente sobre la tabla, las plantas expuestas como si fueran una ofrenda. Eran chicos jóvenes, con cuerpos atléticos y bronceados por el sol de la isla, y sus pies eran un espectáculo: grandes, pálidos en las plantas pero rosados en los bordes, con dedos carnosos que se curvaban mientras movían la tabla. Uno de ellos, un moreno, apoyó las plantas con fuerza sobre la madera, dejando marcas húmedas de sudor que brillaban bajo la luz. Adrián sintió su boca llenarse de saliva, imaginando el sabor salado de esas plantas, la textura suave y húmeda bajo su lengua. "Hostia… mirad cómo sudan… me los comería a mordiscos, joder… uno por uno", gruñó, con la voz ronca de deseo, mientras Lucas lo observaba con satisfacción.
La fiesta continuó, y los chicos se emborrachaban más, sus inhibiciones desapareciendo mientras sus pies seguían a la vista, provocándolo sin saberlo. Adrián y Lucas caminaron entre los asistentes, pasando por cuerpos tirados en el suelo, chicos que reían y bebían hasta perder el sentido. Y entonces, en un rincón apartado, Adrián lo vio: un chico joven, de unos 20 años, durmiendo boca abajo en una cama desgastada, completamente borracho. Sus piernas colgaban del borde, y las plantas de sus pies estaban expuestas, grandes, pálidas y húmedas por el sudor de la noche. Eran perfectas: las plantas carnosas, con los dedos largos y gordos, el talón redondeado y brillante de transpiración, los arcos ligeramente curvados, invitando a ser lamidos. Adrián sintió su polla palpitar con fuerza, su respiración acelerándose mientras se acercaba, incapaz de apartar la mirada de esas plantas deliciosas que parecían gritar su nombre.
El borracho dormido
"Joder, Lucas… mira eso… esas plantas… tan grandes, tan sudadas… son un puto manjar", jadeó Adrián, con la voz temblorosa de deseo mientras se arrodillaba frente al chico dormido. Lucas se inclinó a su lado, susurrándole al oído: "Míralo… está ahí para ti, Adrián. Esas plantas carnosas, tan jóvenes, tan húmedas… ¿te lo vas a comer?". Adrián tragó saliva, su lengua ansiosa por probar, sus dientes deseando morder. ¿Podrá resistirse a este banquete que tiene frente a él? ¿O dejará que su hambre lo consuma por completo en esta isla de guiris descalzos?
Adrián no pudo resistirse más. Se acercó, con la respiración acelerada, y acercó la cara al pie derecho del chico, aspirando profundamente el aroma salado y dulce que desprendía. "Hostia puta… huele a sudor, a chico joven… me lo voy a comer entero", gruñó, abriendo la boca y lamiendo la planta desde el talón hasta los dedos con un movimiento largo y lascivo.
La lengua de Adrián se deslizó por la piel húmeda, saboreando el sudor que se había acumulado en el arco, un sabor salado y adictivo que lo hizo gemir como un animal. "Joder, qué rico… tan suave, tan carnoso… me lo quiero follar con la boca", jadeó, chupando el talón con fuerza, succionándolo hasta que dejó una marca morada en la piel. Sus dientes se hundieron en el arco del pie izquierdo, mordiendo con ansia mientras arrancaba un pequeño trozo de carne, masticándolo con un gemido gutural. "Es tan blando… tan jugoso… sabe a puro vicio", rugió, lamiendo la herida mientras la sangre y el sudor se mezclaban en su lengua. Volvió a los dedos, largos y gordos, y los chupó uno por uno, metiéndolos en la boca hasta el fondo mientras gemía: "Me voy a correr comiéndote, cabrón… tus dedos… tan carnosos… tan sudados…".
Se inclinó más, restregando la cara contra las plantas, dejando que el sudor le empapara las mejillas mientras lamía con furia, mordiendo el talón del pie derecho con tanta fuerza que arrancó otro pedazo de carne. Lo masticó despacio, saboreando la textura tierna y el sabor salado, mientras su polla palpitaba al borde del clímax. "Eres un puto manjar… estas plantas… me las comería todas las noches… joder", gruñó, chupando las heridas con un sonido húmedo y obsceno mientras el chico dormido gemía débilmente, perdido en su borrachera.
La sorpresa
Lucas, que había estado observando todo con una sonrisa de satisfacción, lo agarró del brazo y lo apartó suavemente. "Para, Adrián… no queremos que nadie se entere todavía", susurró, aunque su voz estaba cargada de excitación. Luego, con un brillo travieso en los ojos, añadió: "Pero espera a que veas al asiático que conocimos antes… un chico que se tomó una foto mostrando su planta en detalle, como si supiera que te iba a tentar. Está en la fiesta, y creo que se ha emborrachado tanto que puede ser tu próximo plato". Adrián, jadeando y con el sabor del chico todavía en la boca, sintió su polla endurecerse aún más ante la idea. ¿Qué hará Adrián con este nuevo banquete que Lucas le tiene preparado? Seguid leyendo para descubrirlo…