Retratos de disparidad social: el papel del arte documental en el relato del otro lado de la historia
por Adriana Fuentevilla Zúñiga
Blanco y negro. En primer plano vemos a un hombre sentado dándonos la espalda, con una playera mojada que se le pega al cuerpo creando estrías en la tela que nos recuerdan cicatrices dejadas por un látigo. Ante su mirada, decenas de hombres ascienden la pared de una fosa por unas precarias escaleras que parecen columnas vertebrales, confundiéndose con la textura de la tierra, con las espaldas cargadas de costales.
Nos encontramos en Sierra Pelada, en el norte de Brasil, donde a finales de la década de los 70 estalló una fiebre del oro que duraría catorce años. La descripción anterior corresponde a una fotografía del brasileño Sebastião Salgado, que en los años 80 documentó la realidad de las condiciones de trabajo de los miles de mineros que llenaban sacos de tierra para ver si en alguno de ellos se colaba un poco de suerte. No era la primera vez que Brasil había sucumbido ante la fiebre del oro: ya desde el siglo XVIII Brasil se había convertido en un país minero. Curiosamente, antes de la llegada de los conquistadores, los pobladores originales ni siquiera sabían de la existencia del tan buscado metal. El descubrimiento de yacimientos en el estado de Minas Gerais atrajo a aventureros que llegaban a probar suerte, pero la principal mano de obra en las minas fueron millones de esclavos africanos, a costa de quienes la zona donde se encontraba la Villa Rica de Ouro Preto se convertía en un lugar donde la riqueza se aglomeraba, se ostentaba y se derrochaba. Más de dos siglos después de la época de mayor apogeo de Minas Gerais, Sierra Pelada atrajo un enorme número de personas dispuestas a jugarse la vida en las minas. Con alrededor de 100,000 mineros provenientes de todo el país, las rencillas eran comunes, y cientos de ellas terminaron en asesinatos. Se dice que Sierra Pelada fue una de las minas más violentas del mundo: estaba infestada de drogas, alcohol y prostitución, y cuando el gobierno envió fuerzas militares para poner orden lo que en realidad sucedió fue que Marabá y Belén, los pueblos más cercanos, se convirtieron en un hervidero de crimen.
Algunos años después del comienzo de esta nueva fiebre del oro, Sebastião Salgado - nativo del estado de Minas Gerais - empezaba un proyecto fotográfico nuevo que lo llevaría alrededor del mundo entre 1986 y 1992 para retratar la situación laboral de trabajadores de distintas industrias y culminaría en un libro titulado “Trabajadores: una arqueología de la era industrial”. Su primera parada fue Sierra Pelada. Salgado llegó a instalarse allí durante unas semanas y creó una serie fotográfica impresionante donde se retrata el caos organizado que era la mina. Casi es posible palpar el sudor, el cansancio, el esfuerzo de incontables hombres que trabajan cubiertos de fango, sin más ayuda que picos y palas. En una de las fotografías de la serie, tomada en 1986, se plasma el enfrentamiento entre un minero y un militar. La imagen es impactante: por un lado se encuentra un minero joven y musculoso, cubierto solamente por una especie de taparrabos harapiento y un par de zapatos, que cierra el puño alrededor del cañón del fusil que a su vez empuña el militar que se encuentra frente a él. La fuerza de esta imagen proviene de la oposición entre el individuo y el sistema, el impotente y el poderoso. Esta imagen nos cuenta una historia de desigualdad, no solamente por el contraste entre el escaso vestido del minero con el militar ataviado en con su uniforme, con botas que protegen sus pies y una gorra que lo cuida del sol. Nos habla de la explotación de quienes están en la base de la industria minera, quienes con sus propias manos escarban la tierra donde yace el oro trabajen por una paga miserable, cuyo único incentivo es la improbable oportunidad de volverse rico. El sistema desigual de todo un país se refleja en una serie de fotografías que evidencian la existencia, en pleno siglo XX, de empleos miserables que mucho nos recuerdan los sitios de trabajo forzado. Es interesante notar que Sebastião Salgado hizo estudios de economía antes de hacer de la fotografía su modo de vida. Mucho se habla de que Salgado dejó de lado la economía cuando decidió volverse fotógrafo. No es así. La economía fue lo que guió su camino hacia la fotografía y lo que motiva los temas que aborda con su cámara. El economista sigue ahí, conjugado con el artista y el humanista.
A lo largo de su carrera fotográfica, Salgado ha viajado por todo el mundo tomando fotos de seres humanos. Las imágenes que resultan son mucho más que más que simples retratos, pues más allá de una representación visual de un solo individuo en particular, son evidencia de la situación social, política y económica en la que vivieron. Son la síntesis de todo un camino recorrido, sus subidas y bajadas, una muestra de su tiempo, de las consecuencias de decisiones tomadas por personas que quizás jamás llegarán a conocer personalmente a los retratados y que aún así con una sola palabra son capaces de cambiar sus destinos, pues allá arriba, desde el balcón presidencial, dan lo mismo hombres que hormigas: todos son caterva que se puede pisotear por igual. Las realidades que Salgado ha fotografiado han sido tan variadas que dan material de sobra para llenar un catálogo de la humanidad y su sufrimiento: además de su obra acerca de los trabajadores, ha documentado hambrunas, guerras, migraciones, pobreza y aislamiento. La temática de la obra de Salgado conlleva por sí misma una gran carga emocional y un agudo sentido de la humanidad, tanto más acentuada por la inmensa belleza de su composición y su dominio de la luz. Son cautivadoras. Sin embargo, es por esta misma belleza que sus fotografías han sido fuertemente criticadas. En Regarding the Pain of Others, el libro donde Susan Sontag reflexiona acerca de las implicaciones de las fotografías que muestran seres humanos en sufrimiento, la autora identifica y trata acerca de una corriente que opone la belleza y la veracidad, según la cual la belleza le resta validez a la imagen. Sin embargo, una fotografía bella del sufrimiento no necesariamente lo idealiza ni le resta importancia. La belleza de una imagen no hace menos fea la miseria que puede haber en ella. Vivimos en un mundo que es tan bello y fascinante como brutal y feroz. Es por eso que Salgado puede captar un momento de ternura entre madre e hijo en medio del caos que fue el campo de refugiados ruandés donde vivían. La fotografía de un padre que carga a su hijo muerto en Sahel nos recuerda que el humano es capaz de crear la belleza más sublime y de efectuar las transgresiones más atroces. Es importante tener en mente que en el caso de Salgado, sus fotografías además de evidencias son arte, una reacción del artista ante lo que ve. Su obra es un reflejo de su realidad, en cada imagen se cuela un poco de su ser.
Otra de las críticas que hace Sontag en su libro, en esta ocasión dirigida expresamente hacia la obra de Salgado, es que dejar de lado los nombres de los sujetos de sus fotografías provoca en el público el “feel that the sufferings and misfortunes are too vast, too irrevocable, too epic to be much changed by any local political intervention.” En otras palabras, que ver una imagen de sufrimiento por sí sola no podría generar otra respuesta que la apatía. Primeramente, Sontag parecer dar por hecho que el único fin de la fotografía documental es sembrar el deseo del público a llevar a cabo acciones para corregir el problema que comunica. No toma en cuenta que el deseo de ayudar al prójimo no lo tienen todas las personas en la misma medida. Hay quienes pueden escuchar decenas de historias de personas desdichadas y aún así sentir que sus problemas le son demasiado ajenos. Otras personas están siempre prestas a dar sus esfuerzos por una causa solidaria. El ser capaz de sentir empatía por otros seres humanos no depende de saber o no un nombre. En segundo lugar, el número de lecturas posibles y los sentimientos que puede provocar una imagen son tan diversos como el número de observadores. La motivación para actuar no puede ser impuesta, en gran parte es un deseo intrínseco que puede ser canalizado por una fotografía o por el texto que la acompaña. Quizás, gracias al anonimato del sujeto algunas personas sean capaces de hacer una lectura más libre, más personal, sin prejuicios originados en un nombre o en una explicación demasiado exhaustiva. Abordar al fotografiado como la representación de un colectivo, como el lado humano de un problema global, le ayuda al observador a verse a sí mismo en el otro, a identificarse con alguien en una realidad que a partir d ese momento ya no resulta tan ajena. Una fotografía puede servir para darse cuenta, para entender, para darle forma a sentimientos, para encontrarse a través del otro. Y cada vez que un trabajo fotográfico es observado (y mejor aún, analizado y discutido), suma, ojalá, a la madurez de la memoria colectiva.
Ante todas estas críticas, seguramente más de alguno se hará la siguiente pregunta: ¿por qué es importante este tipo de fotografía? Porque en cualquier situación donde exista tensión de poder, el vencedor tiene la ventaja de que sea su pluma la que escribe la historia que se contará a todos los demás en los tiempos por venir. El fotógrafo sirve de testigo de la historia del que pierde, y sus fotografías son semillas de conciencia. Quizás la conciencia se volverá acto que transformará la realidad y si no, o si la acción fracasa y no se abate la injusticia, quedará la memoria y en ella se habrá dignificado al hombre. ¡Aunque desaparezcan mi historia, sepan que estuve vivo!
Color. De fondo, una calle sobre la que avanza una camioneta pick-up. Tenemos la sensación de volar como un pájaro pues si volteamos la mirada al suelo, alcanzamos a ver el techo y la cajuela de la camioneta, cuyo inusual contenido nos sorprende. Por tratarse de un vehículo utilitario en su concepción, uno da por sentado que debe transportar materiales o mercancías. Sin embargo, la realidad es otra y lo que lleva esta camioneta a bordo no es lo que esperaríamos: en el interior de la caja viajan seres humanos.
Así como el precio del oro nos da una idea del estado de la economía, un indicador de las expectativas de crecimiento económico de un país suele ser la industria de la construcción. La construcción es también sector importante en la economía pues requiere de una gran cantidad de recursos, entre los que destaca la mano de obra. Detrás de todos los edificios que representan riqueza y progreso y que se inauguran con bombo y platillo se esconden el sudor (y a veces hasta la vida) de todos los obreros que los construyen. La situación de los trabajadores de la construcción es uno de los temas predilectos del fotógrafo Alejandro Cartagena, quien se dedica a documentar problemas sociales relacionados con el crecimiento urbano. Cartagena nació y pasó su infancia en República Dominicana, pero desarrolla la mayor parte su obra artística en México. Una de sus series fotográficas más importantes es Carpoolers. Cartagena estaba trabajando en un proyecto por encargo en la ciudad de Monterrey, para el que requería subirse a un puente peatonal para poder fotografiar el tránsito vehicular. Desde ahí, descubrió que muchas de las camionetas que se dirigían hacia sitios de construcción ubicados en el afluente municipio de San Pedro Garza García. transportaban, además de materiales y herramientas, trabajadores. Esa fue la inspiración de la que nació su nuevo proyecto. El artista tomó su cámara, se instaló en lo alto del puente peatonal y desde ahí, con una perspectiva de pájaro, empezó a fotografiar.
De Carpoolers, la que lo primero que llama la atención es su inusual perspectiva. Lo que Cartagena logra capturar desde lo alto del puente es una realidad que contiene una representación de la vida de los obreros. Las cajuelas de las camionetas son dioramas conformados por distintos objetos que en conjunto representan una escena. Como en los museos, cada foto bien podría tener una ficha donde se leería, por ejemplo: “los albañiles”, y dentro de la cajuela-diorama encontramos a un par de obreros recostados, rodeados de lo más representativo de su oficio: una carretilla, una pala, una cubeta de pintura vacía. Es un museo al que solamente podemos tener acceso a través del lente. Desde el nivel de calle, no lograríamos ni un atisbo a estos mundos en miniatura. Cartagena hace visible lo invisible.
En apariencia, Carpoolers simplemente muestra una manera alternativa y curiosa que tienen los trabajadores de transportarse. Empero, representa mucho más. Esta serie es la perfecta continuación de un trabajo fotográfico anterior de Cartagena, llamada Suburbia mexicana, en cuyas imágenes se representa un fenómeno de expansión urbana que se repite en muchas ciudades de México: la construcción de casas económica en las afueras de la ciudad, lejos de escuelas y centros de trabajo. Las camionetas fotografiadas en Carpoolers inician su viaje en algunos de estos suburbios y tienen como destino final el municipio de San Pedro Garza García, ubicado al sur de Monterrey, el más rico de todo México. Entre los desarrollos prospectados para los próximos años se encuentran fraccionamientos de lujo y la torre más alta del país. Paisajes para ricos que trabajan en oficinas para ricos y duermen en casas de ricos. Casas donde los albañiles que las construyen no podrían aspirar a habitar. Las personas que levantan San Pedro la abandonan cada tarde para volver a sus hogares en los barrios de las afueras. Y cada día se repite la historia. Viajar de esta manera, ocultos de los agentes de tránsito (está prohibido por el reglamento de tránsito transportar personas en las cajas de las camionetas pick-up), soportando el frío de la mañana regiomontana es solamente una pequeña parte del esfuerzo que requiere el trabajo que estos obreros hacen, trabajo que nunca les dará lo suficiente para permitirles vivir en una de las casas que construyen.
En formato vertical, rectangulares, con composición repetitiva y homogénea que recuerda la producción en serie, las fotografías de Cartagena son sin embargo un trabajo muy humano, que visto de cerca posee una gran personalidad y un toque de humor. Es posible para el observador identificarse con estos hombres aunque no se gane la vida haciendo lo mismo que ellos. Sus poses nos recuerdan escenas de la vida diaria. Por ejemplo, hay una fotografía en la que dos hombres improvisaron una cama con frazadas, y van acostados uno al lado del otro. Uno duerme sobre su costado y el otro lee el periódico, como en una típica escena matutina de la intimidad de la habitación de un matrimonio cualquiera. Escenas que se repiten al interior de miles de hogares. Al lograr esta identificación con el sujeto de la fotografía se genera conexión y empatía. ¿De qué otra manera podemos interesarnos en la vida del prójimo si no es a través de la empatía?
En muchas de las fotos de Cartagena, como en el ejemplo mencionado en el párrafo anterior, los obreros viajan recostados. A veces incluso van cubiertos de mantas, como si la dura caja fuese una mullida cama móvil. Se trata de un viaje precario y peligroso, pero en algunas fotografías, especialmente aquellas en las que los trabajadores duermen, se percibe cierta calma conjugada con ensueño y vulnerabilidad. ¿Qué evocan estas expresiones en el público? Personalmente, me hacen sentir que se puede construir un mundo mejor, una sociedad más humana y solidaria que sea como la ciudad con que soñaba Walt Whitman, llena de amigos, invencible.
Blanco y negro. Un montón de baúles, maletas y cajas yacen sobre una banqueta. Sobre un par de sacos están sentados un hombre y una mujer; ella, protectora, lleva un bebé en brazos, a quien cubre con su gabardina. Él lleva sombrero y botines; debajo del sobretodo lleva un traje sencillo. Los dos portan atuendos de viaje. A ella no le vemos la cara, está ocupada consolando a su hijo, y él, con semblante atribulado, mira más allá de su esposa y el bebé, a un lugar que está más allá del encuadre de la fotografía.
La fotógrafa estadounidense Dorothea Lange es la autora de esta imagen, tomada en el número 2020 de la avenida Van Ness, en San Francisco, California, donde esta familia había llegado para ser transportada en camiones hacia el campo de concentración donde, al igual que muchas otras personas de origen japonés, habrían de continuar sus vidas por tiempo indefinido. El 19 de febrero de 1942 el presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, emitió la orden ejecutiva 9066, que le permitía al Secretario de Guerra establecer zonas militares en donde la presencia de cualquier persona podría estar restringida. El ataque japonés a Pearl Harbor había ocurrido el mes de diciembre anterior, y a partir de entonces cualquier persona japonesa era considerada peligrosa. So pretexto de aislarlos por su propia protección ante posibles ataques de odio, miles de japoneses y de ciudadanos americanos de ascendencia japonesa fueron arrancados de sus hogares en la costa oeste y enviados a vivir en campos de concentración dentro del territorio estadounidense, sin saber si se quedarían allí semanas o años. La vida de estas personas cambió completamente. Dejaron atrás amigos, escuelas, negocios. Clem Albers, otro fotógrafo que también documentó esta situación, capturó una conmovedora imagen de un aparador que luce cajas de productos rotulados en inglés: pasta de dientes, crema de afeitar, tónico capilar, champú, polvo dental. Además, hay varios frascos y otras cajas con caracteres japoneses y una sola palabra en inglés que dice “tanseki”, es decir, vesícula biliar. Se trata de una farmacia. Los productos en el aparador están dispuestos en repisas; algunas de ellas están ordenadas y otras no, quizá por la premura del abandono. Sobre el vidrio de la ventana está pegado un cartel que reza así: “Many thanks for your patronage. Hope to serve you in near future. God be with you till we meet again.” Lo firman Mr. and Mrs. K. Inseri.
Dorothea Lange ya se había ganado una buena reputación por haber trabajado anteriormente para la Farm Security Administration, por lo que en 1942 fue contratada por la War Relocation Authority para documentar el proceso de evacuación y el día a día de los japoneses que vivían prisioneros en campos de concentración. Aunque nadie sabe con certeza cuál era el objetivo de la WRA al haber contratado los servicios de Lange, Jasmine Alinder, en su libro Moving Images: Photography and the Japanese American Incarceration propone, basada en declaraciones del esposo de Lange, Paul Taylor, que posiblemente buscaban tener récords de que los prisioneros no estaban siendo maltratados. Su trabajo nos permite ver de manera muy completa el contexto de estos sucesos, pues comenzó desde antes de que las familias dejaran sus hogares. Tenemos por ello imágenes de campesinos en sus parcelas, de empresarios ante sus negocios justo antes de tener que cerrarlos, de familias frente a sus hogares. Después nos lleva de la mano durante el transporte de los prisioneros a los campos, para entonces contar las historias de tanta gente que tuvo que encontrar la manera de subsistir en condiciones desfavorables. Lange, lejos de simplemente cumplir con el encargo de la WRA, toma parte de la vida política de su país y muestra lo ocurrido en los campos de concentración con una gran calidad humana, que contrasta con las ideas diseminadas por la propaganda anti japonesa de la época, que promovía el odio, el racismo y la discriminación. Sus imágenes son subversivas porque se ve cómo los japoneses llevan sus vidas con dignidad.
Hay una controversia sobre lo que sucedió con las fotografías tomadas por Lange al término de su contrato con la WRA. Linda Gordon y Gary Y. Okihiro, editores de Impounded. Dorothea Lange and the Censored Images of Japanese American Internment, un libro donde se compilan las fotografías de Lange de esta época, aseguran que el gobierno trató de evitar su divulgación durante la segunda guerra mundial, lo cual es negado por Kerri Lawrence en un artículo publicado en National Archives News. Lo que es un hecho es que hoy en día las fotografías de Lange y de otros fotógrafos que también cubrieron esta situación están al alcance de cualquiera con una conexión a internet. Dejando de lado el misterio de la motivación de la WRA para contratar a Lange, las fotografías son importantes no solamente porque son prueba de algo que sucedió en realidad, sino porque denuncian las consecuencias del racismo, tema de mucha relevancia en el escenario político internacional en la actualidad.
En The Myth of Sisyphus and Other Essays, Albert Camus escribe que “the miner who is exploited or shot down, the slaves in the camps, those in the colonies, the legions of persecuted throughout the world—they need all those who can speak to communicate their silence and to keep in touch with them.”
En estas fotografías coexisten fuerza y vulnerabilidad, dignidad y miseria. Nos hacen darnos cuenta de lo que un ser humano con poder entre sus manos es capaz de hacerle a otros, o a muchos otros.
Arte documental. La realidad a través de los ojos del artista. La parte documental las sitúa en un momento determinado de la historia, la parte artística las hace universales.
Color. Aquí se ve todo. Esta vez no es una fotografía. It is life itself, unfolding unwitnessed, waiting for the human being who, through a camera, will capture a memory for the world to remember it by.
Bibliography
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Lange, D. (1942). San Francisco. Early comers arrive with personal effects at 2020 Van Ness Avenue as part of the contingent of 664 residents of Japanese ancestry, first to be evacuated from San Francisco on April 6, 1942. Evacuees will housed in War Relocation Authority centers for the duration. [Online] Available from: https://catalog.archives.gov/id/536058 [Accessed 10 November 2017]
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